miércoles, 31 de diciembre de 2014

Un año sin Manuel de Unciti. Adiós a 2014, hola a 2015

(Lo que escribí al despedir 2013 y mi sincero Adiós a Manuel de Unciti)

Estoy deseando dejar atrás 2014, darle carpetazo a un año del que lo más amable que puedo decir es que ha sido anodino en lo profesional, vulgar en lo material y escasamente enriquecedor en lo personal. Anhelo con todas mis fuerzas que 2015 nos despierte (a mí y a España entera) del sopor de siete años de crisis económica, corrupción y rancio conservadurismo. Así que, cuando esta noche secunde mansamente el ritual de las uvas y el cava, el atracón de comida y el empacho de falso entusiasmo con el que la familia nos reconduce por unas horas al redil de la homogénea felicidad, trataré de convencerme de que los doce meses que se despliegan ante mí son una alfombra de oportunidad y no un tapiz que cubre una desconchada pared sin ventanas.

Manuel de Unciti Ayerdi (1931-2014).
La primera entrada de este blog en 2014 fue Tránsito de un hombre bueno, una elegía a la muerte de Manuel de Unciti, un periodista, escritor, cura y misionero que trabajó en el histórico diario Ya y capitaneó varias revistas religiosas desde la Transición hasta el siglo XXI. El azar y el calendario quisieron que el primer texto que publiqué en 2014 fuera un lamento por la muerte de este hombre bueno, fiel y comprometido, un adiós que no por esperado resultó menos doloroso.

Donostiarra militante, Manuel de Unciti nació en Donosti en 1931 y falleció en Madrid, el pasado 3 de enero. Fue el fundador, el corazón y el alma, los nervios y hasta los huesos, el tuétano mismo, de la residencia Azorín para estudiantes de periodismo. En el vetusto chalet de la calle de Rosa Jardón, y a lo largo de cuarenta años, se formaron alrededor de tres centenares de periodistas que hoy pueblan las redacciones y gabinetes de comunicación de todo el país.

Manuel de Unciti, Manolo, como lo llamaban sus cientos de hijos, consagró su vida a tres fines: las misiones, la información y la formación de periodistas cristianos. Fue, durante más de tres décadas, director de las revistas Pueblos del Tercer Mundo e Illuminare. Incansable lector de dos y hasta tres periódicos diarios hasta sus últimos días, fue articulista habitual en publicaciones como El CorreoRazón y Fe o Ecclesia. Publicó libros tan a contracorriente como Sangre en Argelia, África en el corazón, Amaron hasta el final o Teología en vaqueros, y practicó y animó de modo incansable el debate, la polémica y la discusión. Con rigor y meticulosidad, desde el respeto y la curiosidad que ni los años, ni el desánimo o el embate de la enfermedad, lograron derrotar. Descansa en paz, Manolo.

El penúltimo artículo de 2014 en estos cúmulos y limbos lo dediqué a la escritora estadounidense de origen noruego Siri Hustvedt, una equilibrista de la cordura, una mujer que sabe bien lo que es capear el temporal de las crisis de nervios y convertir su apuros psicológicos en material literario de primera mano. Su novela El verano sin hombres sigue pareciéndome uno de los mejores libros que he leído en los últimos años. Con permiso de Murakami.

En cuanto a 2015... Renuncio a hacerme propósito alguno. Como siempre, querría leer y viajar más, trabajar menos, conversar mejor, escribir, amar y disfrutar de una forma más plena. Nobles ambiciones que casi siempre quedan arrumbadas en la cuneta de los deseos frustrados. Como quiera que sea,


¡FELIZ AÑO NUEVO!

¡FELIZ 2015!

viernes, 19 de diciembre de 2014

La mejor Siri Hustvedt ilumina 'Un mundo deslumbrante'

(Más sobre Siri Hustvedt y sobre El verano sin hombres)

La escritora Siri Hustvedt, en el estudio
de su casa en Brooklyn, en 2012). 
Una mujer se decide a exhibir su obra pictórica en tres exposiciones, usando a hombres para que se hagan pasar por los autores. Es el punto de partida de El mundo deslumbrante, la última novela de la escritora de origen noruego afincada en Brooklyn Siri Hustvedt (1955), donde narra una supuesta investigación de un caso real que le sirve para explorar la forma en que la mujer es discriminada, incluso entre la elite artística.

El personaje central, Harriet Burden, es una judía adinerada, pertenece a la clase privilegiada, pero ni aun así se libra de sufrir afrentas por el simple hecho de ser mujer. Es un libro con muchas lecturas, y por supuesto la feminista es una de ellas, aunque tanto los personajes como la peripecia vital y social de Harriet son demasiado ricos como para colgarles una simple etiqueta.  

Portada de 'El mundo
deslumbrante' (Siri Hustvedt).
Según reveló Hustvedt en primavera, cuando presentaba la novela a la prensa, la idea original del libro procede de las máscaras del teatro griego, que “no son una forma de ocultarse, sino una revelación". Es lo que le sucede a su protagonista, Harriet: harta de ser ignorada por la comunidad artística neoyorquina, firma sus obras con nombres de hombres para luego revelar el engaño. Todo se vuelve en su contra, así que poco de cuento de hadas hay en el libro.

Sin duda, El mundo deslumbrante entretiene, y además proporciona argumentos para el debate, pues la autora vuelca en él su pasión por la cultura y la historia, y de paso se la contagia al lector. Hay en sus páginas una aguda crítica a lo que, según Hustvedt, es práctica común entre artistas: empequeñecerse a sí mismas y a sus trabajos, por culpa de un complejo con el que (casi) todas las mujeres nacen, o se hacen.

Siri Hustvedt y Paul Auster (2012, cita literaria).
El caso de Hustvedt es bien ilustrativo, ya que le ha costado mucho lograr el éxito precisamente por estar casada con el también escritor Paul Auster, mucho más famoso en todo el mundo. Dejar de ser vista como “la mujer de” le ha costado años, pese a que muchos opinan que su talento supera con creces el de su marido.

Siri Hustvedt, en la primavera de 2014.
La carrera de Hustvedt es peculiar. Desde niña padece cefaleas constantes y sufre fuertes ataques nerviosos, que ha convertido en fuente de inspiración. De ahí que sus protagonistas (mujeres en su mayoría) a menudo exhiban el mismo interés que ella por la neurología y la psiquiatría. Por ejemplo, en La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, la autora toma sus propios padecimientos psicosomáticos para repasar la historia de esas materias científicas.

Otras novelas de Hustvedt son Elegía para un americano, Todo cuanto amé, El hechizo de Lily Dahl y Los ojos vendados. Y, por supuesto, El verano sin hombres, la más conocida en España, que ya reseñé en este blog hace tiempo. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

La historia real del árbol de Navidad

(Más sobre la Navidad aquí y alguna otra historia de un objeto aquí)

Firma invitada: Luis Fermín Moreno

María Leszczynska, reina de Francia.
En 1725, Luis XV de Francia casó con María Leszczynska (1703-1768), hija del destronado rey polaco Estanislao, por decisión de su primo y regente, el duque de Borbón. Los franceses de aquel tiempo, incluido el propio Luis, consideraron esta “mortificante” mesalliance impropia del prestigio y la altura de la monarquía francesa. Pero el duque tenía prisa por garantizar la descendencia real y no había mucho mejor donde elegir.

La reina María era demasiado tímida, demasiado simple, demasiado devota, demasiado influenciable… y demasiado poco sofisticada para lo que se requería en la Francia barroca. No obstante, resultó ser una elección acertada: además de los 10 hijos que dio a su marido, dejó dos grandes regalos: la Lorena para Francia y el árbol de Navidad para el resto del mundo occidental.

El príncipe Alberto introdujo en Inglaterra
la moda del árbol de Navidad (imagen de la
revista 'The London Illustrated', 1848).
En efecto, fue ella la que, en 1738, ordenó plantar el primer abeto navideño en el patio de Versalles. Un siglo después, en 1840, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, recién matrimoniado con la reinaVictoria, introdujo a su vez la tradición en Gran Bretaña durante su primera Navidad inglesa. De París y Londres, prescriptoras decimonónicas de moda, pasó de forma natural al resto de Europa y, claro, a las Américas.  
   
En realidad, el primer árbol de Navidad históricamente registrado surgió en 1521 en el atrio de la iglesia de la ciudad alsaciana de Sélestat (por aquel entonces, Alemania) y no tardó en ser adoptado por los protestantes, que acababan de aparecer en escena, como símbolo navideño propio por oposición a los belenes católicos. Aunque el abeto navideño tiene tantas raíces cristianas como paganas.

Árbol de Navidad frente a Nôtre-Dame de París.
En la Europa central, desde la Edad Media en adelante, era costumbre evangelizar al pueblo analfabeto representando en los pórticos de las catedrales los misterios cristianos y algunas escenas bíblicas. Entre ellas, la historia de Adán y Eva. Un manzano hacía las veces de árbol prohibido. Además de manzanas, lo decoraban con obleas a modo de hostias, porque, siguiendo a San Pablo en la epístola a los Corintios, Jesús es el Adán de la nueva humanidad.

Abeto navideño en San Pedro (Vaticano, Roma).
Relacionar el árbol con el nacimiento de Jesús era, pues, el paso lógico. Pero, como los manzanos no tenían hábito de fructificar en pleno diciembre, hubo que echar mano de un abeto, cuyas agujas siempre verdes ya simbolizaban para los paganos la vida –y, por ende, la inmortalidad- en el corazón del invierno y de la noche.

Hoy, un sinfín de abetos ilumina las iglesias, las plazas y los hogares de medio mundo. El árbol ha traspasado las fronteras religiosas y apenas conserva en su cima la estrella, a semejanza de la que guió a los Magos, como significante divino. Quizá por eso se ha convertido en el símbolo de la alegría y la buena voluntad que los seres humanos compartimos estos días.


sábado, 6 de diciembre de 2014

Seeking for Rosebud

(Más sobre Navidad, bolas de nieve y recuerdos aquí)

Rosebud* es la palabra que el ficticio magnate de la prensa Charles Foster Kane pronuncia cuando está a punto de morir en la mítica película Ciudadano Kane, la obra maestra de Orson Welles (1915-1985) pese a ser la primera que rodó y considerada casi unánimemente como una de las cinco mejores películas de la Historia (con mayúsculas) del cine.

Fotograma de 'Ciudadano Kane' (Orson Welles).
No es seguro que el hombre real que inspiró a Welles su protagonista fuera William Randolph Hearts, pero en general se acepta que así fue. En todo caso, lo que a mí me fascina de esta película es la forma en la que el todopoderoso Kane se aferra a esas pocas letras que forman el sustantivo Rosebud. Hasta el final de la película no sabemos qué es o qué significa. Sólo calibramos su importancia cuando la pantalla del cine muestra un gran horno que devora los trastos que Kane ha acumulado durante su vida. Entonces vemos un trineo arrojado al fuego, la cámara se acerca y leemos su nombre: Rosebud.

Fotograma de 'Ciudadano Kane' (Orson Welles).
Pero no es un trineo cualquiera, es el trineo con el que el niño Kane jugaba en la nieve, justo antes de que el destino lo convirtiera en millonario. Al perder Rosebud perdió su infancia. Y es que son esas pequeñas cosas, esos detalles, esos nimios objetos, a veces un simple olor, un color, una pieza de madera o un simple cachivache de plástico, lo que atrapa nuestra memoria, congela en el tiempo nuestras emociones y las envuelve en un impermeable tejido de celofán para preservarlas intactas. 

Lirio silvestre morado.
Así conservadas, cuando nuestro yo adulto las necesita podemos recuperarlas y las encontramos igual de frescas, tan impactantes como el día en que las plegamos con todo cuidado para no arrugarlas. Todos tenemos ese limbo interior. El mío tiene un estrecho y fino tapón de madera, ajustado pero no hermético, porque a las cosas que nos dan la vida hay que dejarlas respirar.

*"Rosebud es el emblema de la seguridad, la esperanza y la inocencia de la infancia, que un hombre puede pasar su vida intentando recuperar. Es la luz verde al final del embarcadero de Gatsby; el leopardo en la cima del Kilimanjaro, buscando nadie sabe qué; el hueso lanzado al aire en 2001". La cita es de Roger Ebert (1942-2013), crítico cinematográfico.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Navidades blancas, Dickens y Hampton Court


(Más sobre la Navidad y sobre nieve y Hampton Court)

Bola de cristal y nieve navideña.
La imagen comúnmente aceptada en Occidente de que las Navidades son blancas no puede ser más falsa e imprecisa, ya que en uno de los Hemisferios es verano e, incluso en países donde es invierno, como España, Portugal, Italia, Grecia e incluso Francia, las calles, tejados y ciudades apenas se cubren de un manto consistente de nieve. Por no mencionar que en Belén, donde la tradición cristiana sitúa el nacimiento de la Navidad, la nieve es tan exótica como un koala en un fiordo noruego.

Primera edición de 'Un cuento de Navidad'
(Charles Dickens).
Donde sí nevaba, y con mucha frecuencia, era en la Inglaterra de la reina Victoria (1837-1901), tanto en Londres como en el resto del país. Algunos de aquellos inviernos fueron tan crudos que inspiraron al escritor Charles Dickens (1812-1870) su célebre Cuento de Navidad, convertido en el epítome de esa festividad y que fue el libro que contagió la idea de las Navidades blancas por todo el mundo. Ayudado, claro está, por la propaganda gratuita que le conferían los largos tentáculos del Imperio británico, en todo su apogeo.

La reina Victoria de Inglaterra y el príncipe Albert.
Nevaba copiosamente en el siglo XIX (y nieva en el XXI) en Alemania, país de donde era originario el marido de la reina Victoria, el no menos famoso príncipe Albert, a quien se tiene por el inspirador de la tradición de las Navidades blancas. Primero la impuso en sus dominios, es decir, en los palacios de Buckingham y Windsor, desde donde pronto se extendió a todo Londres, al resto de Inglaterra y al mundo occidental.

Palacio de Hampton Court (Inglaterra).

Yo no he pasado ninguna Navidad en Inglaterra, pero hace cuatro años, por estas fechas, disfruté de la nieve prematura en Londres y alrededores. Fue el martes, 30 de noviembre, y me salté las clases para visitar Hampton Court, el encantado palacio de Enrique VIII. Nevaba bastante, hacía un frío terrible y el viento arreciaba cuando me bajé del tren en Hampton (a unos 20 kilómetros de la estación de Waterloo), pero mereció la pena.

Decoración navideña victoriana.
Tantos años después, en ese palacio real, igual que hacen en los museos y tiendas de Londres, para delicia de turistas, cuidan con mimo la iconografía de la Navidad que solemos identificar con la que se forjó en la época victoriana. Los escaparates de los comercios brillan y los estantes palpitan, repletos de todos los objetos necesarios para esas celebraciones que cursan con árboles iluminados; tarjetas de regalo y felicitaciones; bolas y estrellas para colgar de las ramas; mesas engalanadas; apertura de regalos al pie del abeto o del pino; pistas de hielo como la del Victoria & Albert Museum; y comilonas familiares que suelen incluir cordero, asados diversos y marisco.