sábado, 30 de agosto de 2014

Viaje a Francia (II): Burdeos, Bergerac, Lascaux, Ussac

(Primera etapa por Francia: Poitiers, St. Savin, La Rochelle y Saintes aquí)

El miércoles, 2 de julio, fue un día consagrado a Burdeos. Primera parada, el Museo de Bellas Artesgratuito, separado en dos alas (una alberga obras de los siglos XV-XVIII y otra del XIX y XX) que se comunican a través de un jardín, entre esculturas.
'Fedra e Hipólito' (izquierda, abajo), en la sala de
pintura época napoleónica (Museo Burdeos). 
Aquí descubrí a la pintora renacentista Lavinia Fontana y obras de la era napoleónica, inspiradas en la mitología griega, como Fedra e Hipólito, de Pierre-Narcisse Guerin o Leandro y Hero, de Jean-Joseph Taillasson. Desde el museo, y tras un paseo por las calles comerciales Porte Dijeaux y St. Remy, fuimos a comer a una terraza en la plaza del Parlamento. Ensalada de ahumados, tartaleta de salmón, el plato provenzal (tomates secos, queso de cabra y berenjenas) con pan de nueces y sidra. ¡Por menos de 40 euros!

Estatua de Jaume Plensa (Burdeos, Francia)
El café lo tomamos en el cercano Café de la Ópera, en el Gran Teatro de Burdeos, en la terraza, viendo el tranvía y la vida pasar. Justo al lado, una monumental escultura del artista catalán Jaume Plensa. Seguimos la ruta turística por Burdeos a pie. En unas tres horas recorrimos la iglesia de San Pedro, la puerta Cailhau, el Gran Campanario, la aguja de Saint Michel (cerrado por obras), para llegar (en tranvía) a la plaza Quinconces, donde planeábamos tomar un refresco, pero cogimos otro tranvía hasta la catedral. Para cuando terminamos la visita del Burdeos monumental eran las 19.30 horas y estábamos, literalmente, molidos. El Café Francés nos acogió bajo sus sombrillas protectoras. En las siguientes dos horas leímos, planeamos la visita del jueves y, sobre todo, observamos caer la tarde.

Iglesia Monolítica
(St. Emilion, Francia).
El jueves, 3 de julio, tuvo un comienzo aciago: nada más salir del hotel nos dimos cuenta de que llevábamos una rueda pinchada. Por suerte, todo se resolvió de forma rápida: un mecánico arregló el neumático y salimos hacia Saint Emilion. Es un pueblo pequeño y demasiado turístico para mi gusto.

Desde la parte alta hay buenas vistas sobre los viñedos, pero ese día hacía calor y la iglesia Monolítica, excavada en la piedra, bajo tierra, estaba cerrada por obras, igual que el campanario. Me pareció que las docenas de restaurantes eran caros para lo que ofrecían. Más por no seguir buscando que por convencimiento, escogimos L’Huitrier, en un patio bajo los árboles. Bien en carnes, mal en pescados, cara la comida y más caro el vino.

Estatua de Cyrano de Bergerac (Bergerac, Francia).
La siguiente parada en el camino fue la ciudad de Bergerac (a 73 kilómetros de Saint Emilion). El centro es pintoresco, con muchos edificios de pan de bois, dos iglesias y una plaza que preside (¡cómo no!) una estatua de Cyrano de Bergerac. Numerosas tiendas vendían foie y vino. Cuando regresábamos hacia el párking, hallamos una terraza y tomamos una coca-cola. Aproveché el relax de la tarde para leer varios capítulos de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, mi reciente adicción.

Regresar de Bergerac a Burdeos nos costó 88 kilómetros y 6,80 euros de la autopista de peaje. Esa noche la temperatura era primaveral y amenazaba lluvia, pese a lo cual cenamos en la terraza de L’Agneau á la Braise, a dos pasos de la plaza de Santa Catalina. El centro de Burdeos era un hormiguero de gente, restaurantes y bares abarrotados, calles repletas de jóvenes, un derroche de vitalidad propio del día (jueves), un optimismo contagioso que denota que Burdeos es una ciudad universitaria, la perla de Aquitania por su riqueza vinícola y su proximidad al mar.

Pinturas rupestres originales de Lascaux.
Viernes, 4 de julio. De nuevo nos ponemos en ruta, chispea cuando tomamos la autopista hacia Montignac, donde está el sitio arqueológico de Lascaux II, es decir, la reproducción de una parte de la cueva de Lascaux original, considerada la Capilla Sixtina del arte rupestre. La visita es guiada y con hora fija, la entrada (14 euros) se compra en Montignac y luego hay que recorrer varios kilómetros en coche hasta el centro de visitantes, en mitad de un bosque, donde hay una tienda y un par de cubiertas bajo las cuales esperar turno. Es un paraje bonito, solitario, minimalista.

La gruta de Lascaux auténtica está cerrada al público desde 1963, para preservar las pinturas, que tienen entre 17.000 y 15.000 años de antigüedad. En apenas una veintena de años que estuvo abierta la cueva, la alarma cundió ya que la simple respiración de la gente empañaba los colores. Así que, a cien metros de la original, construyeron una réplica idéntica en tamaño, materiales, temperatura e iluminación, que es donde se contemplan hoy los increíbles trazos rojizos, amarillos y ocres de los toros, caballos y ciervos prehistóricos, a la misma distancia sobre sus cabezas que en el sitio original.


Centro de visitantes Lascaux II (Dordoña, Francia).
Entrar en la falsa gruta es, con todo, una experiencia imborrable. Hace frío y es estrecha, resbaladiza, pero basta una mirada a las paredes y, sobre todo, al techo, para cortar el aliento. ¿Qué clase de hombres o mujeres pintaron, y con qué propósito, esos increíbles animales? ¿En qué se subían para llegar al techo, cómo se protegían del frío intenso? ¿Perdieron la visión después de meses, quizá años, decorando las paredes, sumidos en la semioscuridad? ¿Cómo perfeccionaron la perspectiva de las figuras, gracias a la cual esos toros y caballos nos observan, asombrosamente vigorosos, desde lo alto? No se pueden hacer fotos ni vídeos.  

Cueva original de Lascaux, la Capilla Sixtina
del arte rupestre (Dordoña, Francia).
Tras visitar Lascaux nos acercamos a Le Thot, sólo aconsejable si se dispone de mucho tiempo, o se viaja con niños. Es una especie de mezcla entre parque temático y zoológico. Aprovechando el tirón rupestre, han montado una reserva de animales y también exhiben varios facsímiles de pinturas que no se ven en Lascaux II. Destacan dos por su singularidad: la figura humana del Pozo (el único hombre pintado en la gruta original) y la única escena de caza (o violenta) de la cueva.

Caía la tarde cuando llegamos a Ussac, donde teníamos reservadas dos noches en el Auberge Saint Jean, uno de esos alojamientos que tanto abundan en Francia, fácilmente accesibles desde autovía, que se escoge como punto para explorar los alrededores. Muy cerca de Ussac está la ciudad de Brive-la-Gaillarde, y allí fuimos a cenar. Francia acababa de perder en el Mundial de Fútbol y las calles se vaciaban de decepcionados forofos futboleros. Cenamos en el café-restaurante Amédélys, en la terraza en la calle: unos deliciosos mejillones y rissotto de gambas. Comenzó a llover antes de terminar de cenar, algo que debe ser habitual, pues los camareros tardaron menos de tres minutos en reubicarnos a todos bajo el toldo.

(Continuará)

miércoles, 20 de agosto de 2014

¡Feliz cumpleaños, niña con vestido de lunares!


Hoy es el día de mi cumpleaños. Este 20 de agosto, veraniego, caluroso, siestero y fiestero, añado un año a la cuenta del haber, sumo otros doce meses como quien apila placenteros libros leídos o dobla con cuidado, en cuatro mitades iguales, recortes de periódicos viejos.

La autora, en su niñez, en una foto de familia.
Como cada año, me sorprende lo rápido que pasa el tiempo, me pregunto cómo es que, apenas doblada la esquina blanca de la Navidad, la primavera se precipitó alborotada y risueña, yendo a parar, sin anunciarse apenas ni darse importancia, en un verano blanco y amarillo; los colores que tenían los estíos de mi infancia.

De mis últimos cumpleaños como adulta recuerdo especialmente el de 2007, en la isla griega de Míkonos, la cena en el restaurante Caprice Sea Satin Market, a la orilla del mar y bajo las aspas protectoras de los blancos molinos. Y, cómo no, el de 2008, en París, que celebré en L’Epoque, en una semiesquina de la Place de la Contrescarpe, en el Barrio Latino. Allí tomé mi último foie de oca, mi postrer pecado carnal. Es un cumpleaños imborrable, porque esa mañana se había estrellado en el aeropuerto de Barajas un avión de Spanair en el que murieron 154 personas.

Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar.
El vértigo del futuro es quizá lo peor de acumular años. Eso, y lo lejos que se van quedando los cumpleaños de veranos eternos, de remolonas tardes de pereza y calor, de niños al anochecer sentados al fresco de las aceras, de juegos en corrillos fingiendo ser un pirata cojo o una Caperucita acechada por un lobo… ¡y hasta un dragón! Rara vez me permito caer por el tobogán de la melancolía, pero en días como éste quisiera saber a dónde se fugaron los castillos en el aire que creamos entonces, dónde habitan los recuerdos de antaño. ¿Seguirán siendo ligeros como las burbujas de La Casera, o pesados como piedras en el zurrón?

Nos quedan las fotos.

Mi cumpleaños de este 20 de agosto va dedicado a esa niña que sonríe con timidez en la foto de arriba a la izquierda, con su abuela María, su hermano Pedro y sus padres, Miguel y Nieves, un día de verano, en una estación balnearia llamada niñez. La adulta que soy hoy le está agradecida. Porque esa niña, tan contenta con su vestido naranja de lunares blancos y sus sandalias de Comunión, ya conocía la aritmética de la felicidad: una cucharadita de optimismo para combatir la desesperanza, una pizca de valentía para perseguir los sueños propios, y doble ración de respeto para convivir con las pesadillas de los otros.


domingo, 17 de agosto de 2014

Lavinia Fontana y Constance Mayer, pintoras olvidadas

(Más sobre mujeres en la pintura aquí)

El próximo 24 de agosto se cumplen 462 años del nacimiento de la pintora renacentista italiana Lavinia Fontana (1552-1614), hija del también artista Próspero Fontana (1512-1597), un retratista que trabajó para el papa Julio III gracias a la recomendación del mismísimo Miguel Ángel. El gran público conoce hoy poco o nada de esta pintora, incluso los entendidos en arte apenas la citan entre los nombres destacados del Renacimiento, ni entre los del primer Barroco, donde por lo general la encuadran. Y, sin embargo, Lavinia Fontana es una de las primeras pintoras de la época moderna, junto a Sofonisba Anguissola (1532-1625) y Artemisia Gentileschi (1593-1652, célebre por su Judith y Holofernes). 
'Retrato de un hombre sentado hojeando un
libro' (Lavinia Fontana, Museo de Burdeos).
Lavinia Fontana se formó en el taller de su padre y llegó a ser admitida en la Academia de Roma, lo que da idea del alto reconocimiento que logró en vida. La Historia la ha ido sepultando bajo capas de sucesivas novedades, algo que propició el hecho de ser mujer y, por tanto, según los estándares que rigen el mundo desde las primeras cavernas, un ser menor.

Aunque me avergüenza, debo reconocer que descubrí a esta pintora el pasado julio, en el Museo de Bellas Artes de Burdeos, donde se exhibe Retrato de un hombre sentado hojeando un libro. Este cuadro llegó al museo como parte del legado del marqués de Lacaze: 280 pinturas italianas, flamencas,  alemanas y holandesas. No es seguro que el retratado sea el senador Orsini, como la tradición predica, pero sin duda es un humanista acomodado. En la mesa tiene un libro, una pluma, un tintero. A la derecha, en un segundo plano, una sucesión de puertas en las que podemos elucubrar que guarda ricas posesiones.

Autorretrato de Lavinia Fontana.
Lavinia Fontana destaca sobre todo en los retratos, como el suyo propio, Autorretrato tocando la espineta (1577), que se exhibe en Roma y es tenido por su obra maestra. En él vemos a una mujer bella que toca el instrumento musical en compañía de una criada. El detallismo de los ropajes es magistral, así como la pose natural de ambas mujeres y el minucioso interior de la sala. Una composición semejante pintó su contemporánea Sofonisba Anguissola. 

Muy distinta, y lejana en el tiempo, es Françoise Constance Mayer Lamartinière (1774-1821), una pintora francesa del período napoleónico que usaba sus lienzos como tablero de emociones, al mismo tiempo que propagaba la ética republicana nacida de la Revolución. Lamentablemente, es más conocida por su trágica historia de amor con el también pintor Pierre-Paul Proud’hon (1758-1823) que por méritos propios.
Autorretrato de Constance Mayer
(Biblioteca Marmottan).
Como a tantas artistas de todas las épocas, la crítica de su tiempo le negó el puesto que merecía: todos hombres y misóginos, opinaban que una mujer valía para poco más que para pintar cuadros de flores. Pero Constance Mayer se atrevió con todos los estilos, con destreza y singularidad, y consiguió exhibir en los academicistas Salones de París, en 1810 y 1819. Es cierto que, desde mediados del siglo XX, la figura de la artista ha sido objeto de estudio y reivindicación, pese a lo cual la Historia del Arte (con mayúsculas) le otorga un papel menor. El Museo del Louvre, que conserva varias de sus obras, le dedica este verano una pequeña exposición, a modo de desagravio.

Los inicios de la carrera de Mayer los alentó su padre, quien la indujo a formarse con Suvée (1743-1807), hasta que éste se marchó a Roma y la pintora pasó a ser discípula de Greuze (1725-1805) y, más tarde, de Pierre-Paul Proud'hon (su influencia más duradera y dramática). Proud'hon era dieciséis años mayor, tenía cinco hijos y una esposa internada en un sanatorio mental. Constance fue “alumna, amiga, gobernanta de su casa, encargada de sus hijos y amante” de Proud’hon, en este orden cronológico.

'La madre dichosa' (Constance Mayer).
Gracias a que la Sorbona le proporcionó a Mayer un estudio contiguo al de Proud'hon, la pareja, que no podía casarse, vivía junta y pintaba casi junta. A veces él dibujaba o hacía bocetos y ella los pintaba, motivo por el cual la autoría de varios lienzos es controvertida. El drama llegó en 1821, cuando la moribunda esposa de Proud’hon le hizo prometer que jamás se casaría, a lo que el pintor accedió. Mayer se rebanó la yugular con la navaja de afeitar de su amante. Él sobrevivió dos años. Están enterrados, juntos, en el cementerio Père-Lachaise.

'El sueño de la felicidad' (Constance Mayer).
De la pequeña exposición que el Museo del Louvre dedica a Mayer estos días destaco dos obras: La madre dichosa, que adapta el modelo convencional de la Virgen con el niño a los principios racionalistas, según los cuales los hijos debían ser educados en el amor maternal, y no por frías institutrices. Y El sueño de la felicidad, sobre todo, por la conmovedora escena de la derecha: una pareja abrazada y un bebé dormido en el regazo de la mujer. Es irónico que Constance Mayer, que se tuvo que conformar con cuidar a los hijos de su amante (y que moriría desesperada por la cobardía de él), cifrara la felicidad en la familia que nunca tuvo.

martes, 12 de agosto de 2014

Azotea, mirador, terraza: vistas de Madrid al cielo

(Madrid: Balcones y maniquíes Y aquí Balcones en La Latina

Me encanta escribir y pronunciar la palabra azotea, que siempre asocio a casa de pueblo, ropa tendida, plantas en el suelo y una goma verde para regar las baldosas recalentadas por el sol. Azotea es un sustantivo que procede del vocablo árabe hispánico assutáyha, a su vez diminutivo de sáth, y éste del árabe clásico sath. En Madrid casi nadie dice azotea, sino terraza o mirador, y menos numerosos aún son quienes suben por escaleras encaladas, habiendo como hay modernos ascensores. Además, pocas personas van a las azoteas a admirar las vistas, sino más bien a dejarse ver. No es una crítica, tan sólo una apreciación.

Calle del Carmen, tejados y azoteas desde la
terraza  del Corte Inglés de Madrid.
Yo, que desde niña me quedo embobada con "las vistas" (¡la de bromas que tuve que aguantar hasta hace poco!), voy siempre que puedo a la terraza del Corte Inglés de Callao. Si queda un sitio libre en la parte exterior, allí me siento a tomar algo mientras contemplo los tejados próximos. Este fin de semana pasé un buen rato conjeturando qué sentirán los vecinos del centro comercial al saberse observados y fotografiados. Sobre todo, los que habitan esas dos coquetas terracitas que se aprecian en la foto superior, a la derecha, junto al muro amarillo. La tumbona, la mesita y las plantas indican que sus dueños usan esos miradores privilegiados en el centro de Madrid. Los supongo saliendo después de las doce de la noche (a esa hora cierra la terraza del Corte Inglés) para disfrutar en paz de las vistas, las suyas, las privadas.  

Callao y Gran Vía hacia Plaza de España
(Madrid), desde terraza El Corte Inglés.
Una estampa muy distinta es la que se observa desde el extremo derecho de la terraza, sobre todo desde la parte interior, con su imagen urbana clásica: una riada humana y de coches que, incluso en agosto, transita por Callao, pasea arriba y abajo por Gran Vía, se apresura en cruzar los pasos de peatones de tienda en tienda o, simplemente, sube y baja de autobuses urbanos y metro. Al fondo, dos torres hace tiempo destronadas en altura, pero muy bellas: la Torre de Madrid (142 metros y 34 plantas destinadas a viviendas), y la Torre España (117 metros y 25 plantas), dos auténticos emblemas de la ciudad.

Cine Callao, desde la terraza
del Corte Inglés (Madrid).
Desde la terraza del Corte Inglés se contempla también el bullicio que normalmente existe en la peatonal Plaza de Callao, presidida desde el año 1926 por el Cine Callao. Es un edificio con características neobarrocas (al igual que la Torre España) que va indisolublemente unido a la memoria del Madrid del siglo XX. Todavía funciona como sala de cine, es decir, aguanta, que no es poco, la presión de las cadenas de tiendas de ropa, que en los últimos años se han comido magníficos edificios en la zona. 

Edificio Metrópolis y Gran Vía, vistos desde
la terraza del Círculo de Bellas Artes (Madrid).
Cerca de este mirador en Callao está la terraza del Círculo de Bellas Artes, con vistas fabulosas sobre los cuatro puntos cardinales. Lo más inmediato es la panorámica sobre la Gran Vía en su intersección con la calle Alcalá, que delimita el edificio Metrópolis. Por supuesto, también se alcanza a vislumbrar los rascacielos de la Castellana, el ayuntamiento, Cibeles, algunos vestigios verdes del parque del Retiro, y hasta la estación de Atocha.


sábado, 9 de agosto de 2014

Viaje a Francia (I): Poitiers, St. Savin, La Rochelle, Saintes

(Más sobre París aquí y aún más sobre Francia aquí)

Este año disfruté de dos semanas de vacaciones por el centro de Francia, que empezaron el domingo, 29 de junio, en el aeropuerto de Orly (París). Llovía mientras mi compañero de fatigas y yo recogíamos el primer coche de alquiler en Europcar (el mando no funcionaba y las puertas no cerraban) y cambiamos al segundo coche, con el que por fin, sobre las 12.30 horas, partimos hacia Poitiers. Hicimos una parada en Blois (186 kilómetros) para comer, en la terraza Le Marignan, frente al castillo. Ya no llovía, hacía una temperatura agradable y dimos un corto paseo por el centro, donde desplegaba sus puestos el mercadillo dominical.

Iglesia de Nôtre-Dame
La Grande (Poitiers, Francia).
Llegamos a Poitiers (340 kilómetros de París) sobre las 19 horas, en seguida encontramos el hotel Best Western, en el centro peatonal muy cerca del párking del ayuntamiento. Y salimos a reencontrarnos con la capital de la región del Poitou, donde habíamos estado hacía 19 años. Tras un muy agradable paseo por las calles medievales, hasta la iglesia de Nôtre Dame La Grandevolvimos sobre nuestros pasos. Justo al lado del hotel, tomamos un vino de Chinon en un local modernillo y luego cenamos en la Taberna Maître KanterEs una franquicia que hay por toda Francia y siempre es un acierto: platos abundantes y abuso de las salchichas y el choucroute, pero también buenas cazuelas de mejillones y ostras. Y a precios sensatos.
Frescos polícromos de la abadía de Saint Savin
 (Poitou, Francia). Detalle del techo. 
El lunes, 30 de junio, salimos temprano con el coche para visitar la abadía de Saint Savin y la iglesia del antiguo monasterio, famosa por los frescos polícromos. Tanto en las columnas como en los techos, las pinturas relatan historias de la vida de Adán y la creación del hombre, así como escenas del Nuevo Testamento. Espectacular.

Castillo de Angles-sur-l'Anglin (Poitou, Francia).
Comimos una ensalada rápida en una terraza frente a la iglesia. Queríamos ahorrar tiempo porque habíamos decidido desviarnos de la ruta prevista para ir a Angles-sur-l’Anglin y ver el friso prehistórico esculpido de la Roca de los BrujosAlgo así como el Lascaux de la escultura. La mala suerte quiso que lo encontráramos cerrado, pese a que los folletos aseguraban que se podía visitar los lunes. Así que nos contentamos con admirar y fotografiar los restos del castillo y el río.

Otra vez en el coche de regreso a Poitiers, efectuamos una parada en la ciudad de Chauvigny para ver la iglesia románica de San Pedro. En la terraza de al lado nos encontramos con una pareja latinoamericana con la que horas antes habíamos hablado en St. Savin. ¡Qué curioso!, pensé, no suelo encontrarme a nadie cuando viajo (por cerca que vaya), y últimamente me reencuentro con turistas desconocidos en sitios lejanos. Sucedió el verano pasado, en Osaka (Japón), con una pareja canaria; los vimos en el crucero por el río, y horas después, en un restaurante en Dotonbori.
Fachada de la catedral de Poitiers (Francia).
Volviendo a Francia, una vez en Poitiers visitamos el Baptisterio de San Juan, del siglo VII, un edificio pequeño, sencillo, que no se puede fotografiar por dentro y cuya entrada sólo cuesta dos euros. Tiene una pila bautismal de inmersión, altos muros decorados con frescos y fragmentos de capiteles y estelas funerarias por el suelo. Al lado del Baptisterio se alza el Museo de la Santa Cruz, cerrado por ser lunes. Sí estaba abierta la catedral, impresionante con sus tres portales grandiosos, esculpidos, y su interior de tres naves, anchas y despejadas.

Interior de Santa Radegunda
(Poitiers, Francia).
Luego, paseo hasta la iglesia de Santa Radegunda, que se remonta al siglo VI, aunque fue reconstruida en el XIII y la fachada es del XV. Es preciosa, con su cementerio, sus capiteles, sus frescos y la cripta con la tumba de la santa, que data del siglo X. Me emocionó otra tumba, la de Santa Disciole, que fue sobrina del obispo de Albi, San Salvio. Murió joven, siendo monja en la contigua abadía de la Santa Cruz (el actual museo de Poitiers).

Para rematar la tarde dedicada a las iglesias en Poitiers, fuimos a Nôtre-Dame La Granderecientemente restaurada. Esa tarde jugaba (y ganó) la selección de fútbol de Francia, que se clasificó en cuartos de final del Mundial de Brasil. La plaza que rodea la iglesia estaba llena de forofos que no se vieron defraudados.
Tumba de Santa Radegunda
(Poitiers, Francia).
Tras dar varias vueltas, para la cena escogimos La Serrureriesituado en una esquina de la plaza del ayuntamiento de Poitiers. Es un  restaurante moderno, decorado con gusto, con comedor cubierto por una bóveda de cristal transparente. Tomé un delicioso plato Oslo, de ahumados con espuma de wasabi y patatas con mostaza á la ancienne. Lo detallo porque no quiero que se me olvide, ¡estaba tan rico! Nuestro camarero hablaba un perfecto castellano.
El Museo de la Santa Cruz, en Poitiers, fue mi primera parada el martes, 1 de julio. Quería ver el cuadro La muerte de Jacinto, del pintor Jean Broc (1771-1850), pero me llevé una desagradable sorpresa ya que el lienzo acababa de llegar de una exposición internacional y aún no estaba colgado de nuevo en su pared del museo.

La Rochelle (Charente Marítimo, Francia).
A media mañana dejamos atrás Poitiers, camino de Burdeos, donde teníamos reservadas las tres noches de hotel siguientes. Hicimos una parada en La Rochellepequeño y pintoresco puerto en el Atlántico, con sus dos faros de postal, sus torreones y callejuelas plagadas de tiendas. Comimos en el puerto. La amenaza de lluvia fue constante en las tres horas que pasamos en La Rochelle, pero sólo descargó cuando llegamos a la siguiente etapa del camino: Saintes.
Anfiteatro galo-romano de Saintes (Poitou, Francia)
En Saintes es imprescindible efectuar dos visitas a monumentos próximos entre sí: la iglesia de San Eutropio (y la cripta donde están los restos del santo) y el anfiteatro galo-romanodel siglo I d.C., en verdad espectacular. Si queda tiempo, al otro lado de la ciudad se levanta el Arco de Triunfo de Germanicus, al borde del río. Hay varias terrazas con vistas para disfrutar de un apacible atardecer.
Con tanta parada intermedia, llegamos a Burdeos sobre las 21:30 horas, minutos antes de que cerrara la recepción de los apartamentos Citadines Meriadeck. Menos mal, porque nos hacía falta clave de acceso para entrar al hotel y al parking. Eso sí, en cuanto tomamos posesión de la habitación nos lanzamos a la calle. Caminamos los escasos 15 minutos hasta la plaza del Parlamento y cenamos en la terraza de Chez Jean.

(Continuará en Burdeos, Saint Emilion, Bergerac, Lascaux....)