domingo, 26 de octubre de 2014

Viaje a Francia (y IV): Moulins, Bourges, París

(Etapa anterior del viaje a Francia: Rocamadour,Bourbon, Moulins)

El martes, 8 de julio, desayunamos en Les Vieux Murs (Souvigny), coincidimos con la pareja belga y los invitamos a hacer juntos la visita guiada a la iglesia de Souvigny (siglo X). No pudimos ver lo que más nos interesaba, la Capilla Vieja (siglo XIV), construida por el tercer duque de Borbón, Luis IIque fue enterrado allí junto a su esposa, su hijo y su nuera.

Duques de Borbón (Capilla Nueva, Souvigny).
Sí pudimos visitar la Capilla Nueva (siglo XV), edificada por el quinto duque de Borbón, Carlos I, donde reposan éste, su mujer y otros seis familiares. En la iglesia hay también un monumento a los santos Mayeul (siglo X) y Odilon (siglo XI), que se pensaba destruido en la Revolución Francesa y que fue descubierto en 2001.

Vidriera de los Borbones, en la catedral de Moulins.
La siguiente estación de nuestra agenda viajera fue Moulins, para ver la catedral y el Museo Anne de Beaujeuantiguo castillo de los Borbones, que se alza en una plaza presidida por un enorme árbol. La lluvia, fiel compañera de nuestro periplo francés, comenzaba a caer cuando salimos del museo, así que optamos por comprar vino, queso y frambuesas y recluirnos en Les Vieux Murs. A la mañana siguiente, miércoles 9, ya camino de Bourges (nuestra siguiente parada y fonda) nos detuvimos en la abadía de Noirlac, no muy interesante, pero con bonitos jardines de tilos.

Los cinco pórticos de la catedral gótica de Bourges. 
La llegada a Bourges fue, ¡cómo no!, bajo una lluvia espesa que algún exagerado tildaría de torrencial. Teníamos reserva en el Best Western L’Angleterre, muy céntrico y moderno, y la habitación daba al Teatro Municipal. Nada más dejar el coche en el párking, fuimos a la catedraliniciada a fines del siglo XII y un fiel ejemplo del arte gótico. Es un edificio impresionante, con una fachada que apabulla por su amplitud, proporciones y cinco pórticos que se corresponden a las cinco naves interiores.

Compramos el billete conjunto para la cripta y la torre, pero esa tarde sólo bajamos a  la cripta, en una visita guiada en francés para nosotros solos, que nos encantó: desde los restos de los frisos del Jubé de la catedral, a los apóstoles de piedra decapitados, a las esculturas del Descenso de la Cruz, el Leviatán y la Marmita del Infierno. Y, por supuesto, la estatua yacente del Duque de Berry (siglo XIV). Los restos del Duque (hermano de Carlos V y comanditario de esa joya que es Las Muy Ricas Horas del Duque de Berry), no están ahí, pues la tumba fue saqueada en la Revolución Francesa. Cenamos temprano en la Taberna del Mâitre Kanter: un plato de marisco con boulots (¿bígaros?, no sé bien cómo se traduce), mejillones y chucrut, a precio muy razonable.

Patio del Museo del Berry-Hotel Cujas (Bourges).
El jueves, 10 de julio, llovía desde primera hora sobre Bourges, así que nos decidimos por practicar el turismo de interior (es decir, bajo techo), empezando por el Museo del Berry-Hotel Cujas. ¡Muy bonito el edificio y lo que alberga, sobresaliente por las lápidas funerarias! Y, por supuesto, los pleurants (plañideros) del cenotafio original del Duque de Berry. Explicación: la verdadera escultura está en la cripta de la catedral (la vimos el día anterior), pero los dolientes originales se exhiben en este museo, y hay una réplica en el Palacio-Museo Jacques Coeur. 

Pese a que no dejaba de llover, decidí subir a la torre de la catedral, 396 escalones en soledad. Una vez en la cima, la lluvia y el viento hacían imposible disfrutar de las vistas. Pero valió la pena, pues cuando descendía por la escalera, unos grafitis en los muros me inspiraron un relato que aún no he terminado, pero que estará en mi próximo libro.

Reconstrucción del cenotafio del Duque de Berry
(Palacio-Museo Jacques Coeur, en Bourges).
Tras un breve paseo por la muralla galo-romana, comimos en una brasserie, deprisa porque a las 14:30 horas visitábamos el Palacio-Museo Jacques Coeur, quien fuera tesorero del rey Carlos VII. Es un placer recorrer las estancias, con curiosas chimeneas, en particular una con figuras que defienden un castillo desde las almenas. En otras hay monos comiendo, efigies de Jacques Coeur y flores de lis.

'Pleurants' del cenotafio del Duque de Berry
(Palacio-Museo Jacques Coeur, en Bourges).
Este palacio fue primero residencia privada de Coeur, después lo confiscó el rey y luego regresó a manos de la familia. Su último propietario fue Colbert, el ministro de Luis XIV, y tras la Revolución fue usado como ayuntamiento y juzgado. Es uno de los edificios más bellos de Bourges.

Coro musical de ángeles en el convento de los
Agustinos ('Noches Luminosas de Bourges').
Esa noche, la última de nuestra estancia en la capital del Duque de Berry, hicimos el recorrido llamado Las Noches Luminosas de Bourges (de mayo a septiembre), un paseo de lo más agradable durante el cual se camina por el casco antiguo de la ciudad, transformado por la música, la luz y las imágenes que se proyectan sobre fachadas de edificios emblemáticos. Había poca gente porque amenazaba lluvia, pero no hacía frío alguno y algunos de los trampantojos eran magníficos.  

A nuestro periplo francés le quedaban apenas tres días, así que el viernes, 11 de julio, fuimos en coche directos de Bourges a París, o para ser más exactos, al aeropuerto de Orly, donde teníamos que devolver el coche alquilado. Sin incidente alguno, cogimos un taxi al centro y nos registramos en el hotel Quartier Latin Pantheonque ya conocíamos.

Comimos en el café-bar Le Saint Séverin, con medio pichel de vino de Chinon (es costumbre obligada en cada estancia en París) y ensalada de chêvre chaud, y después visitamos la iglesia de Saint Séverin (frente al café), donde también es mi costumbre echar unas monedas en una de las capillas. Nunca dejan de sorprenderme el raro pilar en forma de palmera y la original atmósfera de la luz tamizada por las vidrieras góticas.

'El caballero de las flores' (Georges
Rochegrosse, Museo d'Orsay, París).
Estar en París y no ir de museos es imposible. Esa tarde de viernes fui al Museo d’Orsay, que recorrí en apenas dos horas, sin rigor, ya que de lo contrario me habría estresado. En esta ocasión me detuve en el simbolismo de la segunda planta. Me fascinó El caballero de las flores (1894), de Georges RochegrosseA la 17:30 empezó el cierre de salas y, en vez de remolonear, como suelo hacer, me apresuré a salir a la calle y pasear hasta Le Depart Saint Michel. A mitad de camino, el Pont des Arts y sus miles de candados del amor me dejaron anonadada. 

Vi atardecer en el barrio del Marais y para la cena, Chez MarianneEl servicio era un poco desastroso, desbordados por la clientela, pero la comida mereció la pena: falafel, hummus, berenjenas, tzatziki, aceitunas, queso y vino griego retsina.

Busto de Antínoo (Museo del Louvre).
El sábado, 12 de julio, me lo tomé con tranquilidad, y tras desayunar fui al Museo del Louvre, donde hice el recorrido habitual entre centenares de turistas. A la hora de comer, me reuní con mi compañero en Le Relais du Louvre. Fuimos a tomar café a una terraza al sol cerca de Les Halles, y dedicamos el resto de la tarde a deambular sin prisa, observando los barcos en el Sena y admirando las fachadas, hasta que cayó la noche sobre París. Al día siguiente, un avión nos devolvió a Madrid.

domingo, 19 de octubre de 2014

Secret corners of Sir John Soane's Museum in London

(*To my English readers: I apologize for every mistake. Please be aware I am a Spanish writer who translates what you have asked for)

(More English version) (Versión en castellano)

The Sir John Soane’s Museum is a wonderful place if you want to take a short journey to the past times. Located within walking distance of the busy quarter of Holborn, this private museum exhibits the art collections and personal effects of the neoclassical architect Sir John Soane (1753-1837) in a bourgeois building, at 13 Lincoln's Inn Fields (the largest public square in London).

Portrait of Sir John Soane (by Thomas
Lawrence, National Gallery of London).
The building remains as it was at the moment of the founder’s death. Todays museum was the house where Sir John lived with his wife, their personal rooms filled with a large amount of sculptures, paintings, etc. He established the house as museum in 1833 requiring that his romantic and poetic interiors would be kept as they were initially. A copy of the portrait of Sir John Soane (National Portrait Gallery), painted by Thomas Lawrence, welcomes the visitors at the very starting point of the exhibit.


Sir John Soane's Museum Gallery.
The museum’s rooms are small and full of artwork, so you must be prepared for a little waiting time if your visit coincides with a guided group or at rush hour. I strongly recommend you to buy the leaflet (around 6 pounds), which will lead you through the entire building and let you know both the history of the place and its inhabitants as the art collection.


The Dome of Sir John Soane's Museum.
Iis forbidden to take pictures or videos due to its character of private museum, only funded by the benefits of ticket sales and the contributions of small and medium patrons. You can of course buy some gifts, such as key-rings, postcards, pencils or same art reproductions, at the museum shop.

The Sir John Soane’ Museum shows a wide art collection from Egyptian and Roman antiquities to medieval works, furniture, paintings, drawings, prints and stained glass. It also houses minor works by William Hogarth as The Levee (1733) and a portrait of the wife of Sir John, by John Flaxman (1810).

Portrait of Mrs Soane.
Beside the proper collection, it is worth the simple experience of lazily stroll around the rooms of the museum and try to reenact the house as it was two hundred years ago, when the place was the home of a devoted couple who raised four children.

In the basement of the museum there is a sarcophagus of Seti I. Sir John Soane used to call that place "the burial chamber". One of the many secret corners of the museum. 

jueves, 9 de octubre de 2014

Murakami tampoco gana el Nobel de Literatura de 2014

(Más sobre Japón aquí y sobre Murakami aquí)

Hace al menos cuatro años que el escritor japonés Haruki Murakami (1949) es uno de los nombres fijos en las quinielas para ganar el premio Nobel de Literatura. Y, año tras año, el esquivo galardón sueco se lo dan a otro.

Haruki Murakami, escritor japonés habitual
'favorito' al Nobel de Literatura.
A mí me gusta Murakami. Mucho. Y me parece bien que no le den el Nobel… de momento. Es joven, tiene cosas que pulir y aún no ha escrito su obra maestra. El primer libro de Murakami que leí, hace dos años, fue 1Q84  (2009), y me lo autorregalé cuando preparaba mi viaje a Japón en el verano de 2013. Devoré los dos primeros volúmenes entre Madrid y los días de vacaciones en Japón, y el tercero en el otoño pasado, intrigada por cómo se las arreglaría Murakami para conciliar las dos realidades paralelas de la novela; por saber si, tras más de mil páginas de lectura, Aomame y Tengo se reunirían; por entender el significado del cielo de dos lunas; por comprender la simbología de la crisálida del aire.

De 1Q84 me gusta casi todo: me fascinan la historia, los protagonistas, el Tokio donde se ambientan, las descripciones, el mundo onírico de la novela, la forma en que se mezclan elementos fantásticos con crudas realidades como asesinatos o violaciones rituales. Sus personajes son muy particulares, seres destruidos, que viven sin rumbo, ambición o deseos terrenales. Portan, eso sí, hondas cicatrices emocionales.

Al poco tiempo de terminar 1Q84 me regalaron el libro de cuentos Después del terremoto (2000), seis relatos cortos de los que me gustaron especialmente Paisaje con plancha y Tailandia. Las seis historias tienen como nexo tangencial el terremoto que asoló Kobe en enero de 1995, pero son independientes, y sobre ellas extiende Murakami su capa de misterio, intriga e incursión en lo sobrenatural, con resultados y finales desconcertantes.

'Crónica del pájaro que da cuerda
al mundo (Haruki Murakami).
El tercer libro de Murakami que leí fue Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), también ambientado en el Tokio de 1984 (el año, no el mundo alternativo de 1Q84), y donde me reencontré con el universo made in Murakami. El argumento es simple: el anodino Tooru Okada ve cómo su mundo enloquece a partir de dos pérdidas que lo dejan abatido: primero desaparece su gato y luego su mujer. A partir de ahí, los días y noches de Tooru se llenan de fascinantes mujeres que entran y salen de su vida, amenazas latentes, sucesos inexplicables, personas con historias cruentas de los años de la guerra entre Rusia y Japón (son terribles los recuerdos del teniente Mamiya en Manchuria), herencias repentinas, ríos, pozos, casas misteriosas y pájaros de piedra. 

'Tokio Blues' (Haruki Murakami).
Leyendo Crónica… entendí dos cosas: que tienen razón quienes critican a Murakami porque “escribe siempre el mismo libro”, y que lo que para sus detractores es un defecto, para sus defensores (entre los que me cuento) es una bendición. Hace unos días empecé a leer Tokio Blues (1987), regalo de cumpleaños de la misma buena amiga que me obsequió Después del terremoto. Con Tokio Blues voy, decididamente, hacia atrás en la carrera literaria de Murakami, ya que el libro se publicó en Japón cuando el autor tenía 37 años. Es decir, veintidós años antes de escribir 1Q84 y ocho años antes que Crónica... Y, sin embargo, también en Tokio Blues hay personajes atormentados con tendencias suicidas, protagonistas heridos sin remedio, amistades indestructibles, béisbol, pozos y corrientes de agua.

Como llevo leídas apenas cuarenta páginas, aún no sé el rumbo que puede tomar la historia de Toru Watanabe y la evocación de sus relaciones con Naoko y Midori, las mujeres que marcaron su juventud. Tampoco es que me importe, porque sé que, igual que el mundo onírico, el bate y el pozo son marcas de la casa, los finales de Murakami nunca me han decepcionado.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Berlín se queda cinco años sin el Altar de Pérgamo


Durante los próximos cinco años, los turistas que vayan a Berlín no podrán contemplar una de las máximas atracciones de la capital alemana: el Altar del Museo de Pérgamo, considerado una de las ocho Maravillas de la Antigüedad. Yo tuve la suerte de admirarlo y de poder subir y bajar por sus escaleras hace apenas una semana, cuando el cierre de la sala era ya inminente y había colas diarias para verlo.

Altar griego de Pérgamo (Museo de Pérgamo, Berlín).
Entre la variada oferta de los museos de Berlín, el de Pérgamo es el más visitado y el de mayor fama internacional. Se llama así precisamente por la obra maestra que alberga: el Altar griego de Pérgamo (ciudad de la actual Turquía), realizado entre los años 180 y 159 a. C. en honor a la diosa Atenea, y donde se narra el episodio mitológico de la lucha entre los dioses y los gigantes.

Friso de Atenea (Altar de Pérgamo, Berlín).
Se trata de una magnífica obra arquitectónica y escultórica, que apabulla con sus más de cien estatuas, todas contando su propia historia, todas finamente labradas, todas piezas maestras que aún hoy dan una lección de cómo esculpir músculos y retorcer torsos en mármol, cómo estirar un brazo o flexionar una pantorrilla. Al igual que hicieron los arqueólogos franceses e ingleses en Egipto o Grecia, los alemanes, que descubrieron a finales del siglo XIX este imponente altar griego, en seguida atisbaron que las ruinas bien valían los 20.000 marcos que el Imperio Otomano pidió por ellas. El altar fue trasladado, pieza por pieza, hasta Berlín, donde se exhibió por primera vez en el año 1930.

Gigante de un friso del Altar
de Pérgamo (Berlín).
En los frisos del altar destacan dos dioses poderosos: Zeus y Atenea, que se giran para mirarse mutuamente en un estilo parecido al del frontón occidental del Partenón de la Acrópolis de Atenas. Son relieves realistas y dramáticos, de una evidente sensualidad, en los que el observador puede leer, como en un libro abierto, la edad y hasta la personalidad de las figuras de piedra, incluso adivinar su estado emocional. A mí, que soy incapaz de labrar nada con las manos, me fascina cómo los escultores del altar dominaban, hace más de veintiún siglos, las leyes de la anatomía y cómo consiguieron delimitar cada músculo, produciendo efectos que hoy nos siguen dejando (a niños y mayores) con la boca abierta.