jueves, 31 de diciembre de 2015

Feliz Nochevieja, feliz año 2016

(Más sobre Navidades pasadas y Fin de Año)

La Puerta del Sol (Madrid) en Nochevieja.
Hoy, 31 de diciembre de 2015, en España despediremos el año con las tradicionales doce uvas, al compás que marcan las manecillas de un reloj, mientras los onmipresentes televisores de plasma vomitan la alegría teledirigida desde los histriónicos canales de televisión.

Las lentejas son la típica
cena de Nochevieja en Roma.
No muy lejos de aquí, en Italia, tienen por costumbre cenar lentejas como superstición que les asegura el tener un año próspero. Habrá italianos que se vestirán de rojo, por dentro o por fuera, y habrá quienes se pasen los resortes de la tradición por cualquiera de los arcos de triunfo que hay diseminados por foros y ciudades del extinto imperio.


Los japoneses visitan sus templos en Nochevieja.
En Japón las fiestas de fin de año duran 15 días. El 31 se toma una tradicional sopa de fideos, se visita el templo sintoísta o el budista y se bebe sake. Todo, es de suponer, con el orden y la placidez que reina en las esquinas del país del Sol Naciente donde no llegan los pachinkos ni los karaokes.

Nochevieja en Times Square (Nueva York).
En las grandes plazas de Londres, Nueva York, París o Berlín gentes de todas las edades se apresuran a celebrar (con estruendo y quizá algo de alegría impostada), más que el comienzo del nuevo año, el final del viejo, como si al darle carpetazo a los últimos doce meses se evaporaran de golpe todas las cosas malas vividas.

¡Feliz Año 2016!
Yo también, este 31 de diciembre, trataré de travestir mi escepticismo con la mejor de mis sonrisas ilusionadas, comeré con moderación y beberé con dedicación un par de copas de cava. Es difícil, siempre lo es, porque hace ya dieciocho años, el 31 de diciembre de 1997, pasé la noche en vela, de duelo, por la muerte de mi abuela María, el único familiar extremadamente cercano que me ha dejado, y aunque las capas del tiempo todo lo sepultan, este dolor sordo no desaparece ni aun después de digerir la última uva de cada año.

Pese a todo,

¡Feliz 2016!

Nos leemos el año que viene

martes, 29 de diciembre de 2015

'Zótimo de Silesia' y otros relatos, de Concha Pascual

(Mi relato Miniaturas y la novela Las llaves de casade Carmen Estirado)

Leer supone siempre internarse en un terreno desconocido, aun en el caso de que conozcamos al autor. Es lo que me sucede con los dos libros propios que ha publicado hasta la fecha mi amiga Concha Pascual, periodista y diseñadora gráfica, artífice de la todavía joven pero briosa editorial Bigornia, que lo mismo edita, corrige, diseña, maqueta, prologa y publica obras propias como ajenas.

Concha Pascual, autora de 'Zótimo de Silesia', y
Julio Luengo, artífices de editorial Bigornia.
Alcibíades. El gato pardo y el caracol azul es un cuento que Concha Pascual publicó en forma de libro en junio de 2012, pero que llevaba años escrito en su mente con las letras indelebles de la mejor tradición oral. No en vano, ese cuento lo inventó para su hijo Fernando y a él se lo fue recontando año tras año. Es una edición bilingüe, ilustrada por la autora, y en ella se relata la peculiar amistad entre un gato tuerto y un caracol extraterrestre (mágico, por más añadidura), llegado a la Tierra para cumplir una misión. El resto de la historia puede leerse aquí.

Portada de 'Zótimo de Silesia...'
Dos años antes de Alcibíades… Concha Pascual había publicado junto a su marido, el periodista y poeta Julio Luengo, el libro La inverosímil historia de Zótimo de Silesia y otros relatos dispares. Escrito en coautoría pero alumbrado por separado, recopila relatos de ambos autores pertenecientes a distintas épocas. El estilo de ella y la prosa de él son radicalmente distintos, perfectamente identificables el uno y la otra, por si el lector quiere jugar a la adivinación. En esta obra hay guiños a la juventud de Concha Pascual en el pueblo segoviano (castellano, recio) donde creció y donde está la casa familiar. Por ejemplo, en el cuento Hablando de puertas…, donde narra una ocurrencia etílica de esas que se hacen en las madrugadas que amanecen por mor de las fiestas populares.

Ilustración de Concha Pascual
para su relato 'Zótimo...'.
El relato que da título al libro, Zótimo… son sólo cuatro páginas, pero repletas de mérito y con un gran hallazgo: el de transcribir fonéticamente el habla del protagonista, un Zótimo en estado de desgracia, cuya disfunción lingüística lo separa de los humanos. Un hombre que, al internarse en la naturaleza, es por fin aceptado como igual entre los animales.

Hay otros cuentos en los que el mero título delata al coautor Julio Luengo. Es el caso de La filosofía de Esparzano y el hallazgo de su hijo Androcles, de pocas páginas pero lleno de enjundia y sabiduría. O del escueto Va de nudos, que destila mala leche e ironía a partes iguales. 

Aunque mi juicio pueda ser parcial, siendo Concha tan buen amiga, he de decir que ambos libros son un regalo perfecto para agasajar con lectura en esta Navidad. Y son nombres a los que merece la pena seguir la pista, tanto los de los autores como el de Bigornia, la editorial.

martes, 15 de diciembre de 2015

En memoria de Ana María Matute (y II)


       (Continuación de En memoria de Ana María Matute (I))


                                           Firma invitada: JAVIER CARAZO AGUILERA
Doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente prepara la publicación de su tesis doctoral sobre William Layton (1913-1995).


(...) Adri había decido quedarse en ese legendario Reino de Olar. De vez en cuando atravesaba el túnel para ir en busca de algunos libros situados en la vieja casona. Siempre por la noche, subrepticiamente. No quiso volver más a ese mundo repleto de odios y mentiras. Hasta ese día, cuando tras algún tiempo esperando el regreso del locuelo Unicornio, se desesperaba de que éste no apareciese. ¿Y si no vuelve más?

"Una niebla empezó a rodearla,
a empujarla..."
Allí estaba de nuevo, en el mundo de los Gigantes. Pero el cielo se oscureció de repente, el viento empezó a ser muy fuerte. De pronto, su corazón comenzó a agitarse y a bombear cada vez más rápido. Tenía que regresar, pronto, ya, inmediatamente… No sabía por qué... Una niebla empezó a rodearla, a empujarla, sentía cómo sus piernas iban más rápido en cada paso que daba. En un tropiezo, perdió una zapatilla, así que tuvo que seguir con un pie descalzo. La niebla era cada vez más espesa y oscura. Adri sentía que era casi llevada en volandas hasta que fue lanzada a la explanada del Reino de Olar. Allí se topó con el Unicornio, que estaba inmóvil, mirando al Sur, la tierra de los viñedos y del mar abierto.

Y subido a él pudo ver, por primera vez, a ese pequeño príncipe que formaba parte del séquito de la Princesa Tontina. Le reconoció porque llevaba un ala de cisne en lugar de un brazo, tal y como se reflejaba en El Libro de los Linajes. Era el Príncipe Once, llamado así porque era el menor de once hermanos. Una voz de cristal salió de su cuerpo: “¡Casi no llegas!”. “¿A dónde?”, preguntó Adri. “Vas a venir conmigo”, le contestó el Príncipe. “Vamos a acompañar a la Dama Blanca. He estado jugando esta mañana con ella a No Volver Nunca”.

Novela inacabada de
Ana María Matute.
El Príncipe Once desplegó su ala y ayudó a Adri a subir al Unicornio. “Ella no quería partir. Pero le dije que veía en su interior un corazón grande con la leyenda: Esta niña valiente nunca será derrotada”, expuso el Príncipe. “Iremos con ella justo, justo hasta el límite de la Historia de Todos los Niños”, añadió. “Pero ella no podrá entrar. Ya no es una niña como nosotros”, gritó Adri. “Es cierto, pero estará allí, al lado, junto al Príncipe Almíbar que tampoco pudo entrar y la ha estado esperando desde entonces. Ambos sufrieron por amor, pero ambos amaron mucho y bien”, explicó Once.

El Unicornio cogió la senda del Sur, atravesando las llanuras, los bosques y las montañas. En el aire todavía se oía la voz del Príncipe Once: “¡Allí, pegandito a la Historia de Todos los Niños estará la Dama Blanca contándonos a nosotros, los niños, y solo para nosotros, todas sus historias, las escritas y las no escritas, incluso la última que no llegó a concluir (Demonios familiares). Su voz podrá traspasar los muros invisibles que nos separan!...”.


Ana María Matute, en una foto
promocional (fecha desconocida).
Hace año y medio que La Dama Blanca (Ana María Matute) falleció a los 88 años en Barcelona. Sus historias (El Saltamontes verde, Toda la brutalidad del mundo, Cuentos de infancia, Caballito loco, Sólo un pie descalzo, Paulina, La torre vigía, Primera memoria, Los Abel, Luciérnagas, Pequeño teatro…) están tan vivas como antes de su último juego. Desde hace año y medio -y dos Ferias del Libro de Madrid sin ella- sólo quienes forman parte de la Historia de Todos los Niños pueden seguir oyendo sus nuevas narraciones. Pero es un terreno vedado en el que sólo pueden entrar los elegidos. Quienes lean estas líneas ya no podrán entrar. No. No podrán. No podremos.

sábado, 12 de diciembre de 2015

En memoria de Ana María Matute (I)


       (Otros links navideños: Historia del árbol de Navidad y Mujercitas)

            
                           Firma invitada: JAVIER CARAZO AGUILERA
Doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente prepara la publicación de su tesis doctoral sobre William Layton (1913-1995).


En la mitad de la mañana del 25 de junio de 2014 un viento helado, gélido, se levantó más allá de las fronteras del Reino de Olar. El viento sopló, aullando fuertemente en sus oídos. El frío penetró entonces en  la piel como un cuchillo afilado. Un temblor, un estremecimiento recorrió los brazos, las piernas, el cuerpo entero de la pequeña Adri (Paraíso inhabitado). Todo justo cuando, al fin, se había atrevido a abandonar los antiguos dominios del Rey Gudú en busca del rebelde Unicornio, que se había vuelto a escapar del tapiz que dominaba la quemada estancia donde había vivido la Reina Ardid (Olvidado Rey Gudú). Pero esta última vez estaba tardando en regresar. Su tía Eduarda ya la había avisado: Los Unicornios nunca vuelven…

Ana María Matute (1925-2014),
la Dama Blanca de esta historia.
¿No? ¿Nunca? ¿De verdad? El mundo de los Gigantes es tan incomprensible, tan cerrado, tan severo… ¿Cómo que no? Ya verían… No era la primera vez que rompía las reglas. Ya lo había hecho antes cuando había atendido al grito de ¡Adrriiiii! que le lanzaba Gavrila, el hijo de la bailarina, una hermosa mujer denostada por todo el vecindario. Gavi la esperaba en el patio interior de la casa junto al maravilloso Zar, ese perro grande y hermoso que saltaba alborozado cuando la veía bajar los peldaños de la escalera interior del servicio a la velocidad del rayo.
Para Adri esas tierras y paisajes donde se encontraba ahora seguían siendo tan extraños como cuando decidió huir de allí tiempo atrás. Su tía Eduarda le había pedido que no se acercase al viejo despacho de la casona donde se arracimaban sin orden ni concierto muchísimos libros, llenos de polvo. Libros en la mesa, en las butacas, en las estanterías. Allí leyó Historia de dos ciudades, el Rey Cuervo, El jardín secreto, cuentos escritos por Andersen, Perrault o los hermanos Grimm, también dos de sus historias favoritas: El anillo prodigioso y La ratita blanca.

El rebelde Unicornio soñado por Matute.
Y fue entonces, ocurrió en ese momento, justo cuando acababa de emocionarse con las tristes peripecias del Hada Angélica antes de ser castigada a vivir mil años como ratita blanca por olvidar su varita mágica. Justo tras descubrir ese día el envés de las acciones de la egoísta Reina Dánamo, arrastrando en su devenir loco e insensato a su hija Irolita y al Príncipe Parcinet, sujeto este último a las oportunidades, aunque limitadas, que emanaban de la posesión de ese anillo prodigioso, el cual te llevaba a reinos increíbles como el de las Estufas o el del Agua (“¡Madre mía cuántos reinos hay aparte de los estudiados en los libros de los Gigantes!”, pensaba Adri). Vio, de repente, cómo el Unicornio, que había abandonado el tapiz francés del salón, entraba por la puerta, atravesaba la estancia, empujaba con el hocico una estantería desvencijada repleta de libros -que Tata María llamaba de Perra Gorda y que tantas lágrimas le hacían soltar siguiendo las desventuras de Juan de Dios, el médico de los pobres- y se introducía, todo lo grande que era, en un pasillo angosto y oscuro con una luz al fondo.

Ruinas góticas.
Perdido el miedo del principio, Adri se aventuró en ese pasadizo que, tras atravesarlo, desembocaba en una llanura donde, a lo lejos, se divisaban las ruinas de un castillo, con una torre que a pesar de estar quemada desprendía con el sol rayos azules. Al principio le dio miedo y retrocedió a la casona, pero al cabo de los días, al ver que no regresaba el intrépido Unicornio al tapiz, se decidió a descubrir ese nuevo paisaje donde parecía que se había instalado. Al llegar al otro lado del túnel secreto, ya en la explanada que se abría ante ella, empezó a oír un murmullo, como un antiguo rumor de agua. Dio unos cuantos pasos y tras unos árboles descubrió un arroyo. Allí, se agachó para beber y es entonces cuando una mujer de cabellos largos se transparentó en el fondo.

El libro preferido de Ana María
Matute, según confesó la autora.
Adri dio marcha atrás, pero una voz suave y envolvente la susurró en los oídos: “¡Ven, ven!...”. Igual que le decía Gavi desde el patio… Adri se acercó y una mano salió del arroyo con una vasija repleta de agua fresca. Adri bebió y, entonces, ese murmullo de viejo manantial le contó las historias que había albergado ese reino a lo largo de muchos, muchos años. Por voz de la Mujer de largos cabellos rubios y dorados supo lo que ocurrió en un terrible mes de las espigas, cuando los desdichados Aranmanoth y Windumanoth estaban buscando el Sur. O, también, la historia del Rey Gudú, ya olvidado en los anales salvo por las espigas, los árboles, las flores y los pájaros. Ellos sí que tienen memoria. Ellos sí que recuerdan. Saben todo. Conocen todo. Sabían lo que sucedió con el Trasgo del Sur y el Hechicero, pobres aficionados que no pudieron prever que Gudú, con el corazón protegido por una cápsula de cristal, no podía amar a nadie, excepto a sí mismo. Conocían todos los detalles, hasta los más nimios, de Gudulín, el niño cruel que quería encontrar una salida para ir al mar, buscaba ir al mar…; de Lontananza; del Rey Volodioso; del Príncipe Contrahecho; de los tiempos en los que Tontina y su fabuloso séquito se instalaron allí, en el Reino de Olar, lugar donde la princesa conoció al Príncipe Predilecto, del que recibió su Primer y Último Beso de Amor, cumpliéndose así la malhadada profecía de una perversa hada; del valiente Lisio…

Linaje del conde Olar.
La Mujer del Agua le entregó el Libro de los Linajes, donde se contenían todas las grandes historias de ese reino, también la del Saltamontes verde, la del Polizón del Ulises, la del Caballito Loco, la de Paulina. Todos ellos arrumbados del mundo opresor y desconsiderado de los Gigantes. A Aranmanoth y Windumanoth, las Damas Grises les dijeron que el Sur no existía. A ella, que los Unicornios nunca vuelven. ¡Ja! Pero allí estaba. Detrás de ella. A su lado. El magnífico Unicornio... Qué sabrán esos Gigantes. Ya se lo había confiado la Mujer del Agua, rememorando el viejo dicho de los Margraves: ¡De Occidente… El olvido!

(Continuará...)

jueves, 3 de diciembre de 2015

Adolfo Suárez, Leonardo y Jane Austen, por los suelos

(Más sobre Leonardo da Vinci y sobre Jane Austen)

Tumba de Adolfo Suárez (1932-2014) y su esposa
en el claustro de la catedral de Ávila.
Visité Ávila el pasado 22 de noviembre. Hacía frío y el aire sorteaba a los caminantes dejando un reguero de gotas de aguanieve. En el interior de la catedral, imponente pese al andamiaje de las obras, me topé con la tumba de Adolfo Suárez (1932-2014). Está en el claustro y la señala una losa de piedra en el suelo, casi plana, salvo por las hendiduras que han dejado las letras grabadas con los nombres y las fechas de defunción de los allí enterrados: son Adolfo Suárez (1932-2014), presidente del Gobierno español entre 1976 y 1981 y figura central de la Transición, y su mujer, Amparo Illana (1934-2001). A ambos los cubre la divisa "La concordia fue posible".

Monumentos funerarios de Blasco y Sancho Dávila
(capilla de Santa Teresa, catedral de Ávila).
No recordaba que Suárez estuviera enterrado en la catedral de Ávila, y me sorprendió que ni en el folleto turístico con que nos obsequiaron al pagar la entrada ni en ningún cartel indicaran el emplazamiento de su tumba. Hace muchos años que practico el turismo de cementerios y soy asidua a leer las placas de los panteones y enterramientos de nobles, religiosos y reyes en iglesias y palacios. Aun así, me sorprendió la escuálida tumba de Suárez, quizá por su severo contraste con otros sepulcros que hay en esa misma catedral. Por ejemplo, los monumentos de Blasco y Sancho Dávila, en la capilla de Santa Teresa. Son tumbas cuajadas de detalles escultóricos, muy bonitas, hechas a mayor gloria de dos miembros del linaje de los Dávila, uno de los más antiguos del reino de Castilla (Sancho fue obispo de Ávila entre 1312 y 1355).

Lápida de Leonardo da Vinci (1452-1519)
 en el castillo de Amboise (Francia).
La frugalidad del último reposo mundano de Suárez no es excepcional. Otros célebres hombres y mujeres yacen en suelos igual de planos, aunque quizá mejor señalizados. Sin ir más lejos, Leonardo da Vinci (1452-1519), tenido por el mayor genio de la Historia, el artista, pensador, inventor y filósofo más completo que conocemos, está enterrado en el suelo en una capilla del castillo de Amboise (región del Loira francés), donde trabajaba para el rey Francisco I. He visitado dos veces Amboise y las dos he meditado junto a la placa bajo la cual yace Leonardo desde hace casi cinco siglos. No parece gran cosa esta tumba para tanto genio, o quizá sí. Tal vez esa falta de boato maride bien con la técnica que Leonardo perfeccionó: el sfumato, consistente en difuminar los contornos de las figuras y de los objetos para crear una impresión de etérea realidad.

Losa sepulcral de Jane Austen (1775-1817)
en la catedral de Winchester (Inglaterra).
La escritora británica Jane Austen (1775-1817), imprescindible lectura de mi juventud, también está enterrada en el suelo de una catedral, la de Winchester, a la izquierda de la nave principal, bajo una sencilla losa negra con un epitafio en el que no hay mención alguna a su fama como mujer de letras. La piedra dice así: “En recuerdo de Jane Austen, la hija menor del difunto reverendo George Austen, rector de la parroquia de Steventon. Abandonó esta vida el 18 de julio de 1817, a los 41 años, tras una larga enfermedad soportada con la paciencia y esperanza de una verdadera cristiana. La bondad de su corazón, la dulzura de su carácter y su inteligencia le valieron la admiración de cuantos la conocieron. El pesar de su familia es tan grande como irreparable su pérdida, pero les queda el consuelo de saber que su bondad, fe y pureza la harán merecedora de la redención”.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Hiromi Kawakami y Yoko Ogawa: sigue mi idilio con Japón

(Más sobre la escritora Hiromi Kawakami y sobre Japón

No sé qué sucedió antes: el viaje a Japón o enamorarme del mundo de ficción de Haruki Murakami. Pero lo que sí sé es que, casi tres años después, mi idilio con Japón y lo japonés sigue siendo imbatible, y hay dos escritoras que tienen parte de culpa: Hiromi Kawakami y Yoko Ogawa. Ellas son las autoras de los dos últimos libros que he leído por placer.

'Algo que brilla como el mar' (H. Kawakami) y 'La chica
 que iba en hipopótamo a la escuela (Y. Ogawa).
A finales del pasado mes de julio comencé a leer Algo que brilla como el mar, la novela que Hiromi Kawakami (1958) publicó en 2003. Yo estaba de vacaciones en Cagliari, la capital de Cerdeña.  Meses antes había leído Manazuru (2006 en su edición japonesa), cuya peripecia argumental me decepcionó, y dos años atrás había quedado fascinada con la sobria emotividad de los personajes de El cielo es azul, la tierra blanca (2001), que aún hoy es la novela que más me gusta de Kawakami.

La escritora japonesa Hiromi Kawakami (1958).
Como digo, leí Algo que brilla como el mar durante mis dos semanas de viaje por Cerdeña y Roma, un poco a salto de mata, pero incluso así la historia de Midori Edo me subyugó, y su autora me atrapó de nuevo con su característica narración fría salpicada de notas de irrealidad. El eje de la historia es Midori, un joven que experimenta desde la perplejidad su paso a la edad adulta. Vive rodeado de mujeres peculiares y su día a día bascula entre tres polos: uno que forman su madre y su abuela; un segundo que ocupa su desastrado padre no reconocido y con el que sólo vivirá al final; y su amigo Haneda, cuya última ocurrencia consiste en vestirse de mujer. 

Jóvenes en Tokio (Japón, 2013).
El asentamiento de la identidad sexual, las amarras de la amistad, el compañerismo súbito de un profesor, la impredecible figura de un padre, el miedo a la madurez, el viaje de iniciación hacia un templo en una montaña sagrada, la religión y cultura japonesas, la búsqueda interior…esos son los mimbres con los que Hiromi Kawakami me ha atrapado de nuevo. Para esta Navidad ya les he pedido a los Reyes Magos que me traigan otra de sus novelas, que en España edita Acantilado.

Yoko Ogawa (1962), escritora japonesa.
La escritora Yoko Ogawa me gusta por su habilidad en las descripciones de los protagonistas, la mayoría mujeres, y por cómo refleja la sociedad japonesa, machista y desapegada en los afectos maritales. A Ogawa la publica en España la editorial Funambulista, con muchos menos medios que Acantilado, y esa carencia se nota en que la edición es a menudo poco cuidadosa, contiene abundantes errores ortográficos que molestan y hasta me irritan. También la traducción deja que desear. Pero, como no sé japonés, me temo que tendré que aguantarme.

El libro más famoso de Yoko Ogawa (1962) es La fórmula preferida del profesor, una novela deliciosa sobre el amor por las matemáticas y el poder sanador de la amistad y el amor. Está entre mis historias favoritas de los últimos años y también me animó a leer Los tiernos lamentos, un regreso al refugio en el bosque, al aislamiento para superar situaciones perturbadoras con recuso al trío amoroso de por medio.

Jóvenes de instituto en Takayama (Japón).
La última novela de Ogawa que he terminado se llama La niña que iba en hipopótamo a la escuela, y todo en ella destila buen gusto y sutileza. La protagonista es la prima de la niña que monta en hipopótamo, suyos son los ojos y los labios que nos relatan la historia de un curso escolar en el que se mudó a vivir a una mansión en el campo con la familia de su tía. Allí descubrirá el valor de los lazos sanguíneos y de las raíces, pero también el de las relaciones que se forjan entre desconocidos. En la mansión habitan la abuela germano-japonesa, la tía en riesgo de alcoholismo, el ama de llaves que es más de la familia que la propia, el padre intermitente... y la hipopótamo enana y su cuidador. 

Al igual que hace Kawakami, Ogawa introduce a menudo elementos ambiguos en el relato y notas inquietantes. Son dos autoras de estilos y temáticas bien distintos, pero a ambas les gusta mantener al lector en estado de alerta, temeroso de que en cualquier momento suceda algo malo. Kawakami es quizá más introspectiva y Ogawa destaca en el armazón del paisaje y el panorama de conjunto. Las dos son traducidas con desigual acierto en España, pero ambas son escritoras a las que merece la pena seguir la pista.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Leto Severis, great patron of Cypriot art

(*To my English readers: I apologize for every mistake. Please be aware I am a Spanish writer) Here you have a Spanish version of this article 

Portrait of Leto Severis (1916-1998).
Leto Severis, the great patron of Cypriot art, was born in 1916 and spent a large part of her life in Nicosia. The social conditions of the time did not permit her to pursue formal academic studies in her twin passions: history and archaeology. Nevertheless, she managed to acquire a considerable knowledge of both on her own initiative, later becoming an acknowledged historical writer. In 1936 Leto married Costakis Severis (son of the art collectionist Demosthenis Severis (1874-1955), to whom she transmitted her passion for archaeology. Together they achieved to extending their paternal collection to include artifacts of every period of Cypriote Antiquity from 4000 B.C. to the Hellenistic Period.

The Leto and Costakis Collection had in its apogee well over 2.000 items, focused more on the history of Cypriote art and its educational potential rather than on grandeurA specially designed gallery in their home on Stasinou Avenue (Nicosia) was converted into a private museum which welcomed academics from around the world to complement their studies of Cypriote antiquities. All of them remained friends and scientific associates. After the Turkish invasion of 1974, Leto stopped collecting. She compared her loss of interest with that of “a pure and beautiful Cypro-Archaic vase with ornamental flowers forever cracked”. The disappearance of a large part of her collection, stolen from the family home in Kyrenia, was a main contributory element in her decision.

Ladies of Medieval Cyprus
(by Leto Severis).
Leto Severis was a founding member of the Friends of Archaeology Association and also a member of the Friends of the Cyprus Museum. In her later years, Leto Severis wrote the book Ladies of Medieval Cyprus while a month before her death she completed a second book, The History of Cyprus for Children.

Costakis Severis (husband of Leto) died in a tragic accident in 1991, while Leto passed away in 1998, leaving two sons, Demosthenis and Nicos, to continue her work. Between 2000 and 2006, large parts of the Leto and Costakis Severis were exhibited at major venues in the USA and Europe.


The Leventis Museum (Nicosia, Cyprus).
But, as sometimes happens to art collectors, both Leto and the Leventis museum received strong criticism because the lack of details on how, when and from who they acquired the antiquities, many of which could come from looting at archaeological sites. For example, Looting Matters exposes that 98.4 percent of the Leto and Costakis collection has an unknown origin. Not really surprising if we consider that, at the time the couple begun their collection, the law regulating the sale of antiques was very lax. In fact, between 1960 and 1970, the Cyprus Government did allow to Cypriot citizens to buy objects, vases, figurines, etc, which often came from looting, provided that those objects remain in the country.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Viaje a Chipre (y III): museo Leventis y la Nicosia ocupada


Chipre es ya un recuerdo lejano. Es curioso cómo hay viajes que impregnan nuestro día a día durante meses, incluso años, y otros apenas se rememoran en la cotidianidad. No porque no gusten o dejen huella, sino porque… no sé por qué, la verdad.

Sala de la reina chipriota Caterina Cornaro
(1454-1510), en el museo Leventis (Nicosia, Chipre).
El domingo, 1 de febrero de 2015, se cumplían seis días desde nuestra llegada a la isla de Chipre y era también el último día que teníamos para conocer más en profundidad la capital, Nicosia. Después de desayunar en el hotel Centrum, fuimos a visitar el Museo Leventis de arte municipal, muy interesante, gratuito, donde descubrí dos mujeres sobre las que prometí escribir en este blog. Una de ellas, la benefactora y coleccionista de arte Leto Severis (1916-1998), ya tiene su entrada propia, y con la otra, Caterina Cornaro (1454-1510), noble veneciana que llegó a ser reina de Chipre y de Armenia, la última monarca de la dinastía Lusignan en la isla (la cual entregó a los venecianos), aún estoy en deuda.

Mezquita Omeriye (Nicosia, Chipre).
Tras la visita al museo dimos un largo paseo por la Nicosia antigua. Admiramos el exterior de la mezquita Omeriye, enfrente de la cual están los restaurados Baños Omeriye (1570); contemplamos las fachadas y serpenteamos por las calles algo destartaladas del corazón viejo de la ciudad; miramos tras las rejas el palacio del arzobispo Macario (1913-1977), quien en 1960 sería el primer presidente de la recién creada República de Chipre

Puerta Famagusta (Nicosia, Chipre).
Había poca gente caminado por las calles, se acercaba la hora de la comida y las terrazas de los cafés y los bares reclamaban ya a sus parroquianos. Me sorprendió la monumental puerta de Famagusta y me gustó todavía más la iglesia ortodoxa de Faneromeni, repleta de iconos muy bonitos y originales, que estaba muy engalanada porque ese domingo era la víspera de festividad de la Candelaria.

Luego buscamos y hallamos un restaurante típico chipriota, sin menú ni precio, comimos en una terraza al aire libre elevada sobre el patio, lugareños y muy pocos turistas. El encargado nos fue relatando en inglés los platos de la casa, de los que elegimos habas con puerros (cortesía de la casa) y champiñones, cordero, dos copas de vino blanco y una cerveza de 675 ml, por 30 euros con postre y café incluido. El restaurante tiene adosada una librería.

Bidones taponan y hacen de muro en la Nicosia chipriota
y aíslan la zona ocupada por los turcos desde 1974.
 
Con el estómago lleno, mi compañero de fatigas y yo optamos por desandar el camino de vuelta hacia el hotel siguiendo el muro que divide las dos Nicosias. Las imágenes son desoladoras, no sólo por los alambres de espino que se ven aquí y allá, sino por los bidones llenos de arena, los tablones de madera o los sacos tapiando lo que antes de 1974 fueron bocacalles y esquinas llenas de vida. 

Alambre de espino y torre vigía en Nicosia. Un muro
divide la parte chipriota de la ocupada por Turquía.
 
Estábamos cansados, pero aun así decidimos aprovechar nuestra última noche en Chipre. Subimos al observatorio de la torre Shacolas (los cinco primeros pisos están ocupados por los almacenes Debenhams) para ver Nicosia desde las alturas, pero estaban ya a punto de cerrar y tuvimos que conformarnos con otear el panorama desde la cafetería de la planta sexta. Allí nos sorprendió el atardecer y cayó la noche. Nos rodeaban los murmullos procedentes de las mesas vecinas. A través de las ventanas acristaladas, en la lejanía, se sucedía el titilar rojizo de la bandera turca que, pintada en una colina de la Nicosia invadida, es visible desde cualquier punto elevado de la Nicosia chipriota. Una provocación luminosa que recuerda a los habitantes de la zona europea lo que han perdido a manos de los turcos.

Al día siguiente era lunes (2 de febrero) y tocaba regresar en coche al aeropuerto de Larnaka, donde entregamos nuestro Ford Fiesta rojo y a las 10:20 horas de la mañana despegábamos rumbo a Atenas. Las vacaciones en Chipre habían llegado a su fin. Ahora tocaba la segunda parte de ese viaje de invierno, en un hotel a los pies de la Acrópolis.

(Continuará...)

sábado, 7 de noviembre de 2015

'Las llaves de casa': puesta de largo de Carmen Estirado

(Más escritores noveles y el tándem imbatible de mujeres y libros)

Hacía tiempo que quería escribir sobre la novela Las llaves de casael bautizo literario de Carmen Estirado. Es una historia que recoge a Sofía, joven violinista del siglo XXI sobradamente independiente, y la acompaña por el viejo Madrid en un deambular que tiene mucho de caleidoscopio urbano y emocional, recuerdo vago del trasiego de Pedro, el antihéroe protagonista de la naturalista Tiempo de silencio (Luis Martín Santos, 1924-1964). ¡Ahí es nada para una primera novela!

'Las llaves de casa' (Carmen Estirado),
premio Mejor Novela Urbana 2015. 
De Sofia sabemos poco al principio del libro y no sabremos mucho más al final. Conocemos que vive con un anciano a quien cuida y tutela a cambio de alojamiento gratuito, hasta que la vida (más bien la muerte) llama a su puerta para anunciarle el fallecimiento inminente de su madre. Relaciones familiares rotas a las que ningún remiendo basta, costumbrismo, naturalismo e introspección psicológica son los vasos comunicantes de esta novela corta, que se lee casi de un tirón, queriendo descubrir qué sucedió en el pasado, intrigados, y a la vez sospechando que será muy poco lo que se nos desvelará.

Carmen Estirado (1985), autora
de la novela 'Las llaves de casa'.
La autora de Las llaves de casa es Carmen Estirado, una buena amiga que no sólo tiene talento sino valentía, se pone el mundo por montera y encara la agridulce  cotidianidad con una sonrisa genuina. Es, a mucha honra, una escritora joven que relata (y muy bien) una historia de, por y sobre mujeres... y mucho más, con un lenguaje brioso, espontáneo y muy cuidado. Con su libro, Estirado invita al lector a transitar con su protagonista por unos momentos de la vida en los que predominan el estupor ante la muerte, la incomprensión de los turbios lazos familiares y el ajuste de cuentas con el pasado; este último encarnado en un padre que nos parece de todo menos trigo limpio.

Como resume la página oficial de la novela, “Las llaves de casa es una obra que escarba en el silencio y lo hace poéticamente”, y entre esos lapsus silenciosos el lector no puede evitar preguntarse cosas: por ejemplo, si la afición de la protagonista por la masturbación no tendrá algo que ver con la sombra de  los abusos que planea sobre la historia.

Carmen Estirado firma ejemplares
de su primera novela, 'Las llaves de casa'.
Carmen Estirado escribe desde que era niña, de mayor estudió Derecho y Periodismo, y a sus treinta años sabe lo que es ganar premios, pues hace unos meses Las llaves de casa fue elegida Mejor Novela Urbana en la V edición de los premios AtlantisComo periodista, Carmen ha trabajado en las redacciones de los diarios  El Mundo, Abc y El Economista, en el que colabora de manera habitual. Recientemente, su inquietud, sus ganas de aprender y su amor por la literatura han llevado a Carmen a cruzar el Atlántico para concentrarse en la creación en vez de en la redacción. Esta frase, extraída de su primera novela, suena extrañamente premonitoria: “El violín lucía ese día más bonito que nunca. Su cuerpo brillaba, las cuerdas estaban perfectamente afinadas y su alma se sentía argentinamente sonora...".

El tiempo de Carmen Estirado no ha hecho más que comenzar, y su nombre y sus obras darán mucho que hablar. No es un deseo, es otra premonición.