sábado, 27 de septiembre de 2014

'The last runaway': costuras de esclavitud según Chevalier

(Más sobre Tracy Chevalier y sobre mujeres extraordinarias aquí)

Cuatro años después de abrir este blog, mis seguidores siguen siendo españoles en su mayoría y las visitas de rebote (esto es, quienes llegan a esta mi casa buscando en Google una foto o una palabra clave) proceden en segundo lugar de Estados Unidos y en tercero de... ¡Alemania! Sí, para mi sorpresa, gentes que no conozco y de quienes sólo sé que provienen de la tierra de Angela Merkel son los terceros clientes de mi blog. Lo de clientes es un eufemismo, dado que no cobro por mis servicios, aunque quiero pensar que son apreciados, siquiera sea por su ventajosa relación precio-calidad.

Última novela de Tracy Chevalier.
¿Y qué buscan los lectores españoles, estadounidenses y alemanes cuando pinchan mi URL o merodean por estos anárquicos cúmulos y limbos? Si las estadísticas no engañan, entran en pos de historias de mujeres, sobre todo de escritoras como Jane Austen o las Brontë, Carmen LaforetCarmen Martín Gaite o Siri Hustvedt, además de artículos sobre arte, historia y museos. También reportajes de viajes, con especial gusto por el cercano Portugal y el lejano Japón. Hoy quiero hablar de una escritora por la que siento predilección, Tracy Chevalier (1962), y del universo de anónimas mujeres extraordinarias que puebla cada uno de sus libros.

La última heroína de Chevalier, Honor Bright, es la protagonista de The last runaway (El último refugio es su título en castellano), una novela que acabo de leer en edición de bolsillo en inglés, y que fue un regalo de cumpleaños. Uno de los rasgos distintivos de Chevalier es su inmersión en el cuadrilátero donde se disputa la historia de cada una de sus novelas.

Diseño de quilt de la época de la esclavitud.
En esta última, incluso aprendió a hacer quilts (edredón hecho de retazos o colcha de parches) para escribir con propiedad sobre la principal habilidad y fuente de confort de la protagonista, Honor Bright, que cruza el océano Atlántico en 1850, desde el milenario Bristol hacia la nueva tierra de promisión que era entonces los Estados Unidos de América. Al llegar a Ohio, Honor no sólo lleva el estómago vuelto del revés tras semanas vomitando a bordo, sino que ha de lidiar con su hermana enferma, con la súbita muerte de ésta, con la soledad en tierra de nadie. El poco alivio que recibe lo encuentra en su fe de cuáquera y en sus labores de costura.

Tracy Chevalier con un quilt hecho por ella.
The last runaway no es sólo el título de la novela de Chevalier, sino que es una suerte de mojón que señala los hitos en la historia: el encuentro de la cuáquera inglesa Honor con la sombrerera americana Belle Mills, que ayuda a escapar a esclavos fugitivos; la fascinación de Honor por Donovan, un cazador de negros huidos; el entorno de los cuáqueros con sus costumbres familiares y a la vez extrañas; la boda de la protagonista con un granjero... Y, por encima de todo, el leit motiv de la novela: la encrucijada de vivir según los principios morales, cuando éstos son puestos en solfa por la injusticia de la esclavitud.

Quienes hayan leído otras obras de Tracy Chevalier, como Ángeles fugaces o Las huellas de la vida (Remarkable creatures), sin duda imaginarán quién es en realidad The last runaway. Invito a todos a descubrirlo. La lectura de este libro no sólo entretiene sino que, como el Libro Gordo de Petete, enseña.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Viaje Francia(III) Rocamadour, Auvernia, Bourbon, Moulins


Caía una fina lluvia cuando despertamos en Ussac. Ese sábado, 5 de julio, tocaba visitar Rocamadour (“nido de águilas” lo llaman en las guías), donde por suerte no llovía. Dejamos el coche en el párking gratuito del castillo, en la parte alta del pueblo, y bajamos a los santuarios en ascensor (4,20 euros), en vez de por la senda de los peregrinos, que es por donde durante siglos han subido y bajado quienes hacen el Camino de Santiago.

Rocamadour (Francia).
Las iglesias de Rocamadour se empezaron a construir en 1152, y la fama del lugar estalló en 1166, cuando se descubrió el cuerpo momificado de uno de los primeros ermitaños, Saint Amadour, lo que prendió la llama del fervor. Aún impresionan la explanada de las iglesias, las fachadas y muros irregulares de los santuarios, excavados en la roca, la basílica de San Salvador y la cripta de San Amadour, la escalera de peregrinos, la Virgen Negra o la talla de Santa Ana. Después cogimos otro ascensor (3 euros) para bajar al pueblo medieval, en realidad una sola calle, estrecha, flanqueada de casas de piedra convertidas en tiendas, restaurantes y cafés.

Panorámica de Rocamadour
desde las murallas del castillo.
Para ser comienzos de julio había muchos turistas, así que no quiero ni pensar el hormiguero que será Rocamadour en pleno agosto. Decidimos comer temprano, en una terraza con impresionantes vistas al barranco, el menú de la casa llamado, ¡cómo no!, “del peregrino”. Sopa de melón y merluza en salsa con pastel de chocolate. En Rocamadour me autoagasajé con un bolso de La Licorne y compré para regalar un tarjetero y detalles para la familia, todo a buen precio pues los comercios estaban de rebajas, quizá porque la pertinaz lluvia y las inusuales bajas temperaturas les aguaban el negocio. A continuación, subimos hasta el castillo (en ascensor) y recorrimos las vertiginosas murallas (2 euros), donde se comprueba por qué Rocamadour es un “nido de águilas”.

Relieves esculpidos, interior de
la abadía de Souillac (Francia).
Media hora de coche después, paramos en la abadía románico-bizantina de Souillac, del siglo XII, con un deslumbrante portal esculpido y un interior majestuoso en el que no hay que perderse, a los lados de la puerta, dos relieves de personajes, en particular, el del profeta Isaías. Después de tomar un café en una plaza peatonal, cogimos de nuevo el coche para ir a Martel, también una ciudad medieval. Estaban en fiestas, de hecho, en la plaza tocaba una orquesta mexicana y había un mercadillo popular. Dimos una vuelta por el centro, visitamos la iglesia y nos sorprendió su portal románico con un singular campanario-porche del siglo XIV. Al atardecer, y en una callejuela a espaldas de la plaza, tomamos una cerveza y una tabla de quesos, que fue nuestra cena.

Basílica de Orcival (Francia).
El domingo, 6 de julio, nos tocaba cambiar de hotel y de región, ya que las próximas dos noches las pasaríamos en la zona de la Auvernia, famosa por el verde único de sus campos y por el paisaje repleto de volcanesLa primera parada del día fue en el pueblo de Orcival y su basílica románica del siglo XIII. Es un edificio impresionante, de grandes puertas de madera que aún conservan sus primitivos herrajes, donde hay que enfocar la vista hacia arriba para no perder detalle de los capiteles carolingios y románicos, ni dejar de admirar la galería de columnas. Aunque me decepcionó la cripta, la iglesia es bonita.

Verdes pastos y vacas en la zona de Auvernia (Francia).
De nuevo en carretera, y antes de llegar al lago Guéry, nos detuvimos unos minutos en un mirador acondicionado para ver dos volcanes. El color verde de los campos, la espesa vegetación y las vacas pastando son vistas características de la Auvernia, salpicada de lagos, como el de Guéry, a cuya orilla hay un albergue-restaurante. Era domingo y los comensales iban muy arreglados, quizá porque el restaurante es algo “puesto”, de aspecto burgués aunque en realidad la decoración recordaba a un cruce de pabellón de caza y estación balnearia familiar. Comimos bien, un menú con ensalada de queso Cantal y pauvé de salmón, acompañado de vino blanco y bizcocho de arándanos. Nuestra camarera debía ser primeriza y cometió varios errores, hasta el punto de que la dueña vino a disculparse. Su principal torpeza fue cargar en la cuenta sólo un menú. No la sacamos de su error y nos pusimos de nuevo en la carretera, sin remordimiento de conciencia.

Dolmen de Saint Nectaire (Francia).
La lluvia, que nos había recibido en París el domingo 29 de junio, se movía con nosotros conforme nos desplazábamos por Francia, así que no nos sorprendió que, al detenernos en Saint Nectaire esa tarde del 6 de julio, ya estuvieran allí las nubes cuajadas de agua. La iglesia románica es magnífica, en particular sus capiteles polícromos. Sin dejar Saint Nectaire, fuimos en coche hasta un dolmen que se alza solitario en mitad del campo. Sólo había una señora paseando a un perro y una pareja que había ido andando y se alejaba del mismo modo. El dolmen es pequeño, pero yo siento predilección por las piedras milenarias, que me encanta tocar, recorrer con las yemas de los dedos, comprobar su calor, la aridez o suavidad de su tacto. Y, si se puede, cobijarme en ellas,

Mansiones del siglo XV (Souvigny, Francia).
Estalló una fuerte tormenta, con rayos incluidos, nada más meternos en el coche, y ya no pararía hasta que llegamos a Souvigny, donde nos esperaba el hotel Les Vieux Murs. Es una mansión en mitad de un parque privado, estilo château, que regenta una pareja y en la que sólo hay cuatro habitaciones. Nos asignaron el cuarto rosa, muy espacioso, con un enorme baño, dos balcones y dos ventanas sobre el parque. La decoración, en tonos rosados y asalmonados, está muy cuidada, y las alfombras, blancas, impolutas. Era casi de noche cuando decidimos acercarnos a la ciudad de Moulins. Pero, antes, los dueños del hotel nos habían preparado un café y un bizcocho casero, que nos sirvieron en el hall. Cuando estábamos a punto de salir llegaron los otros huéspedes, una pareja belga de regreso a su país.

La lluvia seguía cayendo cuando aparcamos en la desierta Moulins, así que el recorrido nocturno previsto se quedó en dos calles antes de refugiarnos en la brasserie Les Ducs, la única de la ciudad con cocina non stop.

Castillo de Bourbon
 l'Archambault (Francia).
A la mañana siguiente, lunes, 7 de julio, fuimos a la ciudad de Bourbon l’Archambault, de cuyo castillo subsisten tres torres cuyo interior se visita: sala de guardia, dormitorio, baño, escudos, cocina, muebles y tejidos originales. Es un recorrido muy didáctico e interesante. Aprovechando que había dejado de llover, nos acercamos al vecino pueblo de Saint Menoux, sin interés salvo por la iglesia, donde se conserva la tumba de Saint Menoux y su célebre obertura, donde metían a los retrasados para curarlos.Con algo de hambre, recorrimos los escasos kilómetros hasta Moulins, pero los horarios estrictos de comidas en una ciudad provinciana hicieron que todo estuviera cerrado, así que nos tuvimos que contentar con unos bocadillos.


Columna del Zodíaco (en
el Museo de Souvigny).
Para esa tarde habíamos programado el Museo de Souvigny, donde destacan la sala lapidaria y, por supuesto, la Columna del Zodíaco. Después visitamos la contigua iglesia cluniacense de San Pedro y san Pablo, que es una maravilla, aunque lo que más nos interesaba ver (la Capilla Vieja y sus tumbas de los duques de Borbón) estaba cerrado por obras. Un tanto decepcionados, tomamos un café en una terraza frente a la iglesia, antes de ir al hotel a cambiarnos y coger el coche para probar suerte, esta vez con la cena, de nuevo en Moulins. Los dueños del hotel nos aconsejaron ir a Le Grand Café, toda una institución en Moulins, y eso hicimos. Allí nos encontramos con la pareja belga, los otros únicos huéspedes de nuestro château Les Vieux Murs.

(Continuará)

viernes, 5 de septiembre de 2014

Ocho Damas en el Museo Arqueológico Nacional


Hay muchos museos en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid. Y no sólo por la magnitud de las obras expuestas, sino por la amplitud de recorridos temáticos y cronológicos, a través de los cuales nos podemos adentrar en la parte de Historia de la Civilización que corresponde a España.

Ídolo femenino griego (siglos XIV-XIII a.C.)´
(Museo Arqueológico Nacional, Madrid
).
En mi última visita me centré en la historia de unas pocas mujeres, en las certezas y misterios que rodean a ocho de las Damas que se exhiben en el Arqueológico. La primera, rudimentaria y como si estuviera a medio hacer, es este ídolo femenino de Grecia continental, con una antigüedad datada entre los siglos XIV-XIII a.C. Es una estatuilla votiva de terracota, muy probablemente micénica, realizada en la misma época en que otros sitios griegos, como Delfos (en el Peloponeso) o Delos (en las Cícladas) ya eran importantes santuarios religiosos.

Dama egipcia de los siglos XIII-XII a.C.
Más joven pero igual de enigmática es esta Dama egipcia (siglos XIII-XII a.C.). De granito rosa, fue esculpida entre los años 1292 y 1191 a.C., es decir, en el momento histórico en que reinaban Ramsés I o Seti I, cuando la monarquía egipcia aún era poderosa e influyente en el mundo entonces conocido. No se sabe quién era o qué cargo tenía la Dama, pero la precisión de sus atributos apunta a que detentaba una alta posición social.

Máscara egipcia de mujer (siglos XII-
X a.C.), Arqueológico Nacional.
Muy distinto es el caso de la mujer anónima cuyos rasgos faciales están impresos en esta Máscara egipcia de rasgos idealizados (siglos XII-X a.C.). De madera, pertenece al Tercer Período Intermedio, sobre los años 1100 y 900 a.C. Es un ejemplo del rito funerario que practicaban los egipcios cuando no podían comprar un sarcófago: cubrían al difunto con una máscara de madera y tapaban el resto del cuerpo con materiales perecederos, como el adobe o elementos vegetales. Las máscaras se hacían con capas de lino y estuco, recubiertas luego con pan de oro, y en ellas se dibujaban los rasgos convencionales de los difuntos.

Momia egipcia de mujer (siglos VIII-VII a.C.)
en el Museo Arqueológico Nacional.
También egipcia, esta Momia de los siglos VIII-VII a.C. mantiene vivo el recuerdo del ser humano que fue: una mujer de complexión débil, que cuando murió no debía tener más de  veinticinco años. Y, sin embargo, hoy es tan antigua como el célebre Homero que, allá en la isla griega de Ítaca, hizo suya la tradición oral de Ulises. La Dama tiene el cuerpo vendado y no se exterioriza ninguna parte de su anatomía, ni existen pistas de su nombre o linaje. Sobre el pecho, un collar y un cartonaje con la imagen de una diosa alada de brazos extendidos.

Vasija 'Amazonas contra griegos'
 (siglo V a.C.) en el Arqueológico.
También soberbias y altivas huéspedes del Museo Arqueológico Nacional de Madrid son estas Amazonas contra griegos (siglo V a.C.),  unas mujeres guerreras que, al rechazar el dominio masculino, constituyen todavía hoy un símbolo de rabiosa independencia. Los griegos, machistas como pocos pueblos, abominaban de las amazonas, a las que tenían (y temían) por mujeres salvajes y bárbaras, y así es como las inmortalizó un desconocido pintor de la zona Ática en esta vasija (crátera) cocida al fuego y modelada a mano en el año 430 a.C. 


Dama de Elche (siglos V-IV a.C), en el
Museo Arqueológio Nacional.
Entre los siglos V y IV a.C. se esculpió la Dama de Elche, la cara más visible del Arqueológico Nacional. Es una escultura ibera en piedra, que en la parte trasera tiene una cavidad redondeada, donde se introdujeron reliquias, o quizá cenizas u ofrendas a los muertos. Muy conocida por sus rodetes, la Dama apenas conserva rasgos de color, pero en su origen estaba pintada en tonos vivos, lo que debía realzar aún más la suntuosidad de los ropajes y joyas que viste.

Dama de Baza (siglo IV a.C.), en el
Museo Arqueológico, en Madrid.
Señora también, pero de Jaén y del siglo IV a.C, la Dama de Baza fue descubierta en 1971 en la sepultura 155 de Baza, en una fosa de 1,80 metros y apoyada en la pared norte del túmulo. Es una escultura sedente que representa a una mujer ibera con ricos vestidos. En un orificio lateral excavado en el trono se introdujeron los huesos quemados de la difunta, y en el suelo alrededor de ella había lujosas cerámicas y objetos metálicos. La Dama de Baza certifica la relevancia de la mujer en las sociedades ibéricas como transmisoras de linajes aristocráticos.

Estatua de Livia Drusilla (siglo I d.C.)
en el Museo Arqueológico Nacional
.


Romana y esposa del emperador Augusto, Livia Drusilla (estatua del siglo I d.C.) está bella y delicadamente esculpida en mármol, con un rostro sereno pero altivo. En la vida real, Livia fue una mujer eminente, poderosa tanto en política como en asuntos religiosos. Gozó de una gran popularidad y promovió la deificación de su esposo Augusto, a quien dedicó un templo. Ella misma fue sacerdotisa del culto a Augusto, y así aparece representada en la estatua del Museo Arqueológico Nacional.