jueves, 25 de febrero de 2016

Ingres en el Prado: vida más allá de las odaliscas

(Más pintura francesa: Pierre Bonnard)

Queda poco más de un mes para que el museo del Prado cierre la exposición dedicada al pintor Jean-Auguste Dominique Ingres (1780-1867), un artista bastante inclasificable que practicó el clasicismo y brilló en los géneros del retrato, el desnudo y la pintura histórica. De inspiración romántica, siempre en busca de la belleza ideal, admirador de Rafael y del pasado clásico, el francés produjo algunos de los cuadros con mayor carga sensual de la historia del arte. Hasta Madrid han viajado una docena de sus mejores pinturas, aunque he de decir que a mí me supieron a poco, quizá por esperar demasiado (lo contrario me pasó con la exposición de Pierre Bonnard (1867-1947) que organizó Mapfre).  

'Aquiles recibiendo a los embajadores de Agamenón'
(Jean-Auguste Dominique Ingres). 
En orden cronológico, el primer cuadro que me impactó fue Aquiles recibiendo a los embajadores de Agamenón (1801), con un imponente Ulises cubierto por una túnica roja mientras Aquiles y Patroclo, desnudos, tienen el cuerpo formado a base de líneas sinuosas y el resto de varones aparecen ligeros de ropa. Con este cuadro un Ingres treintañero ganó el Premio de Roma. La obra hoy es propiedad de la Escuela de Bellas Artes de París.

'Retrato de Jacques Marquet' (J-A D. Ingres).
Un cuadro muy distinto es el Retrato de Jacques Marquet, barón de Montbreton de Norvins, que Ingres pintó en el año 1811, durante su estancia de estudio en Roma y que muestra al por entonces jefe de policía de la Roma conquistada por Napoleón con su gesto adusto y su pose marcial. La pintura ha viajado a Madrid desde la National Gallery de Londres.

'El sueño de Ossian' (J-A. D. Ingres).
De 1813 es el lienzo El sueño de Ossian (propiedad del museo Ingres en Montauban), que rinde homenaje al más grande poeta de Irlanda, supuesto autor de un poema épico sobre la saga mitológica irlandesa, algo así como el equivalente celta de Homero. En el cuadro de Ingres sorprendemos a Ossian dormido mientras de su sueño brotan los héroes mitológicos. Ingres vivió 87 años y pintó casi hasta su final de sus días, razón por la cual es difícil resumir su trayectoria, pero sin duda este cuadro, de su etapa de madurez, figura entre sus grandes obras.

'Ruggiero liberando a Angelica' (J-A D. Ingres).
Me sorprendió Ruggiero liberando a Angelica (1819), un perfecto ejemplo de cuánto le gustaba a Ingres lanzar mujeres desnudas a escenarios hostiles y peligrosos. El motivo de este cuadro surge del poema épico Orlando furioso (Ariosto) (1532) y en él vemos al héroe cabalgando sobre un hipogrifo (criatura mitad caballo mitad águila) a punto de rescatar a Angelica del monstruo marino. Toda una extravagancia medievalizante que posee el Louvre parisino (una versión más pequeña está en la National Gallery londinense).

'Retrato de Mr. Bertin' (J-A. D. Ingres).
Con el Retrato de Louis-François Bertin (1832) llegaría la consagración de Ingres como retratista y a partir de él le llovieron encargos de la alta sociedad parisina. Y eso que Bertin era un burgués, un rico empresario que dirigía el Diario de Debates, y así aparece en la pintura, sentado, sin rastro de idealización, un hombre envejecido, de rostro grave y expresión dura que observa directamente al espectador en una actitud retadora. El cuadro es propiedad del museo del Louvre de París.

'La condesa de Haussonville'
(Jean-Auguste Dominique Ingres).
Muy diferente es La condesa de Haussonville (1845), donde el pintor se recrea en la calidad táctil de las telas, las carnes y los cabellos de la mujer. Frente a este cuadro, nos parece contemplar un momento único en la vida de la aristócrata y los ojos se pierden en los detalles de las flores reflejadas en el espejo, en el tocado, en la pose erguida pero sinuosa de la retratada. Los ojos de la condesa, apacibles sólo en apariencia, observan al espectador con un tedio displicente. El cuadro, que pertenece a la Frick Collection de Nueva York, compite con el arte de la fotografía. 

'La gran odalisca' (J-A. D. Ingres).
Hablar de Ingres sin citar a sus mujeres sensuales y su orientalismo es imposible, pero a mí es lo que menos me sorprendió de la exposición en el Prado de Madrid. Quizá porque, como pasa en La gran odalisca (1814, en el Louvre), no me convence la premeditada desproporción del cuerpo, si bien me gusta que dé la espalda y mire de soslayo, por encima del hombro.

'El baño turco' (J-A. D. Ingres).
Para pintar El baño turco (1862) Ingres se inspiró en un relato dieciochesco de Lady Montagu, en el que relataba cómo unas mujeres se acicalaban para la boda de una de ellas. Es un cuadro que desprende sensualidad, en el que el artista trabajó durante años. La composición ovalada acentúa la caga erótica, pues acumula los cuerpos de las mujeres, muy juntos y en poses tanto frontales como laterales, semicurvadas y enroscadas. La crítica considera este lienzo como una de las tres grandes obras maestras de Ingres, y, pese a que cuando lo terminó, el artista tenía ya ochenta y dos años, él mismo dijo haberlo pintado "con el fuego propio de un hombre de treinta años".

domingo, 14 de febrero de 2016

Amor entre ruinas: los enamorados de Burne-Jones


El amor romántico se resiste a morir, y quien tenga dudas, que eche un vistazo a las legiones de admiradores de Mr. Darcy, a las ventas millonarias de los libros de las hermanas Brontë o a las incontables reediciones de la poesía pasional, llena de exaltaciones del alma, de Byron (1788-1824) o de Tennyson (1809-1892).

'Amor entre ruinas' (Edward Burne-Jones), en
la mansión Wightwick, en Wolverhampton.
Yo fui una entusiasta romántica en mi juventud, de las románticas de manual: suspiraba viendo la lluvia tras los cristales, penaba por amores incomprendidos más imaginarios que reales; escribía poemas almibarados; escuchaba músicas deprimentes… Al llegar a la Universidad casi me había curado, pero las enfermedades de niñez dejan secuelas, y en mi caso sucumbí al romanticismo en el año 1999, cuando descubrí a los PrerrafaelitasEl primer culpable de mi ataque de tardorromanticismo fue Edward Burne-Jones (1833-1898), cuyas obras vi por primera vez en una exposición temporal en el Museo de Orsay, en París, y que desde entonces me incitó a explorar otros autores como John Everett Millais (padre de la mítica Ofelia), Dante Gabriel Rossetti o William Holman Hunt.

Si tuviera que elegir un solo cuadro de Burne-Jones sería el llamado Amor entre ruinas, que es una mezcla perfecta de elementos griegos y latinos que tan bien se le daba a Burne-Jones. La pintura está inspirada en el poema del mismo nombre de Robert Browning (1812-1889), y todo en ella es reseñable: desde el precioso relieve sobre la puerta (parte izquierda del cuadro) a la intensa expresividad de los dos amantes. La obra está cargada de una atmósfera de melancólica quietud, y parece como si los jóvenes escucharan el eco de una música lejana, de un tiempo anterior al de la decadencia y la ruina.

'Cupido encuentra a Psyche'
(Edward Burne-Jones), en Londres.
De Burne-Jones me fascinan sus paisajes de la Edad Media, las brumas que envuelven a doncellas y caballeros, los temas mitológicos, los jardines de rosas, las evocaciones del pasado, los relatos legendarios. De sus pinceles brota un halo de intangible belleza que va definiendo el contorno de los cuerpos, delineando los rostros de mujeres y hombres, coloreando vestidos, capas, túnicas, o simplemente asalmonando la piel desnuda. Todo ello se aprecia en el cuadro Cupido encuentra a Psyche, donde resalta el color azul intenso, casi antesala del añil.    

'Canción de amor' (Edward Burne-Jones),
en el museo Metropolitan de Nueva York.
Las obras de Burne-Jones están dedicadas por completo a lo imaginario, y quizá por eso despierta tanta fascinación con su serie de óleos de la saga artúrica, además de cautivar con los cuadros consagrados a la leyenda de la Rosa, una suerte de cuento de la Bella Durmiente (en la colección Farringdon, en Oxfordshire). También primoroso es el óleo Canción de amor, repleto de nostalgia por un pasado idealizado que quizá nunca existió.

'La escalera de oro'
(E. Burne-Jones), en la
Tate Gallery de Londres.
Algunas obras individuales, como La escalera de oro (Tate Gallery de Londres), le costaron más años de realización que sus series. En esta pintura, de tres metros de altura, la atención queda prendida en los pliegues de los vestidos (recuerdan a esculturas de Fidias, 490-431 a.C.), en la osada arquitectura de la escalera y en los cabellos de las jóvenes. A menudo se compara a Burne-Jones con los pintores del Quattrocento Sandro Botticelli (1445-1510) y Andrea Mantegna (1431-1506), y una de las razones es la composición que usa en este cuadro: una escalera de forma espiral y jóvenes imbuidas de carácter columnario, trazadas para acentuar las formas sinuosas, con lo que se combinan las artes de la pintura y la arquitectura.

jueves, 4 de febrero de 2016

'Carta a Don Juan': relatos osados de Carmen Laforet

(Más sobre Carmen Laforet y sobre sus obras)  

Carmen Laforet (1921-2004) fue una mujer adelantada a su tiempo, que no pudo resistir las costuras de la estrecha sociedad que le tocó vivir. Quizá por eso, y pese al éxito rotundo de Nada (su primera novela, ganadora del premio Nadal 1944), la escritora fue más famosa por sus silencios y sus ausencias que por su producción literaria, hasta que finalmente dejó de  escribir y se apartó del mundo. En todos los sentidos.

Carmen Laforet (1921-2004), en una
foto de 1945, tras ganar el Nadal.
Ya he hablado de Nada (1945), La mujer nueva (1955), La insolación (1963) y Al volver la esquina (póstuma, 2004). Ahora le toca el turno a sus cuentos y relatos breves, tenidos por productos menores, algunos incluso mediocres o despachados por la crítica como "experimentos juveniles". Con todo, las historias breves de Laforet merecen ser leídas con atención. Están llenas de frescura, casi como salieron de su pluma, pues ella apenas corregía sus textos, según contó su hijo Agustín Cerezales, quien confesó también que su madre no conservó papeles de juventud de los que escribió mientras vivía en Las Palmas de Gran Canaria.

Carmen Laforet no supo ni pudo hallar su hueco en la recatada España de posguerra: tras el reconocimiento que logró con Nada, le llovieron las malas críticas por La mujer nueva. Problemas personales, crisis psicológica y ruptura matrimonial acabaron por quitarle las ganas de escribir. Publicó los últimos cuentos en 1952, y a partir de ese año sólo produjo un libro de viajes hasta que, en 1963, La insolación cerró su obra en vida. 

'Carta a Don Juan', volumen
de relatos de Carmen Laforet.
Algo de ese desenlace se barruntaba ya en las historias primerizas de Carta a Don Juan (póstumo, 2007) un volumen de relatos que incluye los diez que la autora seleccionó para publicar, y otros dieciséis inéditos (o que se perdieron en revistas de raro acceso). Hay cuentos anteriores a 1944, y es cierto que son brotes inmaduros, como Leyenda de Alcorah o las tres Fugas. Pero también se recopilan aquí las historias más representativas de su actividad cuentística. Son relatos plagados de vidas míseras, seres humanos empobrecidos, hogares de horizontes grises, gente muy humana... todo ello en el marco de la posguerra. Basta leer El regresoLa fotografía o Un matrimonio para transportarse a una sociedad que disgusta y deprime, por suerte, ya superada. 

Carmen Laforet (foto no fechada,
pero en torno a 1945).
Carmen Laforet es especialmente hábil al crear sus protagonistas femeninas, a las que hace cargar con un alud de pena, casi siempre inmersas en una vida infeliz, como la antiheroína de Rosamunda. Y, aunque quiero creer que no son los recuerdos ni la vida familiar de Laforet los que se deslizan en Recién casados o La extranjeraestoy segura de que lo son.  

Leer estos relatos, pese a su muy desigual calidad, ayuda a comprender mejor la literatura laforetiana, su argamasa de tintes familiares, con un gusto particular por disecar la cotidianidad con el mismo primor que un entomólogo preserva la belleza de las alas en una mariposa.