jueves, 16 de julio de 2015

Mi relato ‘Miniaturas’, publicado en la revista Scribere

(Relato 'Septiembre en Córcega' de Pepa Montero)
Justo antes de que el tropel veraniego de maletas, niños huérfanos de escuela, padres doblemente estresados y mileuristas en flagrante necesidad de rescate financiero acabe con la poca paciencia que nos queda, llega a los quioscos virtuales la nueva revista  Scribere. Es una revista hecha por escritores y destinada tanto a quienes emborronan cuartillas como a quienes las leen. Se puede descargar, de forma gratuita, aquí y también acepta originales para su publicaciónEn la primera semana se han registrado ya cerca de 4.000 descargas, lo que prueba que hay apetito por productos literarios nuevos, frescos, que desempolven el fondo de armario de la edición española. 
'Miniaturas', relato de Pepa Montero
(composición a partir de la portada de Scribere).
Uno de mis últimos relatos, titulado Miniaturas, aparece en la página 20 del primer número de Scribere. La historia comienza en un verano cualquiera, caluroso y desquiciado, y lo protagoniza una mujer en mutación de pareja. Encerrada en su piso madrileño, rebusca por cajones, armarios y altillos, empeñada en usar y en gastar por fin todos los botes de gel, champú y demás obsequios traídos de hoteles y restaurantes, que ha ido acumulando a lo largo de años de viajes. Su obsesión será deshacerse de todas esas miniaturas, testigos de sus vacaciones por países remotos y plazas cercanas, para borrar los recuerdos de una relación rota. Quienes conocen mi estilo narrativo saben que cualquiera de mis historias, por corta que sea, guarda una sorpresa final, no siempre placentera. Así sucede en Miniaturas, donde he tratado de filmar el paulatino trastorno de una mujer inmersa en la disolución de su vida anterior y reflejar las variadas formas en las que la desesperación se puede disfrazar.

Índice de autores (primer
número de Scribere).
Además de mi relato, en el número inaugural de Scribere se puede encontrar desde poesía a microrrelatos o cuentos extensos. Por mi parte, y siempre que la inspiración no me desacredite, espero seguir colaborando.

El aglutinador de todo este esfuerzo colectivo es Víctor J. Sanz (@victorjsanz), director de la revista y también de la Escuela de Formación de Escritores, al que hay que calificar con nota alta por haber sido capaz de resolver la nada fácil tarea de seleccionar, pulir y aderezar los trabajos de los distintos colaboradores. En su afán de agrandar el mundo de las letras, está siempre en contacto con autores de poesía y narrativa, publica reseñas y entrevistas literarias (propias o ajenas), y abre su web letrasinquietas.es a ilustradores y fotógrafos. 

martes, 14 de julio de 2015

Falassarna, la mejor playa de Creta

(Más sobre islas griegas: Mikonos y la volcánica Santorini)

Quienes me conocen bien me preguntan por qué nunca he escrito sobre Creta en este blog. Les resulta increíble que jamás haya narrado mis primeras impresiones de la isla del Laberinto, y no entienden cómo es que nunca he relatado mi primer viaje en el buque Poseidon, desde el Pireo hasta Heraklion en aquel lejano verano de 1993, cuando cada vez que se tercia un tercio de más, mi amor por Creta estalla a borbotones y se prodiga en decenas de anécdotas, pulcramente detalladas, de mis viajes a la tierra del rey Minos, la bella Ariadna, el sagaz Teseo, el diligente Dédalo y el intrépidamente osado Ícaro.

Cerámica griega con Teseo
matando al Minotauro.
Pisé por primera vez Creta en el verano de 1993, una madrugada de agosto, medio mareada tras doce horas de travesía en la cubierta de uno de esos enormes transbordadores que hacían (y hacen) la ruta Puerto del Pireo-Heraklion en una sucesión de escalas en las principales islas Cícladas. Mi compañero de fatigas y yo habíamos decidido viajar en barco, que además de más barato que el avión, nos ahorraba una noche de hotel. Jamás volvimos a ir de Atenas a Creta de ese modo.

En Heraklion, la capital cretense, alquilamos un coche en el ya desaparecido Irene Rent a Car, un negocio regentado por un recio varón que fumaba tabaco negro sin parar y hablaba un francés racheado. Por un precio irrisorio, alquilamos un Renault sin aire acondicionado y con el maletero a la vista, un tres puertas cuyo techo se asemejaba a la tapa de una de esas latas de sardinillas que antaño se abrían enrollándolas con una llave.

Playa de Falassarna, en Creta (1993).
En agosto de 1993 nosotros no teníamos Internet ni teléfono móvil, nunca reservábamos hotel, sino que íbamos a la aventura con dos guías turísticas convencionales, de papel, de Anaya una, y del Trotamundos otra. Siguiendo las indicaciones de esta última y preguntando varias veces a lugareños cuando nos sorprendía algún cruce de carreteras llegamos a la playa de Falassarnaen el extremo oeste de la isla, a unos 60 kilómetros desde Chania (La Canea). La foto superior es de poca calidad, como he dicho, en el año 1993 no teníamos móviles de última generación ni perdíamos el tiempo grabando en vídeo. Preferíamos disfrutar con los ojos más abiertos que la lente de una cámara, escuchar los atronadores cantos de las cigarras, dejar vagar los pensamientos por la línea del horizonte que separaba el cielo del mar.

Taberna sobre la playa de Falassarna (Creta).
A Falassarna se llegaba en 1993 por una carretera estrecha y mala, que en su último tramo desembocaba en un camino de tierra. Había una sola taberna, y no precisamente a pie de playa, sino unos doscientos metros cuesta arriba, con una terraza bajo las higueras donde se oía de vez en cuando el zumbido de los veraniegos tábanos, avipas, abejorrucos y moscas. En esa taberna comimos una de las mejores ensaladas con queso feta y aceitunas negras que recuerdo, unos tomates rojos como pocos, un tzatziki fresco y ligero, un plato de pollo asado y creo que también una moussaka. Servían el vino retsina en picheles y no había carta en inglés, sino que los platos impronunciables había que escogerlos señalando con el dedo en la vitrina.

Playa de Falassarna (Creta), un remanso de paz.
Volvimos a Falassarna en 2005 y las cosas, afortunadamente, no habían cambiado demasiado, salvo por el hecho de que el camino de tierra estaba en mejores condiciones, al final había un espacio para aparcar delimitado y una taberna con bebidas y snacks en la misma playa, aunque no invadiendo la arena. Seguía siendo la misma playa semiagreste, una amplia franja de fina arena alborotada por el viento, un agua fría mecida por olas que culebreaban al compás del aire, muchos jóvenes tostándose al sol y alguna familia con niños, turistas como nosotros, pero, fundamentalmente, griegos. Una playa bonita, tranquila, sin altavoces vociferantes, sin música machacona, sin gritos. Una playa como debieron ser en algún momento las españolas de la Costa del Sol. Una playa donde tumbarse, leer o simplemente pasear la vista por las estribaciones del mar.

Vino griego retsina tradicional.
En 2005 la taberna de Falassarna seguía prácticamente igual, el mismo patio bajo las higueras, parecida carta de comida, idéntica música ambiental a base de canto de cigarras y bisbisear de insectos. Ni que decir tiene: estoy deseando regresar.