sábado, 15 de febrero de 2014

Adriano revive en un cuento hallado en un papiro

Busto del emperador Adriano (76-138).
En la vida de los grandes hombres y mujeres es difícil separar la realidad de la leyenda, máxime si desde sus muertes han pasado casi veinte siglos. Es el caso de Adriano (76-138 d.C.), el emperador romano del siglo I d.C nacido en Hispania, infatigable viajero, enamorado del mundo griego, fundador de ciudades, constructor de murallas y sagaz propagandista. En Roma reconstruyó el Panteón, edificó el templo de Venus, los jardines y el palacio de Tívoli y el monumental castillo de Sant’Angelo, además de reformar el Foro de Augusto y los mercados del Campo de Marte.

'Teatro Marítimo' (apartamentos
privados en Villa Adriana (Tívoli).
Adriano se construyó un paraíso privado que pervive en Tívoli: la  soberbia Villa Adriana, actualmente en proceso de restauración que le devolverá parte del esplendor que los siglos le han hurtado. En Atenas edificó el Templo de Zeus y, en las faldas de la Acrópolis, sobreviven las ruinas de su Biblioteca. En Gran Bretaña sigue en pie el  Muro de Adriano, una imponente fortificación. En la mítica Palmira aún sobrecoge el elevado arco de la Puerta Adriana. Y los museos del mundo atesoran cientos de bustos y esculturas con sus facciones.


Antínoo Mondragone (Museo del Louvre).
La historia, el arte y la literatura han forjado un emperador a la vez iracundo (como buen soldado y cazador que era) y melancólico; amigo de filosofar y vengativo con sus adversarios; mecenas del arte y profundo ególatra; capaz de amar más allá de la razón a su amante Antínoo (110?-130 d.C.) y al tiempo despreciar a su mujer Vibia Sabina.


Vibia Sabina, esposa de Adriano.
No obstante, Memorias de Adriano sigue siendo la novela de referencia sobre el emperador, y por culpa de su autora, Marguerite Yourcenar, el siglo XX acuñó una imagen romántica, humanizada y un tanto edulcorada del sucesor de Trajano. La novela de Yourcenar es una de mis preferidas, quizá por el gran impacto que me produjo la primera vez que la leí, en mis inicios como universitaria. El apesadumbrado relato de su vida que hace el viejo, enfermo y moribundo emperador me sobrecogió. Tengo pendiente escribir sobre la novela y sobre su autora.


Papiro del 'Cuento sobre el emperador Adriano'.
Hoy le toca el turno al libro Hadrianus, una de las rara avis que aún se editan en papel y tienen que ver con la divulgación histórica o filológica. Se trata de un relato corto en prosa, escrito en latín y en griego, que fue hallado en un papiro del siglo IV d.C. El papiro fue comprado por Ramón Roca-Puig (1906-2001) en El Cairo en los años 50 del siglo XX, y a su muerte pasó a la Fundación Montserrat. El académico Juan Gil, latinista y filólogo reputado, lo transcribió y tradujo en 2010, junto con Sofía Torallas, científica titular del CSIC.

Hadrianus es un cuento y, como tal, ficción, pero parte de los hechos y personajes que se citan tienen visos de haber existido, al menos, son reales los apellidos familiares, así como el viaje del emperador que se relata. El libro narra la relación de Adriano con un personaje siniestro llamado Raecius Varo. La calidad literaria del texto deja que desear, y plantea más preguntas que respuestas, pese a lo cual es un testimonio valioso de un tiempo desconocido en la vida del emperador. El papiro, incompleto, arranca con el conflicto entre un joven Adriano y el mencionado Raecius Varo, que lo llevó a juicio acusándolo de envenenamiento. Por suerte para el futuro emperador, la acusación no se probó, y Varo fue exiliado en la isla de Lycaonia.


Portada de 'Hadrianus', editado
por CSIC y Fundación Montserrat.
Años más tarde, siendo ya emperador, Adriano emprende un viaje por las colonias y recala en la isla donde está confiscado Varo. Su antiguo enemigo lleva ahora los cabellos largos y una barba muy poblada, al estilo de los estoicos. Le pide clemencia, a lo que Adriano accede, además de restaurarle su puesto en el Senado. Prosigue el viaje de Adriano, hasta llegar a Colonia Agrippina (hoy la ciudad alemana de Colonia), cuyos gobernantes le piden que suspenda la recaudación de impuestos. En un gesto mitad generoso, mitad populista, el emperador exime a la ciudad de tributos y se compromete a enviar allí un cónsul, que no será otro que su antiguo enemigo, Raecius Varo. Pasado un tiempo, Varo llega como cónsul a Colonia. Una de sus primeras decisiones será restaurar el pago de impuestos, revolviéndose así contra Adriano, quebrantando sus órdenes y poniéndolo en dificultades. Hasta aquí llega el texto del papiro, por lo que no se sabe cómo resolvió el emperador el desaguisado causado, involuntariamente, por su clemencia.

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