miércoles, 31 de diciembre de 2014

Un año sin Manuel de Unciti. Adiós a 2014, hola a 2015

(Lo que escribí al despedir 2013 y mi sincero Adiós a Manuel de Unciti)

Estoy deseando dejar atrás 2014, darle carpetazo a un año del que lo más amable que puedo decir es que ha sido anodino en lo profesional, vulgar en lo material y escasamente enriquecedor en lo personal. Anhelo con todas mis fuerzas que 2015 nos despierte (a mí y a España entera) del sopor de siete años de crisis económica, corrupción y rancio conservadurismo. Así que, cuando esta noche secunde mansamente el ritual de las uvas y el cava, el atracón de comida y el empacho de falso entusiasmo con el que la familia nos reconduce por unas horas al redil de la homogénea felicidad, trataré de convencerme de que los doce meses que se despliegan ante mí son una alfombra de oportunidad y no un tapiz que cubre una desconchada pared sin ventanas.

Manuel de Unciti Ayerdi (1931-2014).
La primera entrada de este blog en 2014 fue Tránsito de un hombre bueno, una elegía a la muerte de Manuel de Unciti, un periodista, escritor, cura y misionero que trabajó en el histórico diario Ya y capitaneó varias revistas religiosas desde la Transición hasta el siglo XXI. El azar y el calendario quisieron que el primer texto que publiqué en 2014 fuera un lamento por la muerte de este hombre bueno, fiel y comprometido, un adiós que no por esperado resultó menos doloroso.

Donostiarra militante, Manuel de Unciti nació en Donosti en 1931 y falleció en Madrid, el pasado 3 de enero. Fue el fundador, el corazón y el alma, los nervios y hasta los huesos, el tuétano mismo, de la residencia Azorín para estudiantes de periodismo. En el vetusto chalet de la calle de Rosa Jardón, y a lo largo de cuarenta años, se formaron alrededor de tres centenares de periodistas que hoy pueblan las redacciones y gabinetes de comunicación de todo el país.

Manuel de Unciti, Manolo, como lo llamaban sus cientos de hijos, consagró su vida a tres fines: las misiones, la información y la formación de periodistas cristianos. Fue, durante más de tres décadas, director de las revistas Pueblos del Tercer Mundo e Illuminare. Incansable lector de dos y hasta tres periódicos diarios hasta sus últimos días, fue articulista habitual en publicaciones como El CorreoRazón y Fe o Ecclesia. Publicó libros tan a contracorriente como Sangre en Argelia, África en el corazón, Amaron hasta el final o Teología en vaqueros, y practicó y animó de modo incansable el debate, la polémica y la discusión. Con rigor y meticulosidad, desde el respeto y la curiosidad que ni los años, ni el desánimo o el embate de la enfermedad, lograron derrotar. Descansa en paz, Manolo.

El penúltimo artículo de 2014 en estos cúmulos y limbos lo dediqué a la escritora estadounidense de origen noruego Siri Hustvedt, una equilibrista de la cordura, una mujer que sabe bien lo que es capear el temporal de las crisis de nervios y convertir su apuros psicológicos en material literario de primera mano. Su novela El verano sin hombres sigue pareciéndome uno de los mejores libros que he leído en los últimos años. Con permiso de Murakami.

En cuanto a 2015... Renuncio a hacerme propósito alguno. Como siempre, querría leer y viajar más, trabajar menos, conversar mejor, escribir, amar y disfrutar de una forma más plena. Nobles ambiciones que casi siempre quedan arrumbadas en la cuneta de los deseos frustrados. Como quiera que sea,


¡FELIZ AÑO NUEVO!

¡FELIZ 2015!

viernes, 19 de diciembre de 2014

La mejor Siri Hustvedt ilumina 'Un mundo deslumbrante'

(Más sobre Siri Hustvedt y sobre El verano sin hombres)

La escritora Siri Hustvedt, en el estudio
de su casa en Brooklyn, en 2012). 
Una mujer se decide a exhibir su obra pictórica en tres exposiciones, usando a hombres para que se hagan pasar por los autores. Es el punto de partida de El mundo deslumbrante, la última novela de la escritora de origen noruego afincada en Brooklyn Siri Hustvedt (1955), donde narra una supuesta investigación de un caso real que le sirve para explorar la forma en que la mujer es discriminada, incluso entre la elite artística.

El personaje central, Harriet Burden, es una judía adinerada, pertenece a la clase privilegiada, pero ni aun así se libra de sufrir afrentas por el simple hecho de ser mujer. Es un libro con muchas lecturas, y por supuesto la feminista es una de ellas, aunque tanto los personajes como la peripecia vital y social de Harriet son demasiado ricos como para colgarles una simple etiqueta.  

Portada de 'El mundo
deslumbrante' (Siri Hustvedt).
Según reveló Hustvedt en primavera, cuando presentaba la novela a la prensa, la idea original del libro procede de las máscaras del teatro griego, que “no son una forma de ocultarse, sino una revelación". Es lo que le sucede a su protagonista, Harriet: harta de ser ignorada por la comunidad artística neoyorquina, firma sus obras con nombres de hombres para luego revelar el engaño. Todo se vuelve en su contra, así que poco de cuento de hadas hay en el libro.

Sin duda, El mundo deslumbrante entretiene, y además proporciona argumentos para el debate, pues la autora vuelca en él su pasión por la cultura y la historia, y de paso se la contagia al lector. Hay en sus páginas una aguda crítica a lo que, según Hustvedt, es práctica común entre artistas: empequeñecerse a sí mismas y a sus trabajos, por culpa de un complejo con el que (casi) todas las mujeres nacen, o se hacen.

Siri Hustvedt y Paul Auster (2012, cita literaria).
El caso de Hustvedt es bien ilustrativo, ya que le ha costado mucho lograr el éxito precisamente por estar casada con el también escritor Paul Auster, mucho más famoso en todo el mundo. Dejar de ser vista como “la mujer de” le ha costado años, pese a que muchos opinan que su talento supera con creces el de su marido.

Siri Hustvedt, en la primavera de 2014.
La carrera de Hustvedt es peculiar. Desde niña padece cefaleas constantes y sufre fuertes ataques nerviosos, que ha convertido en fuente de inspiración. De ahí que sus protagonistas (mujeres en su mayoría) a menudo exhiban el mismo interés que ella por la neurología y la psiquiatría. Por ejemplo, en La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, la autora toma sus propios padecimientos psicosomáticos para repasar la historia de esas materias científicas.

Otras novelas de Hustvedt son Elegía para un americano, Todo cuanto amé, El hechizo de Lily Dahl y Los ojos vendados. Y, por supuesto, El verano sin hombres, la más conocida en España, que ya reseñé en este blog hace tiempo. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

La historia real del árbol de Navidad

(Más sobre la Navidad aquí y alguna otra historia de un objeto aquí)

Firma invitada: Luis Fermín Moreno

María Leszczynska, reina de Francia.
En 1725, Luis XV de Francia casó con María Leszczynska (1703-1768), hija del destronado rey polaco Estanislao, por decisión de su primo y regente, el duque de Borbón. Los franceses de aquel tiempo, incluido el propio Luis, consideraron esta “mortificante” mesalliance impropia del prestigio y la altura de la monarquía francesa. Pero el duque tenía prisa por garantizar la descendencia real y no había mucho mejor donde elegir.

La reina María era demasiado tímida, demasiado simple, demasiado devota, demasiado influenciable… y demasiado poco sofisticada para lo que se requería en la Francia barroca. No obstante, resultó ser una elección acertada: además de los 10 hijos que dio a su marido, dejó dos grandes regalos: la Lorena para Francia y el árbol de Navidad para el resto del mundo occidental.

El príncipe Alberto introdujo en Inglaterra
la moda del árbol de Navidad (imagen de la
revista 'The London Illustrated', 1848).
En efecto, fue ella la que, en 1738, ordenó plantar el primer abeto navideño en el patio de Versalles. Un siglo después, en 1840, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, recién matrimoniado con la reinaVictoria, introdujo a su vez la tradición en Gran Bretaña durante su primera Navidad inglesa. De París y Londres, prescriptoras decimonónicas de moda, pasó de forma natural al resto de Europa y, claro, a las Américas.  
   
En realidad, el primer árbol de Navidad históricamente registrado surgió en 1521 en el atrio de la iglesia de la ciudad alsaciana de Sélestat (por aquel entonces, Alemania) y no tardó en ser adoptado por los protestantes, que acababan de aparecer en escena, como símbolo navideño propio por oposición a los belenes católicos. Aunque el abeto navideño tiene tantas raíces cristianas como paganas.

Árbol de Navidad frente a Nôtre-Dame de París.
En la Europa central, desde la Edad Media en adelante, era costumbre evangelizar al pueblo analfabeto representando en los pórticos de las catedrales los misterios cristianos y algunas escenas bíblicas. Entre ellas, la historia de Adán y Eva. Un manzano hacía las veces de árbol prohibido. Además de manzanas, lo decoraban con obleas a modo de hostias, porque, siguiendo a San Pablo en la epístola a los Corintios, Jesús es el Adán de la nueva humanidad.

Abeto navideño en San Pedro (Vaticano, Roma).
Relacionar el árbol con el nacimiento de Jesús era, pues, el paso lógico. Pero, como los manzanos no tenían hábito de fructificar en pleno diciembre, hubo que echar mano de un abeto, cuyas agujas siempre verdes ya simbolizaban para los paganos la vida –y, por ende, la inmortalidad- en el corazón del invierno y de la noche.

Hoy, un sinfín de abetos ilumina las iglesias, las plazas y los hogares de medio mundo. El árbol ha traspasado las fronteras religiosas y apenas conserva en su cima la estrella, a semejanza de la que guió a los Magos, como significante divino. Quizá por eso se ha convertido en el símbolo de la alegría y la buena voluntad que los seres humanos compartimos estos días.


sábado, 6 de diciembre de 2014

Seeking for Rosebud

(Más sobre Navidad, bolas de nieve y recuerdos aquí)

Rosebud* es la palabra que el ficticio magnate de la prensa Charles Foster Kane pronuncia cuando está a punto de morir en la mítica película Ciudadano Kane, la obra maestra de Orson Welles (1915-1985) pese a ser la primera que rodó y considerada casi unánimemente como una de las cinco mejores películas de la Historia (con mayúsculas) del cine.

Fotograma de 'Ciudadano Kane' (Orson Welles).
No es seguro que el hombre real que inspiró a Welles su protagonista fuera William Randolph Hearts, pero en general se acepta que así fue. En todo caso, lo que a mí me fascina de esta película es la forma en la que el todopoderoso Kane se aferra a esas pocas letras que forman el sustantivo Rosebud. Hasta el final de la película no sabemos qué es o qué significa. Sólo calibramos su importancia cuando la pantalla del cine muestra un gran horno que devora los trastos que Kane ha acumulado durante su vida. Entonces vemos un trineo arrojado al fuego, la cámara se acerca y leemos su nombre: Rosebud.

Fotograma de 'Ciudadano Kane' (Orson Welles).
Pero no es un trineo cualquiera, es el trineo con el que el niño Kane jugaba en la nieve, justo antes de que el destino lo convirtiera en millonario. Al perder Rosebud perdió su infancia. Y es que son esas pequeñas cosas, esos detalles, esos nimios objetos, a veces un simple olor, un color, una pieza de madera o un simple cachivache de plástico, lo que atrapa nuestra memoria, congela en el tiempo nuestras emociones y las envuelve en un impermeable tejido de celofán para preservarlas intactas. 

Lirio silvestre morado.
Así conservadas, cuando nuestro yo adulto las necesita podemos recuperarlas y las encontramos igual de frescas, tan impactantes como el día en que las plegamos con todo cuidado para no arrugarlas. Todos tenemos ese limbo interior. El mío tiene un estrecho y fino tapón de madera, ajustado pero no hermético, porque a las cosas que nos dan la vida hay que dejarlas respirar.

*"Rosebud es el emblema de la seguridad, la esperanza y la inocencia de la infancia, que un hombre puede pasar su vida intentando recuperar. Es la luz verde al final del embarcadero de Gatsby; el leopardo en la cima del Kilimanjaro, buscando nadie sabe qué; el hueso lanzado al aire en 2001". La cita es de Roger Ebert (1942-2013), crítico cinematográfico.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Navidades blancas, Dickens y Hampton Court


(Más sobre la Navidad y sobre nieve y Hampton Court)

Bola de cristal y nieve navideña.
La imagen comúnmente aceptada en Occidente de que las Navidades son blancas no puede ser más falsa e imprecisa, ya que en uno de los Hemisferios es verano e, incluso en países donde es invierno, como España, Portugal, Italia, Grecia e incluso Francia, las calles, tejados y ciudades apenas se cubren de un manto consistente de nieve. Por no mencionar que en Belén, donde la tradición cristiana sitúa el nacimiento de la Navidad, la nieve es tan exótica como un koala en un fiordo noruego.

Primera edición de 'Un cuento de Navidad'
(Charles Dickens).
Donde sí nevaba, y con mucha frecuencia, era en la Inglaterra de la reina Victoria (1837-1901), tanto en Londres como en el resto del país. Algunos de aquellos inviernos fueron tan crudos que inspiraron al escritor Charles Dickens (1812-1870) su célebre Cuento de Navidad, convertido en el epítome de esa festividad y que fue el libro que contagió la idea de las Navidades blancas por todo el mundo. Ayudado, claro está, por la propaganda gratuita que le conferían los largos tentáculos del Imperio británico, en todo su apogeo.

La reina Victoria de Inglaterra y el príncipe Albert.
Nevaba copiosamente en el siglo XIX (y nieva en el XXI) en Alemania, país de donde era originario el marido de la reina Victoria, el no menos famoso príncipe Albert, a quien se tiene por el inspirador de la tradición de las Navidades blancas. Primero la impuso en sus dominios, es decir, en los palacios de Buckingham y Windsor, desde donde pronto se extendió a todo Londres, al resto de Inglaterra y al mundo occidental.

Palacio de Hampton Court (Inglaterra).

Yo no he pasado ninguna Navidad en Inglaterra, pero hace cuatro años, por estas fechas, disfruté de la nieve prematura en Londres y alrededores. Fue el martes, 30 de noviembre, y me salté las clases para visitar Hampton Court, el encantado palacio de Enrique VIII. Nevaba bastante, hacía un frío terrible y el viento arreciaba cuando me bajé del tren en Hampton (a unos 20 kilómetros de la estación de Waterloo), pero mereció la pena.

Decoración navideña victoriana.
Tantos años después, en ese palacio real, igual que hacen en los museos y tiendas de Londres, para delicia de turistas, cuidan con mimo la iconografía de la Navidad que solemos identificar con la que se forjó en la época victoriana. Los escaparates de los comercios brillan y los estantes palpitan, repletos de todos los objetos necesarios para esas celebraciones que cursan con árboles iluminados; tarjetas de regalo y felicitaciones; bolas y estrellas para colgar de las ramas; mesas engalanadas; apertura de regalos al pie del abeto o del pino; pistas de hielo como la del Victoria & Albert Museum; y comilonas familiares que suelen incluir cordero, asados diversos y marisco.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Tanagras y otras mujeres griegas: moda para la eternidad

(Más Historia de un objeto y asuntos sobre Grecia)

La moda es eterna, se reinventa cada día, se nutre de usos y costumbres milenarios y se mira continuamente en el espejo del pasado para coser el futuro. Así ha sido desde el principio de los tiempos, como prueban los millones de objetos decorativos, joyas, esculturas, pinturas, y grabados repartidos en museos de todo el mundo.

Figura de terracota hallada
en Beocia (British Museum).
En el British Museum de Londres me prendé de unas curiosas y bellas estatuillas de mujer, bautizadas con el nombre de tanagras, por la ciudad griega donde fueron encontradas (región de Beocia). Se sabe que tenían un uso funerario, y de hecho fueron halladas en tumbas, a bastantes metros bajo tierra, pese a lo cual aún conservan ligeros restos de policromía. Las tanagras están hechas de terracota y se parecen unas a otras en su pequeño tamaño y en la sofisticación de sus ropajes. Esta de la izquierda viste una delicada túnica (chiton) y un abrigo (himation), y es un perfecto ejemplo de cuánto les gustaban los tejidos drapeados a las mujeres griegas del siglo III a.C.

Estatuilla griega
del siglo III a.C.
(British Museum).
Me parece majestuosa esta otra pequeña figura, que veo como una estampa viviente de la forma en que vestían las griegas acomodadas cuando salían a la calle en ese lejano siglo III a.C. Esta delicada pieza, también procedente de Beocia (famosa por su capital, la no menos famosa y mitológica Tebas), fue desenterrada, junto a sus compañeras de yacimiento, en el año 1870, cerca del recinto arqueológico de Grimadha. Me impresionan la precisión del contorno del cuerpo y los pliegues del manto (que le rodea el cuerpo e incluso se enrolla sobre la cabeza), me sorprende el amplio sombrero con el que ella se protege la cabeza, supongo que del sol, ya que en la mano izquierda porta un abanico. Y, desde luego, es bien curioso el alto remate cónico que corona el sombrero de la mujer. Si la miro fijamente un par de minutos, casi parece que vaya a echarse a andar.

Jarra de figuras rojas (Apulia,
hacia 350 a.C.), British Museum.

Muy distinta es la indumentaria de esta chica, del siglo IV a.C., también griega, cuyo vestido y complementos de moda fueron inmortalizados por el artesano que moldeó la jarra de cerámica de figuras rojas que la cobija. La muchacha, que viste una túnica corta y juega con un perro, al que trata de engañar enseñándole una tortuga, procede de la zona italiana de Apulia. La túnica es muy elaborada, con mangas largas cosidas en los hombros. Alrededor del pecho y circundándole los tobillos lleva amuletos para protegerla de los malos espíritus. También se exhibe en el British Museum.


Amazona griega (siglo V a.C.), en
exhibición en el British Museum.
Más antigua pero igualmente bien conservada es esta amazona con pantalones del siglo V a.C. Aparece en un bote de perfume de cerámica, fabricado en Atenas alrededor del año 470 a.C. Muestra a una amazona (míticas mujeres guerreras, que los griegos de hace 25 siglos creían que vivían al norte del mar Negro) que viste pantalón masculino, blusa de manga larga y una pieza de armadura que le cubre el cuerpo desde el cuello hasta la cintura. La figura, dibujada en negro sobre fondo blanco de alabastro, carga también un escudo con una tela estampada y un carcaj de flechas.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La duquesa de Chevreuse y el enigma de Velázquez

(Madame de Sevigny, aristócrata, francesa y casi coetánea)

El retrato Dama con abanico (1630-40) era uno de los cuadros que el pintor Diego Velázquez (1599-1660) tenía consigo cuando murió. Yo lo vi por primera y última vez en octubre de 2010, durante mis meses de estancia en Londres como estudiante de inglés. Entonces dedicaba mis muchos ratos libres a visitar museos y patear las calles, un placer que ahora, en Madrid, me parece tan lejano como imposible de recuperar. 

'Dama con abanico' (Diego Velázquez,
Wallace Collection, Londres).
Esta Dama con abanico es uno de los retratos más enigmáticos del pintor sevillano, por la sensualidad que desprende, por la especulación sobre quién es la mujer y por el hecho de que éste fuera de los pocos lienzos que el artista guardó hasta el momento de su muerte. Durante mucho tiempo se pensó que la retratada era española, de la nobleza, y también que podía tratarse de la hija del pintor, Francisca. Pero las últimas investigaciones afirman que la dama es francesa. Detalles como el lazo de los puños, los guantes, el abanico y, particularmente, su escote bajo y generoso (que habría escandalizado a la España de entonces) parecen más propios de la exuberante Francia de mitad del siglo XVII que del rigor hispánico.

La única dama francesa que Velázquez pintó fue la duquesa de Chevreuse (1600-1679), amiga íntima de la reina de Francia Ana de Austria (la reina gala supuestamente enamorada del inglés duque de Buckingham a quien Alejandro Dumas inmortalizó en 1844 en Los tres Mosqueteros). Al igual que su señora, la susodicha duquesa fue todo un personaje en la corte de Luis XIII. Siempre intrigante y envuelta en enredos y conspiraciones, la duquesa de Chevreuse huyó de Francia en 1637, temiendo por su vida tras enemistarse con el cardenal RichelieuEl primer destino de la exiliada fue España, donde residió unos meses antes de partir hacia Londres. Por una carta de 1637 se sabe que Velázquez la estaba pintando y que la francesa se portaba "en todo con mucha modestia", según dice la misiva.


'Joven dama' (atribuido
a Velázquez, Chatsworth
House, Inglaterra).
Quienes defienden que la modelo es la duquesa de Chevreuse aducen que hay otro retrato muy parecido de la misma dama en la Colección Devonshire (Chatsworth House), aunque su aspecto es más joven, la pose es más modesta y las ropas sí son acordes a la moda española del siglo XVII. Ese otro cuadro, llamado Una joven dama, es atribuido a Velázquez y parece pintado para dar, deliberadamente, dos imágenes distintas de la misma persona. Mientras en el retrato de la Colección Wallace la mujer transmite sensualidad y coquetería, en su mirada hay un asomo de picardía y aparece relajada, en el lienzo que se conserva en Chatsworth House exhibe un modesto recato y una seriedad más formal.  

'Dama con abanico' (detalle escote, Diego
Velázquez, Wallace Collection, Londres).
Es probable que nunca se dirima si la dama velazqueña es su hija Francisca, la duquesa de Chevreuse u otra mujer, anónima o identificable. Lo cierto es que Dama con abanico es uno de los más bellos retratos del artista, una pintura con un aura de misterio que se deja entrever en los grandes ojos de la mujer, en su mirada entre lánguida e incrédula, en la postura de su mano sobre el pecho izquierdo, a la vez discreta y atrevida. Y, sobre todo, está el pálido, amplio y generoso escote, una suerte de oasis en medio de la negrura combinada del velo y el marrón del vestido. 


Fachada del museo Wallace Collection (Londres).
El retrato que Velázquez conservó hasta su muerte lo contemplan ahora cientos de personas cada día. Llegó a manos de la familia Wallace en el año 1847, fecha en la que fue adquirido por el cuarto marqués de Hertford, el padre de Richard Wallace, el fundador del museo londinense. El marqués, un hombre avezado, de buen gusto y experto coleccionista de arte, pagó por el cuadro 15.000 francos, lo que al cambio vendrían a ser unas 600 libras de la época. 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Utopía y grafitis en pasos de peatones en La Latina


Los jóvenes de Mayo del 68 querían levantar los adoquines porque decían que, debajo, estaba el mar. Era una forma poética de instar a la revolución, a romper con lo establecido y a cuestionarlo todo. No trataban sólo de abrir ventanas políticas en la Asamblea Francesa, sino balcones reales por los que asomarse y respirar, hacer lo impensable, pensar lo imposible.

En mi barrio de La Latina (centro de Madrid) han aparecido estos últimos días mensajes revolucionarios, consignas que destilan ingenuidad y respiran candidez por cada una de sus palabras. No están escritos en las paredes, sino en el suelo, en los pasos de peatones, con unas letras estudiadamente geométricas que parecen trazadas con escuadra y cartabón.

Mensaje en el suelo frente a la basílica de
San Francisco el Grande (La Latina, Madrid).
Se trata de una iniciativa de un estudio de diseño, de unos profesionales unidos por el amor al grafiti que a finales de 2001 montaron una empresa para tratar de vivir de su pasión por el arte callejero. Boamistura, que así se llama el colectivo de artistas, ha sembrado el asfalto de Madrid de reflexiones hermosas, de propuestas amables y entusiastas que animan a meditar y ¡quién sabe si a entrar en acción! El mensaje más escueto de los que he visto en La Latina dice así: Volaremos sin movernos. Puede leerse en el cruce de la Carrera con la Gran Vía de San Francisco, en la confluencia con la calle de Bailén. Justo frente a la basílica de San Francisco el Grande. Da gusto contemplar cómo esas tres simples palabras arrancan amplias sonrisas a quienes aguardan su turno para cruzar.

Mensajes en el asfalto en el barrio de La Latina.
Me encanta la simplicidad de la pintada que proclama Desordenando la felicidad me encontré con la vida. Al fin y al cabo, ¿qué es el vivir sino una sucesión de instantes, hechos y fechas con los que jugamos a malabares? La encontraréis en el paso peatonal de la calle Bailén con la esquina de Don Pedro.

El mundo, del revés (grafiti
en La Latina, Madrid). 
Si el mundo está del revés, habrá que buscar cordura, es otra propuesta de Boamistura, seguramente más factible desde luego que tratar de enderezar el mundo, que era lo que ambicionaban los estudiantes y obreros del Mayo del 68 francés. Este grafiti se encuentra en el paso de peatones de la Gran Vía de San Francisco, frente a la tapia del Hospital de la Venerable Orden Tercera.  

Ha llovido mucho desde 1968 y el fardo de las revoluciones fallidas se ha hecho todavía más pesado. Pero la poesía, como decía Gabriel Celaya, sigue siendo un arma cargada de futuro. Dar la batalla con las palabras continúa siendo una aspiración legítima y valiente.

Madrid y tú, cosidos a besos (grafiti en La Latina).
Mi mensaje favorito es El día menos pensado te encuentran cosido a besos, que se despliega sobre el cemento en un paso peatonal de la calle Toledo, casi al filo de la Puerta de Toledo. Sin saber por qué, esas nueve palabras me dejan felizmente alelada. ¿A quién no le gustaría que lo cosieran a besos, lo hilvanaran en ternura y lo remendaran a base de caricias?

viernes, 7 de noviembre de 2014

La máscara de Ulises en Ítaca: tras las huellas del mito


En septiembre de 2012 pasé diez días de vacaciones en la isla griega de Cefalonia, que elegí por ser la más próxima a Ítaca. Desde mis tiempos del instituto ansiaba viajar a la patria del rey Odiseo, o como le llamaban los latinos, Ulises, cuyas andanzas narró Homero (siglo VIII a.C.) en el poema épico La Odisea.

La isla de Ítaca vista desde el pueblo de Fiskardo
 (isla de Cefalonia, Grecia).
Llegar a Cefalonia (en avión desde Atenas) fue fácil, pero una vez allí tuve que vencer la maldición de Ulises, y si el héroe griego tardó diez años en poder volver a Ítaca tras guerrear en Troya, a mí me costó tres intentos pisar la tierra donde Penélope se cansó de tejer y destejer mientras esperaba el regreso de su marido. La primera vez tratamos de cruzar a Ítaca desde el pueblecito cefalonio de Hagia Efimia, en un barco turístico, que resultó estar completo; la segunda vez nos decidimos por el ferry desde Sami, que esa mañana no zarpó por mal tiempo; y la tercera vez, asimismo desde Sami y en el ferry, embarcamos con nuestro coche de alquiler.

Cielos encapotados sobre Ítaca.
Ese día también llovía y soplaba un viento malcarado sobre el encrespado mar. Mi compañero se pasó los 45 minutos de la travesía bromeando con que nosotros, al contrario que Ulises, no llegaríamos a Ítaca. Pero sí llegamos, claro. Al puerto de Pisso Aetos, minúsculo, donde apenas hay un quiosco-bar y una marquesina bajo la cual resguardarse (del frío o del calor, según se tercie) mientras se espera el ferry. Desde Pisso Aetos se toma la única carretera que recorre la isla de Ítaca y, por tanto, serpentea por los apenas 30 kilómetros de distancia entre sus puntos más lejanos. La carretera, trazada al capricho de la orografía, sube y baja por riscos y acantilados hasta desembocar en cada uno de los catorce pueblos que hay desperdigados por la isla.

Busto de Ulises en Stavros (Ítaca, Grecia).
En Ítaca es imposible separar historia y leyenda. Homero relata que Ulises vivía allí muy feliz, junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco, hasta que tuvo que marcharse a luchar en Troya. Lo cierto es que, pese a que Homero describe en La Odisea más de 25 lugares exactos de Ítaca, ni los arqueólogos ni los historiadores los han localizado. De hecho, recientes excavaciones ubican el palacio de Ulises en Exoghi, aunque los eruditos ni siquiera se ponen de acuerdo en si Homero existió siquiera, o si sólo fue un contador de historias que compuso y juntó fragmentos de poesía oral en dos inmensos poemas, La Odisea y La Ilíada, que son las dos primeras obras de la épica griega (y, por tanto, de la literatura occidental).

En mi visita a Ítaca, que duró unas siete horas, recorrí el pintoresco Kioni y su marina, donde anclan lujosos yates; la apacible villa marinera de Frikés; y la capital de la isla, Vathi. Pero en ninguno de esos sitios encontré huellas de Ulises, ni de su aedo, Homero, salvo por los letreros de las tabernas o los reclamos de las tiendas de souvenirs. Hasta que llegamos a Stavros.

Maqueta con los viajes de Ulises según narra
Homero (Stavros, Ítaca, Grecia).
En la plaza de Stavros, una gran maqueta muestra los viajes de Ulises por el Mediterráneo, y justo al lado un busto del heroico rey griego ve pasar a los turistas en su infructuosa búsqueda del mito. Lo más cerca que nosotros estuvimos fue en el Museo Arqueológico de Stavros, tan pequeño y modesto que pasa fácilmente desapercibido, pero donde se guardan objetos desenterrados en el norte de la isla, con una antigüedad fechada desde el período pre-helénico hasta el Imperio Romano.

Fragmento de la máscara con inscripción
dedicada a Ulises (Stavros, Ítaca).
La mayoría de las piezas del museo de Stavros se encontraron en la cueva de Loizos, que fue un gran lugar de culto a los dioses desde la Antigüedad hasta el siglo I d.C. En ella se descubrieron numerosos objetos, desde cerámica a instrumentos de uso diario y amuletos ofrendados a los dioses, las ninfas y también a Odiseo.

'Dedicado a Ulises' (inscripción en
una máscara hallada en Loizos, Ítaca).

Una de las piezas más importantes desenterradas en Loizos, y que pueden verse en el minúsculo museo de Stavros, es un fragmento de una máscara femenina hecha de arcilla y grabada con las palabras ΕΓΧΗΝ ΟΔΥΣΣΕΙ (Dedicado a Ulises). Este trozo de piedra, que los arqueólogos fechan entre los siglos II y I d.C., es la única pieza encontrada en Ítaca que hace referencia al rey griego, y que probaría, según algunos investigadores, que Odiseo-Ulises existió en realidad (en torno al siglo XIII a.C.), que reinó en Ítaca y generó un culto que se perpetuó muchos siglos después de su muerte.

Las excavaciones arqueológicas continúan en la isla, y quién sabe si, uno de estos días, en el recinto que se supone fue el palacio de Ulises, o en otro promontorio, risco o cueva de Ítaca, aparecerán pruebas irrefutables de que el mito homérico fue de carne y hueso. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Viaje a Francia (y IV): Moulins, Bourges, París

(Etapa anterior del viaje a Francia: Rocamadour,Bourbon, Moulins)

El martes, 8 de julio, desayunamos en Les Vieux Murs (Souvigny), coincidimos con la pareja belga y los invitamos a hacer juntos la visita guiada a la iglesia de Souvigny (siglo X). No pudimos ver lo que más nos interesaba, la Capilla Vieja (siglo XIV), construida por el tercer duque de Borbón, Luis IIque fue enterrado allí junto a su esposa, su hijo y su nuera.

Duques de Borbón (Capilla Nueva, Souvigny).
Sí pudimos visitar la Capilla Nueva (siglo XV), edificada por el quinto duque de Borbón, Carlos I, donde reposan éste, su mujer y otros seis familiares. En la iglesia hay también un monumento a los santos Mayeul (siglo X) y Odilon (siglo XI), que se pensaba destruido en la Revolución Francesa y que fue descubierto en 2001.

Vidriera de los Borbones, en la catedral de Moulins.
La siguiente estación de nuestra agenda viajera fue Moulins, para ver la catedral y el Museo Anne de Beaujeuantiguo castillo de los Borbones, que se alza en una plaza presidida por un enorme árbol. La lluvia, fiel compañera de nuestro periplo francés, comenzaba a caer cuando salimos del museo, así que optamos por comprar vino, queso y frambuesas y recluirnos en Les Vieux Murs. A la mañana siguiente, miércoles 9, ya camino de Bourges (nuestra siguiente parada y fonda) nos detuvimos en la abadía de Noirlac, no muy interesante, pero con bonitos jardines de tilos.

Los cinco pórticos de la catedral gótica de Bourges. 
La llegada a Bourges fue, ¡cómo no!, bajo una lluvia espesa que algún exagerado tildaría de torrencial. Teníamos reserva en el Best Western L’Angleterre, muy céntrico y moderno, y la habitación daba al Teatro Municipal. Nada más dejar el coche en el párking, fuimos a la catedraliniciada a fines del siglo XII y un fiel ejemplo del arte gótico. Es un edificio impresionante, con una fachada que apabulla por su amplitud, proporciones y cinco pórticos que se corresponden a las cinco naves interiores.

Compramos el billete conjunto para la cripta y la torre, pero esa tarde sólo bajamos a  la cripta, en una visita guiada en francés para nosotros solos, que nos encantó: desde los restos de los frisos del Jubé de la catedral, a los apóstoles de piedra decapitados, a las esculturas del Descenso de la Cruz, el Leviatán y la Marmita del Infierno. Y, por supuesto, la estatua yacente del Duque de Berry (siglo XIV). Los restos del Duque (hermano de Carlos V y comanditario de esa joya que es Las Muy Ricas Horas del Duque de Berry), no están ahí, pues la tumba fue saqueada en la Revolución Francesa. Cenamos temprano en la Taberna del Mâitre Kanter: un plato de marisco con boulots (¿bígaros?, no sé bien cómo se traduce), mejillones y chucrut, a precio muy razonable.

Patio del Museo del Berry-Hotel Cujas (Bourges).
El jueves, 10 de julio, llovía desde primera hora sobre Bourges, así que nos decidimos por practicar el turismo de interior (es decir, bajo techo), empezando por el Museo del Berry-Hotel Cujas. ¡Muy bonito el edificio y lo que alberga, sobresaliente por las lápidas funerarias! Y, por supuesto, los pleurants (plañideros) del cenotafio original del Duque de Berry. Explicación: la verdadera escultura está en la cripta de la catedral (la vimos el día anterior), pero los dolientes originales se exhiben en este museo, y hay una réplica en el Palacio-Museo Jacques Coeur. 

Pese a que no dejaba de llover, decidí subir a la torre de la catedral, 396 escalones en soledad. Una vez en la cima, la lluvia y el viento hacían imposible disfrutar de las vistas. Pero valió la pena, pues cuando descendía por la escalera, unos grafitis en los muros me inspiraron un relato que aún no he terminado, pero que estará en mi próximo libro.

Reconstrucción del cenotafio del Duque de Berry
(Palacio-Museo Jacques Coeur, en Bourges).
Tras un breve paseo por la muralla galo-romana, comimos en una brasserie, deprisa porque a las 14:30 horas visitábamos el Palacio-Museo Jacques Coeur, quien fuera tesorero del rey Carlos VII. Es un placer recorrer las estancias, con curiosas chimeneas, en particular una con figuras que defienden un castillo desde las almenas. En otras hay monos comiendo, efigies de Jacques Coeur y flores de lis.

'Pleurants' del cenotafio del Duque de Berry
(Palacio-Museo Jacques Coeur, en Bourges).
Este palacio fue primero residencia privada de Coeur, después lo confiscó el rey y luego regresó a manos de la familia. Su último propietario fue Colbert, el ministro de Luis XIV, y tras la Revolución fue usado como ayuntamiento y juzgado. Es uno de los edificios más bellos de Bourges.

Coro musical de ángeles en el convento de los
Agustinos ('Noches Luminosas de Bourges').
Esa noche, la última de nuestra estancia en la capital del Duque de Berry, hicimos el recorrido llamado Las Noches Luminosas de Bourges (de mayo a septiembre), un paseo de lo más agradable durante el cual se camina por el casco antiguo de la ciudad, transformado por la música, la luz y las imágenes que se proyectan sobre fachadas de edificios emblemáticos. Había poca gente porque amenazaba lluvia, pero no hacía frío alguno y algunos de los trampantojos eran magníficos.  

A nuestro periplo francés le quedaban apenas tres días, así que el viernes, 11 de julio, fuimos en coche directos de Bourges a París, o para ser más exactos, al aeropuerto de Orly, donde teníamos que devolver el coche alquilado. Sin incidente alguno, cogimos un taxi al centro y nos registramos en el hotel Quartier Latin Pantheonque ya conocíamos.

Comimos en el café-bar Le Saint Séverin, con medio pichel de vino de Chinon (es costumbre obligada en cada estancia en París) y ensalada de chêvre chaud, y después visitamos la iglesia de Saint Séverin (frente al café), donde también es mi costumbre echar unas monedas en una de las capillas. Nunca dejan de sorprenderme el raro pilar en forma de palmera y la original atmósfera de la luz tamizada por las vidrieras góticas.

'El caballero de las flores' (Georges
Rochegrosse, Museo d'Orsay, París).
Estar en París y no ir de museos es imposible. Esa tarde de viernes fui al Museo d’Orsay, que recorrí en apenas dos horas, sin rigor, ya que de lo contrario me habría estresado. En esta ocasión me detuve en el simbolismo de la segunda planta. Me fascinó El caballero de las flores (1894), de Georges RochegrosseA la 17:30 empezó el cierre de salas y, en vez de remolonear, como suelo hacer, me apresuré a salir a la calle y pasear hasta Le Depart Saint Michel. A mitad de camino, el Pont des Arts y sus miles de candados del amor me dejaron anonadada. 

Vi atardecer en el barrio del Marais y para la cena, Chez MarianneEl servicio era un poco desastroso, desbordados por la clientela, pero la comida mereció la pena: falafel, hummus, berenjenas, tzatziki, aceitunas, queso y vino griego retsina.

Busto de Antínoo (Museo del Louvre).
El sábado, 12 de julio, me lo tomé con tranquilidad, y tras desayunar fui al Museo del Louvre, donde hice el recorrido habitual entre centenares de turistas. A la hora de comer, me reuní con mi compañero en Le Relais du Louvre. Fuimos a tomar café a una terraza al sol cerca de Les Halles, y dedicamos el resto de la tarde a deambular sin prisa, observando los barcos en el Sena y admirando las fachadas, hasta que cayó la noche sobre París. Al día siguiente, un avión nos devolvió a Madrid.