lunes, 22 de agosto de 2016

Caravaggio, las tinieblas y el síndrome de Ulises

(Más sobre Caravaggio y pintura aquí)

Quedan pocos días para ver la exposición Caravaggio y los pintores del norte , en el museo Thyssen Bornemisza (Madrid), donde pueden admirarse doce cuadros (once de autoría irrefutable y otro algo más dudosa) del pintor tenebrista por excelencia, el más pendenciero y maldito, según reza su leyenda negra.

'Chico mordido por un lagarto' (1596), de
Caravaggio. Fundación Longhi, Florencia.
El arte de Michelangelo Merisi Caravaggio (1571-1610) está hecho de tierra y de sangre, transformaba cualquier tema, ser humano, animal u objeto vulgar o indecoroso, en sujeto de arte. No tuvo taller ni discípulos, jamás enseñó a nadie el oficio de la pintura, pero fue imitado hasta la saciedad. Genio demasiado humano, irascible, impredecible, pintó la muerte tanto o más que la vida. Únicamente nos han llegado cincuenta obras suyas, lienzos plagados de tinieblas donde las figuras juegan su parte efímera en el drama del vivir.

'Los músicos' (1591), de Caravaggio. La obra
 es propiedad del Metropolitan de Nueva York.
Pero Caravaggio también pintó como nadie el rubor de las mejillas, la sensualidad de los hombros, la lozanía de los muslos, la carnalidad de cuellos y escotes. Escogía a sus modelos entre la gente de la calle. Efebos, sátiros, santos y santas, apóstoles, ángeles, truhanes, bebedores, prostitutas... todos pueblan sus cuadros en una suerte de asamblea profana con delirios de divinidad.   

'El sacrificio de Isaac' (1594/96), de Caravaggio.
Galería Uffizi, Florencia.
Caravaggio tuvo una existencia muy corta (no llegó a cumplir los cuarenta años), a caballo entre los siglos XVI y XVII. Fue un artista casi autodidacta, inculto para su época, que en vida fascinó y horrorizó a partes iguales, y al que la Historia tuvo en el olvido durante cientos de años. De su vida se conocen bastante bien los hechos más truculentos: miseria económica, enfermedad, reyertas, un homicidio que lo obligó a exiliarse de Roma, la huida a Nápoles, a Siracusa, a Palermo, su muerte en Porto Ercole a causa de la malaria o la sífilis. 

'David vencedor de Goliat' (1600),
Caravaggio. Museo del Prado.
Sabemos que falleció solo y delirando, aferrado con fuerza al único lienzo que aún no le habían robado. En cambio, se ignoran sus inquietudes intelectuales, sus anhelos personales. Algún crítico le ha comparado con un Ulises errante, pero sin un ápice de heroísmo: mientras el rey de Ítaca iba en busca de gloria y de su hogar, Caravaggio huía de la justicia, de los acreedores y de la fatalidad, en una odisea de playas y mares, a solas, tratando en vano de salvar la vida y sus obras. Ansiaba, ante todo, obtener el perdón del Papa a su homicidio para volver a Roma y -quizá- empezar de nuevo.  
  
'El martirio de santa Úrsula' (1610), de Caravaggio
Banca Comercial Italiana, en Nápoles.
La decena de cuadros que se exhiben en el museo Thyssen Madrid son una buena selección de toda su carrera, desde los inicios en Roma hasta los emotivos trabajos de sus últimos años. La muestra se abre con el famoso Muchacho mordido por un lagarto y se cierra con el último cuadro que pintó, El martirio de santa Úrsula, donde Caravaggio se retrató, en la segunda figura por la derecha. Sólo vemos su rostro, el de un hombre atormentado que participa, aunque sea pasivamente, en el martirio de la santa. La crítica ha querido ver este cuadro como un signo de la expiación de los pecados del pintor. ¡Quién sabe!

sábado, 20 de agosto de 2016

Un rabo de nube y un unicornio azul por mi cumpleaños



'Cuento de otoño' (1998), del director
francés Éric Rohmer (1920-2010).
Un rabo de nube.
Un unicornio azul.
Alfonsina antes de entrar en el mar.
Amanda corriendo por las calles mojadas para encontrarse con Manuel.
Jonás, que cumplió 25 años en el año 2000.
Rick Deckart y el replicante de 'Blade Runner'.
La lluvia tras los cristales de Joan Manuel Serrat.
El corazón partío de Alejandro Sanz.
Azul, Blanco y Rojo de Kieslowski (1941-1996).
Dos en la carretera.
Cualquier cuento de las cuatro estaciones de Éric Rohmer.


Rascacielos de Osaka (Japón) desde el mirador
Umeda Sky Buiding (julio 2013).
El café con vistas de la Tate Modern en Londres.
El cruce de Shibuya en Tokio.
El Panteón de Roma.
La Acrópolis de Atenas.
Los menhires de Palaggiu en la isla de Córcega.
La sombra de Nôtre Dame sobre el Sena al atardecer.
Walden Pond y cada centímetro de Manhattan.
Chawton tras los pasos de Jane Austen.
Tetris de rascacielos desde el mirador Umeda Sky Building en Osaka.

Todas esas cosas he visto, brillando a pleno sol o iluminadas al anochecer. Momentos que un día se grabaron en mi retina y que mi mente atesora entre los recuerdos perdurables, esos que cada año son más queridos y que, con cada vuelta de calendario, me sirven de inspiración.

¡Feliz cumpleaños a quienes, como yo, vinieron al mundo un día como hoy! El resto de nuestra vida está al girar en la siguiente esquina.

martes, 9 de agosto de 2016

Viaje a la ex Yugoslavia (III): Belgrado, joya por descubrir


El domingo, 17 de julio, dejamos atrás Sarajevo (capital de Bosnia) rumbo a Belgrado (capital de Serbia) por carreteras en buen estado y bien señalizadas (como todas las de este viaje por las antiguas repúblicas yugoslavas), pero de doble sentido, lo que implica una velocidad media de 70-80 kilómetros. Así que los escasos 300 kilómetros se volvieron cuatro horas y media de ruta. Acertamos al cruzar la frontera en Zvornik: dos casetas y tres coches, trámites muy ágiles.

Majestuoso, con solera, hotel Moskva (Belgrado, Serbia).
La lluvia que nos había despedido en Sarajevo nos recibió en Belgrado, aunque pronto escampó. Llegamos directos al magnífico hotel Moskva, en sí mismo un edificio protegido cargado de historia. Lo inauguró en 1908 el rey Petar I Karadjordjevic y es una de las perlas del estilo Secesión. El hotel es precioso por dentro y por fuera, moderno, acogedor, con gusto y clase, el acceso al spa es gratuito y los desayunos, impresionantes.

Cruce de los ríos Sava y Danubio (Belgrado).
Belgrado es una ciudad histórica encajonada entre los ríos Sava y Danubio. Moderna, bulliciosa y llena de librerías, una señal indiscutible de su intensa vida cultural. Tiene todos los ingredientes para convertirse en un destino de moda (los bajos precios y la animación nocturna son otros alicientes), algo reseñable pues hace sólo dieciséis años que reanudó relaciones diplomáticas con Europa y Estados Unidos, rotas por las guerras yugoslavas de la década de 1990. Se ven muy pocos turistas en Belgrado, y es una lástima porque la ciudad es muy interesante y necesita divisas.

Fortaleza Kalemegdan (Belgrado).
La moneda serbia es el dinar, que cambiamos en la primera oficina que vimos. Dimos un largo paseo por la zona comercial, peatonal, que conduce hasta la fortaleza Kalemegdan, un complejo a orillas del Danubio, donde están las tumbas de los héroes nacionales de la antigua Yugoslavia y se divisa el cruce de los dos ríos. Cañones, carros de combate expuestos al aire libre, torreones, vista panorámica, hasta un zoo hay en el recinto de la ciudadela.

Barrio Skandarlija (el Montmartre de Belgrado).
Desde allí paseamos hasta el barrio de Skandarlija, en el casco antiguo, al que llaman el Montmartre de Belgrado por sus calles empinadas de adoquines, casi todas las fachadas con grafitis y trampantojos, lleno de restaurantes típicos donde se cena oyendo las serenatas un tanto repetitivas de músicos folclóricos.

Catedral de San Sava (Belgrado).
A la mañana siguiente desayunamos en la terraza a pie de calle del hotel. Las nubes se retiraban casi por completo y el sol empezaba a calentar a ritmo balcánico. Esa jornada tocaba visita turística, a pie, con la primera parada en la catedral ortodoxa de San Sava (aún en construcción). El exterior del templo está acabado y es apabullante (es la iglesia de culto ortodoxo más grande de Europa), aunque el interior está todavía tristemente desnudo. No sé cuántos años tardaré en volver a Belgrado, pero apuesto a que para entonces la catedral continuará a medio terminar.


Interior de San Sava, en construcción (Belgrado).
Proseguimos el paseo por la parte de edificios oficiales del Gobierno serbio, de la banca y de las embajadas, hacia la estación de tren, donde esperábamos encontrar prensa extranjera (no fue así). Nos topamos con los antiguos tranvías rojos y atravesamos un par de calles con señoras mayores que vendían ropa interior exponiéndola en los capós de los coches aparcados. Me recordó al mercado callejero improvisado a la salida del metro del hotel Cosmos en el Moscú de 1992. Lástima no haber hecho fotos, pero me dio pudor.

Propaganda llamando a la mujer al ejército (Belgrado).
Nos montamos en el tranvía para regresar al caso antiguo, comercial y, como ya he dicho, peatonal. Tentada por las rebajas, hice varias compras a precios estupendos en tiendas de marcas occidentales y luego fuimos a comer, sin rumbo fijo. Como eran más de las 15 horas temíamos no encontrar nada decente, pero hallamos un café-restaurante, con terraza, repleto de belgradenses.


Terraza-restaurante en el casco antiguo (Belgrado).
Es sorprendente cómo los lugareños se toman su tiempo, al punto de que pueden tardar dos horas con un solo café, sin parar de hablar. La vida transcurre a ritmo lento, parecen no tener prisa, y eso que la mayoría de quienes beben y comen en la terraza son ejecutivos de chaqueta, corbata y camisa clara de manga larga. Tengo que recordarme a mí misma que estos serbios entre los que me siento en julio de 2016 son hijos, parientes, o incluso ellos mismos pudieron estar disparando contra civiles bosnios en el cerco de Sarajevo o en Kosovo. Hace menos de veinte años.

Centro de Belgrado visto desde el barrio de Zemun. 
Esa tarde sacrificamos el spa por visitar el barrio de Zemun, al otro lado del Danubio. El que fuera pueblo pesquero independiente hasta el año 1934, hoy forma parte de Belgrado, su calle principal es un bulevar lleno de restaurantes y su cementerio es curioso, con lápidas repletas de fotos de los fallecidos. La parte más pintoresca es la que rodea la torre Gardos, un laberinto de callejones estrechos, empedrados y mal señalizados, en cuesta casi todos, donde apenas caben dos coches. Yo cometí la "locura" de meterme con el coche por allí de noche y fue un milagro el que saliera sin ninguna abolladura. De hecho, si nuestro coche de alquiler resultó ileso fue gracias a los dos conductores de sendos vehículos con los que me tropecé, que con buena voluntad maniobraron para que pudiera pasar yo. Mi agradecimiento infinito.