sábado, 22 de diciembre de 2012

Navidad sin paga extra, Navidad de 'Mujercitas'

Firma invitada: Luis Fermín Moreno (www.alandar.org)

Christmas won’t be Christmas without any presents". O, en román paladino, la Navidad no es lo mismo sin regalos. Con esta frase memorable comienza una de las historias más leídas en el mundo: Mujercitas (Little Women), de Louisa May Alcott.

Louisa May Alcott, a los 25 años.
La pronunció una chica de 15 años en un trasfondo de crisis y privaciones. A la familia March no le habían quitado la paga extra, pero la madre –el padre andaba ausente, guerreando- consideraba que no debían tener regalos “porque está siendo un invierno muy duro para todos, y no debemos gastar dinero por gusto o por capricho mientras nuestros hombres sufren tanto en el ejército. No podemos hacer mucho, pero sí pequeños sacrificios, y debemos hacerlos con alegría”.
 
'Little Women' ('Mujercitas'), de
la novelista Louisa May Alcott.
.
Corría el año 1861 y, pese a estar en la guerra de Secesión (1861-1865), la sociedad preindustrial –y preconsumista- norteamericana empezaba a sentir los efectos "perniciosos" de los nostálgicos cuentos navideños del inglés Charles Dickensque se dedicaba por aquel entonces a hacer lecturas públicas de sus obras por todo el país. Porque celebrar la Navidad, que ahora nos parece tan imprescindible, no iba de suyo en los Estados Unidos del siglo XIX. El día 25 de diciembre no fue declarado festivo hasta 1870 y numerosos grupos religiosos (puritanos, metodistas, baptistas, presbiterianos, cuáqueros) se oponían firmemente a la celebración de actos litúrgicos especiales.

Charles Dickens, en su escritorio (1860).
Tampoco había regalos. La norma social habitual era ofrecer a los niños pequeños –y únicamente a ellos- objetos fabricados a mano o en casa: juguetes de madera, dulces caseros, vestidos, etc. Las hermanas March, que sueñan con comprar libros, partituras o lápices de dibujo eran unas jóvenes precursoras del espíritu lúdico-comercial navideño que, paradójicamente, los norteamericanos acabarían difundiendo por todo el mundo, países no cristianos incluidos.

Árbol de Navidad en un bosque helado.
Las March, con la ayuda de su madre y merced a una visita procesional a sus hambrientos vecinos inmigrantes, a los que llevaron su desayuno, acabaron descubriendo que sí, que la frase es cierta: que no hay Navidad sin regalos. Pero no en el sentido estrecho en el que ellas la entendían. La generosidad –y, por tanto, el amor- las hizo sentirse más felices que nunca y convirtió ese día en una Navidad triunfal. Aprendieron que la mejor Navidad es la Navidad comprometida.

Tumbas de la familia Alcott, en Sleepy Hollow
(Concord, USA). La bandera marca la de Louisa May.
Tal vez sea eso lo que conviene plantearse. ¿Qué celebramos? ¿Y cómo? ¿Podemos quejarnos de no tener paga extra cuando hay familias que se han quedado sin casa, hogares en los que no entra un céntimo desde hace meses, hombres y mujeres que buscan y rebuscan entre los cubos de basura? ¿Es una tragedia de verdad una Navidad sin regalos o sin marisco en la mesa? ¿O es una oportunidad? De ver las cosas de otro modo. De enseñárselas a los niños. De comenzar a vivirlas. De compartir lo poco que tenemos con quienes tienen todavía mucho menos. De volver a la Navidad que realmente preconizaba Dickens: la celebración de la fraternidad humana. En nuestras manos está.

 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Queridos Mayas: el mundo no se acaba este viernes

La Tierra de noche (composición fotográfica
hecha por satélites de la Nasa).
No parece gran cosa vista así, desde lo alto y de noche. Unos pocos miles de puntos de luz conectados entre sí, a veces formando olas de mar, otras veces simulando brazos de tierra, las más de las ocasiones, abriendo solitarias rutas por desiertos, sabanas, tundras y selvas deshabitadas. Y, sin embargo, es la maravilla de las maravillas: la Tierra, el planeta azul de los cuatro océanos y los cinco continentes, el hogar de los humanos y el inagotable yacimiento arqueológico de las civilizaciones y especies que nos precedieron.

Una de esas civilizaciones, la de los Mayas, predijo hace cientos de años que el mundo se acabaría el día del solsticio de diciembre de 2012, es decir, este viernes. Una superchería como la que el año 2000 llevó a Paco Rabanne a retirarse, inspirado en Nostradamus, convencido de que la estación MIR se desplomaría sobre París.

'Los cuatro jinetes del Apocalipsis'
(Alberto Durero).
Todo este año 2012 han proliferado las webs que extienden la teoría apocalíptica y hacen negocio con ella, al punto de que la Nasa ha tenido que salir al paso negando que el Armagedón esté al caer. Tampoco parece probable que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis salgan del cuadro de Alberto Durero (1471-1528) y se pongan a cabalgar.

¿Qué es lo que los Mayas auguraron en realidad? Los más pesimistas dicen que este viernes habrá una gran catástrofe espacial: colisión con asteroide, agujero negro, tormentas solares, cambios de polos magnéticos, terremotos... incluso una invasión extraterrestre. Pero también hay quien lee la profecía con amplitud de miras y sugiere que el viernes los habitantes de la Tierra notarán un cambio físico y/o espiritual, que marcará el inicio de una nueva era.   

Pirámides de la época dorada de los Mayas.

Los descreídos desmontan todo fatalismo recordando otras predicciones que se quedaron en nada. En 1844, el predicador bautista americano William Miller  predijo el regreso de Jesucristo y el fin del mundo, basándose en la Biblia. En 1975, los Testigos de Jehová anunciaron el fin del mundo, igual que hicieron en 1914. En 2000, además del lumbreras de Rabanne, hubo quien habló de un error informático que traería el caos en el cambio de milenio.
 
El desastre espacial es la profecía
más recurrente en las teorías
del fin del mundo.
Los astrónomos rechazan las amenazas interplanetarias y demás zarandajas, con el argumento de que se contradicen con las más simples observaciones astronómicas. Y, sin embargo, las autoridades de medio mundo están en alerta por el peligro extra de todo Apocalipsis: el temor a las conductas desordenadas de miles de ciudadanos, que dicen no poder comer ni dormir, y que ven conspiraciones por todas partes para ocultar la verdad. Y lo más inquietante: la reproducción de mensajes con amenazas suicidas e incluso de suicidios rituales. 
Soy moderadamente optimista, así que estoy segura de que, el día 22, España y el mundo amanecerán con su acostumbrada carga de crisis, temor y felicidad. Y en gran parte del planeta Tierra, el día 25, se celebrará la vigencia de un mensaje, el que trajo un tal Jesús de Nazaret, piedra angular de una de las tres religiones monoteístas, que sustituyeron los mitos ancestrales por la fe actual.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Notre-Dame de París celebra sus primeros 850 años

Un 'bateau' surca el Sena frente a la catedral
de Notre-Dame (París). 
(Más sobre París aquí)

Ayer, día 12, arrancó en París el Jubileo por los 850 años de la construcción de la catedral de Notre-Dameel templo gótico más emblemático del mundo, por donde cada año pasan 14 millones de visitantes, y que lleva desde el siglo XIII asentado en la Île de la Cité, con sus torres inacabadas, sus estatuas apretujadas, sus gárgolas y rosetones, viendo los barcos y las gentes pasar.

Gárgola de Notre-Dame sobre el río Sena.
Hasta el 24 de noviembre de 2013, Notre-Dame lucirá sus mejores galas en todo el itinerario del Jubileo, que comienza en la Puerta Jubilar y sigue por el interior en la fachada occidental, las fuentes bautismales, los rosetones, el altar y el coro, pasando por la Virgen del Pilar, la capilla del Santo Sacramento y las reliquias de la Pasión de Jesucristo.
 
Reliquia de la Corona de Espinas (Tesoro
de Notre-Dame de París).
Los amantes del arte sacro no deben perderse las colecciones del Tesoro, que han sido revisadas y puestas al día, a modo de recorrido histórico. Aquí se guarda la Corona de Espinassupuestamente portada por Jesucristo en la Pasión, y que compró el rey francés San Luis a Baldwin II, el último emperador de Constantinopla.

La primera piedra de la iglesia parisina se puso en 1163, y en menos de veinte años se  habían construido el coro y el doble deambulatorio.
 
Ilustración de portada de la primera
edición de la novela 'Notre-Dame de París'.
Con todo, a este monumento nacional le insufló vida eterna la novela de Víctor Hugo (1802-1885) Notre-Dame de París (1831) (PDF del libro aquí), inscrita en el movimiento reivindicativo de la Edad Media que apadrinaron Viollet-le-Duc (1814-79), Prosper Merimée (1803-70) y los románticos. El "prodigio" medieval, como decía Hugo, se convirtió en seguida en un edificio lleno de misterios y leyendas, en un personaje vivo, vibrante y combativo, por donde se deslizaba el jorobado Quasimodo en pos de la zíngara Esmeralda. Casi doscientos años después, personas de todo el mundo siguen abrumadas frente a esta bellísima página de la arquitectura que es Notre-Dame de París.


'Enrique IV como Hércules', cuadro
pintado por Toussaint Dubreuil.

Desde hoy mismo, queda un año para visitar París y su catedral, caminar por las orillas del Sena, alternar en las brasseries, ir de museos y librerías. Porque París bien vale una misa, como ya dijo Enrique IV, el Caballero del Verde Galán, (1553-1610), marido de la reina Margot, hugonote reconvertido y primer rey Borbón francés. Su estatua ecuestre en el Pont Neuf es uno de los monumentos más paseados del Sena. Pero a mí siempre me ha gustado (y también intrigado) cómo pudo este rey tan crucial para la historia de Francia posar de esta guisa para su pintor de cámara, Toussaint Dubreuil (1561-1602).

sábado, 8 de diciembre de 2012

Recuerdos de Siria y Jordania (II): Crac, Alepo y Palmira

(Más sobre Siria y Jordania aquí)

Castillo de Crac de los Caballeros (Siria).
Después de visitar Maaloula, el viaje por Siria y Jordania, en agosto de 2007, me llevó a Crac de los Caballeros, una imponente fortaleza de la época de los cruzados y el castillo mejor conservado de Oriente Medio. Fue construido por los templarios de Trípoli, y parecía impensable que el recinto, rodeado por muros que cobijaban a 3.000 personas, cayera bajo asedio. Pero cayó, en 1271, y Europa lo vivió como una gran desgracia.

Mezquita de Alepo (Siria).
De la siguiente etapa en el camino, Alepome gustó todo. Si las bombas no lo han destruido, tendrá todavía un casco antiguo Patrimonio de la Humanidad; una ciudadela del siglo XIIIun zoco bullicioso donde comprar especias y joyas, pañuelos de seda y niqabs, calzado de segunda mano y antigüedades de verdad. Nuestro hotel, el Chahba Cham Palace, estaba algo alejado, y la primera noche fuimos paseando hasta el centro, poniendo a prueba el sentido de la orientación de mi compañero. Llegamos a la explanada de la mezquita, deambulamos un rato y descubrimos un bar-restaurante-cacharrería con terraza en una bonita plaza. 
 
Lámina de Corán comprada
en el zoco de Alepo (Siria).
Después de tomar una copa, cogimos un taxi para volver al hotel. En Damasco ya habíamos tenido experiencias con taxistas que no sabían inglés, para lo cual siempre llevábamos una tarjeta en árabe con las direcciones y un plano. Pero el taxista de Alepo no entendía inglés ni sabía leer el plano, y a los pocos minutos mi compañero se percató de que nos llevaba en dirección contraria. Tras dar la vuelta y pararse en otro hotel a preguntar por el nuestro, tuvo que ser mi acompañante quien guiara al taxista. Así llegamos al hotel, muertos de la risa por lo absurdo de la situación. Lo curioso es que en ningún momento sentimos miedo ni desconfianza. Ni esa noche, ni ninguna de las que pasamos en Siria y en Jordania. Del zoco de Alepo me traje varios recuerdos, entre ellos, una página de un Corán iluminada con miniaturas iraníes y varios pañuelos de seda.

Columna de Simeón el Estilita (Siria).
Cerca de Alepo, en Qala’at Samaanes donde la leyenda sitúa el emplazamiento de la columna de Simeón el Estilita (390-459), el riguroso santo asceta que decidió hacer penitencia, durante 37 años, subido en una pequeña plataforma sobre una columna. Es el anacoreta que hizo aún más famoso Luis Buñuel con su película Simón del desierto (1965). Otra visita imprescindible en Siria son las ruinas helenísticas de Afamiaconocida como la ciudad de las mil columnas, que sorprenden aún más por estar en mitad del campo, sin acordonar ni proteger.

Nos despedimos de Siria en la mítica Palmirael reino de Zenobia (245-272), uno de los recintos arqueológicos más impresionantes del mundo y un oasis de belleza en mitad del desierto. Zenobia decía ser descendiente de Cleopatra VII, la también legendaria reina de Egipto. Parece muy dudoso, pero los historiadores están de acuerdo en que era una gobernante culta, amante de las artes, políglota y valiente.

Arco de Triunfo de Palmira (Siria)
En Palmira hay muchas cosas que ver: el Templo de Bel, la célebre Columnata (una de las más bellas del mundo clásico), el Valle de las Tumbas, el Ágora y el Teatro, del siglo II, así como el Tetrapilon. Palmira se construyó gracias a la existencia de un rico oasis de palmeras, lo que la convirtió en sitio de paso del comercio caravanero, al unir las rutas de India, China y Mesopotamia con las del Mediterráneo.

Nuestro hotel, el Semiramis, estaba a unos minutos a pie de las ruinas, espectaculares a la luz de la Luna. Así las recorrimos, el rostro azotado por un viento que barría la arena y hacía difícil tomar fotografías, ya que constantemente se  taponaba el objetivo. Fue impresionante pasar bajo la enorme puerta de piedra de Adriano, el emperador romano que veneraba la Grecia Antigua con un amor tal, que tuvo que dejar huellas de su paso por todo Oriente.
 
Torres-tumba de Palmira (Siria).
Otras construcciones características de Palmira son las torres-tumba donde se enterraba a las familias ricas durante la época clásica de la ciudad. Aunque en la Palmira de hoy apenas queda rastro de la mítica Zenobia, paseando por las ruinas de lo que fue su reino es fácil comprender por qué la llamaban la Cleopatra siria.
 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Mujeres que pintan... porque leen

Me la encontré en el British Museum, donde la tienen recluida tras un cristal como la joya preciosa que es: una vasija griega de una mujer leyendo, fabricada en el siglo V antes de Cristo, presumiblemente en Nola, que demuestra que en la Atenas clásica las mujeres sabían leer, pese a que las niñas no eran escolarizadas. Que yo sepa, es una de las más antiguas representaciones de mujeres lectoras en el arte.
 
'Anunciación', de Giotto.
Surcando los siglos, aparecen otras mujeres entregadas al placer de la lectura. En la Edad Media y el Renacimiento, por ejemplo, abundan las pinturas de la Anunciación donde la Virgen tiene un libro en las manos o en el regazo. Por supuesto, que la María real leyera es históricamente improbable, pues su extracción  social en la Palestina de hace 2012 años la condenaría al analfabetismo. Entonces, ¿por qué se la representa leyendo? ¿Para simbolizar su sabiduría? Para mí, es deliciosa esta Anunciación, de Giotto, que puede verse en el museo del Prado (Madrid), con una virgen muy humana.
 
A mediados del siglo XVI, la lectura se generalizó entre las mujeres de clase alta, y en el siglo XVIII hubo una explosión de las mujeres lectoras en los salones de las capitales europeas, particularmente, París. Ya he hablado aquí de Madame de Sévigné y las Cartas a su hija. A finales del siglo XIX, casi toda la población de Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos sabía leer y escribir, pero en España eso no ocurrió hasta los años sesenta del siglo XX. Muchas mujeres sabían leer, pero no escribir.
 


'La lectura' (o 'La sombrilla verde'), de
la pintora Berthe Morisot (1841-1895).
¿Por qué leen tanto las mujeres, casi siempre en soledad, ya sea en la intimidad de sus habitaciones o en el exterior? ¿Hay en ello algún tipo de simbolismo asociado a la turbulencia de la primera edad? A mí me parece que, en el arte, la mujer que lee es un enigma, y no dejo de preguntarme qué estará leyendo, si le gusta o entretiene, o si, por el contrario, está aburrida, pero esa lectura a solas es el único refugio a una vida de la que quiere escapar. No parece el caso de La lectura, el óleo de la primera pintora impresionista, Berthe Morisot, de la que ya hablé en ese blog.
 
'Las hermanas Browning', de William
Rothenstein (1900).
Me gusta particularmente el cuadro Las hermanas Browning (1900), de William Rothenstein, pese a la austeridad a la flamenca que destila. Las modelos fueron la mujer del artista, Alice, y la hermana de ésta, Grace. Sorprende que un interior tan encorsetado sea, a la vez, de una placidez tal, que invite al espectador a introducirse en la escena doméstica para contemplar los escasos detalles decorativos y disfrutar de esa lectura en confortable silencio. A solas, pero a la vez acompañado.
 
Tamara de Lempicka.
Muy distinta es la obra de Tamara de Lempicka (1898-1980), famosa por la belleza de sus retratos femeninos de estilo art decó. Ella misma posó para el lienzo de otros artistas, así como ante la cámara fotográfica, siempre sofisticada y con un aura de distante frialdad.
 
Entre los temas de sus cuadros son frecuentes las mujeres etéreas vestidas con ropajes vaporosos, a menudo flotantes, si bien también pintó muchos desnudos (femeninos y masculinos) y retrató a chicas jóvenes, como su propia hija, Kizette, con la que tuvo siempre una relación muy cercana.
 
Mujer polifacética y decidida, voluntariosa y siempre dispuesta a correr riesgos, Tamara de Lempicka también usó el libro, el acto de la lectura, como motivo para definir a sus modelos.
 
'Kizette en rosa', de Tamara de
Lempicka.
 
El cuadro Kizette en rosa es una de sus obras más conocidas, y en él retrata a su hija con la precisión de una fotógrafa. La modelo mira con fijeza al espectador, sorprendida en un momento único de conocimiento y disfrute. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que aporta la letra escrita?

viernes, 9 de noviembre de 2012

Séraphine Louis: la extraña pintora naïf y su Pigmalión

(Más sobre Séraphine Louis aquí)

Es curioso cómo se retroalimentan las redes sociales. Y no me refiero al horroroso coreano que se ha hecho universal con el no menos horroroso baile del caballo. Hablo de esos post que se escriben como las antiguas hojas sueltas, a ritmo de inspiración tardía, esas frases que desencriptamos porque un día vimos una película, leímos un libro o espiamos una charla. Detalles que vuelan como migajas en un campo en plena siega o en tórrida cosecha.

'El árbol de la vida', cuadro de
Séraphine Louis.
Me ha pasado con entradas de este blog como las de Séraphine Louis (1884-1934), La insolación, de Carmen Laforet, las versiones en inglés de la momia de Cleopatra o los mármoles del Partenón. También con lo que conté sobre Beatrice Stella Campbell (1865-1940), de quien supe, por casualidad, en uno de mis semanales merodeos por la National Gallery de Londres, que le dedicaba una exposición temporal.
Casi todas ellas, entradas que pensé que nadie leería, o muy pocos de mis exiguos lectores. Pero ha resultado que no, que cada semana, en estos tres años de blog, esos textos figuran entre los más vistos. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Qué hace que alguien bucee en un blog en castellano para dar con una página sobre una actriz tan poco conocida, incluso en Inglaterra, como Beatrice Stella?

Foto que muestra a Séraphine Louis
pintando su obra 'El cerezo'
Y mi estupor es mayor al comprobar el interés que sigue suscitando lo que escribí sobre la pintora naïf francesa Séraphine Louisuna mujer casi analfabeta, artista vocacional, que murió pobre y loca. Alguien que pintaba árboles de carne y hueso, con ojos, inmensos ojos que se abrían en la espesura, vigilantes, comunicando un desasosiego instantáneo. Una mujer que empezó a pintar porque su Ángel de la Guarda se lo ordenó, y que fue descubierta por el marchante alemán Wilhelm Uhde (1874-1947), quien la empleaba como sirvienta en Senlis.
'Tigre sorprendido en una tormenta', de
Henri Rousseau.
Los cuadros de Séraphine son coloridos, de una rara exuberancia (como sucede con los de Henri Rousseau (1844-1910), a quien también alentó Uhde), pero en seguida se detecta en ellos a criaturas agazapadas entre el follaje, y el espectador cae en la cuenta de la corporeidad de unas hojas como hígados y unos ojos almendrados como vesículas. Es entonces cuando los lienzos de Séraphine contagian una desazón que no entronca con la mística, sino más bien con el horror de lo vacuo.


Wilhem Uhde, marchante de arte
y descubridor de Séraphine Louis.
El Pigmalión de Séraphine, Wilhem Uhde, fue quien la ayudó con dinero y la alentó a refinar su estilo (sin conseguirlo). Él fue testigo del avance de la demencia (en forma de visiones y alucinaciones), que llevaría a Séraphine al asilo donde moriría diez años más tarde, de un terrible cáncer de mama nunca tratado. Uhde dejó escrito cómo los primeros cuadros de Séraphine irradiaban, repletos de frutas y hojas. Y también consignó cómo esas obras fueron dando paso a unas  pinturas donde brotaban tentáculos de las granadas y limones, con plantas amenazadoras.
La primera exposición consagrada a Séraphine Louis tuvo lugar en 1945, en París, a instancias de Uhde, que exhibió decenas de sus obras. Ya para entonces, de los 200 cuadros que ella pintó, sólo quedaban 70, que hoy están repartidos entre los museos de Arte de Senlis y Maillot y Pompidou, en París.
Séraphine nunca vio ni supo, acaso ni imaginó, el éxito que alcanzaría. Y seguro que pensaría que era obra de su Ángel de la Guarda si supiera que, casi 80 años después de muerta, gente de medio mundo, que jamás se ha visto, escribe sobre su vida extraña y su obra enigmática.

jueves, 1 de noviembre de 2012

De difuntos, Rufus Wainwright y García Lorca

¡Feliz día de los difuntos! Disfrutad de la resaca post Halloween o como se quiera llamar a esta festividad de la muerte triunfante, que es al fin y al cabo la última de las victorias en la batalla de las efímeras humanas vanidades.

El artista canadiense Rufus Wainwright.
Pocos tan vanidosos como el cantante canadiense Rufus Wainwright para poner música a la banda sonora de un día consagrado a la muerte. Y, ¡lo que es la vida!, pocas canciones dan en la diana con tanto acierto como el Hallelujah que escribió Leonard Cohen, pero que ha hecho universalmente famoso Rufus.

Dicen las malas lenguas que a Leonard Cohen nunca le gustó mucho la versión de Rufus, demasiado afectada… vino a decir. Quizá por eso, el destino le jugó una magistral jugada al premio Príncipe de Asturias 2011 y, hoy en día, Rufus Wainwright no sólo es quien mejor canta el Hallelujah que compuso Cohen, sino también el padre de su nieta Viva, pues cuando Rufus y su novio decidieron tener un hijo con una madre de adopción, ¿a quién se lo pidieron? ¡A Lorca Cohen, la hija de Leonard Cohen!
Federico García Lorca, poeta
 asesinado en la Guerra Civil española.
¿No es la vida una retorcida caja de sorpresas? Claro, que cuando Leonard Cohen le puso a su hija el nombre de Lorca, por el masacrado poeta granadino Federico García Lorca, bien podía haber intuido que la genealogía puede no ser una ciencia exacta, pero los árboles genealógicos sí que hunden sus raíces en lo profundo.

Tan profundo como fue enterrado y se deben de haber podrido ya los huesos de García Lorca, un cuerpo nunca encontrado, unido a los cientos de miles de españoles represaliados, masacrados, echados al olvido injusto por mor de una guerra terrible cuya épica dictaron los vencedores y cuyas heridas en ambos bandos, más de setenta años después de cerrar en falso, aún supuran.

Descansen en paz, si es que la paz es posible. 

sábado, 27 de octubre de 2012

Los hombres de Jane Austen (II): Samuel Blackall

(Más sobre los hombres de Jane Austen aquí)


Samuel Blackall es una incógnita
más en la vida de Jane Austen.
En 2009, el historiador literario Andrew Norman publicó Jane Austen: An Unrequited Love, donde proclamaba que el auténtico amor de Jane Austen (1775-1817) fue un clérigo llamado Samuel Blackall, a quien la novelista conoció en 1798. De ese encuentro habló la escritora en una carta. “No parece probable que él venga a Hampshire estas Navidades, y es de suponer que nuestra indiferencia sea pronto mutua, a menos que su mirada, que al principio se encendió sin conocerme, se avive de nuevo sin verme”, escribió Jane.

Catherine Hubback, sobrina
de Jane Austen y escritora.
A pesar de esta “mutua indiferencia”, mucha gente piensa que Blackall fue el verdadero amor de la novelista. Así lo creía, por ejemplo, una de sus sobrinas, Catherine Hubback (1818-77), quien dejó escrito: “Si alguna vez estuvo enamorada, creo que fue del doctor Blackall, a quien conoció junto al mar… Sin duda ella lo admiraba profundamente, y quizá se arrepintió de haber separado sus caminos”. Esta sobrina de Jane fue también escritora y, de hecho, firmó una secuela de Los Watson que tituló La hermana pequeña. Sin mucho éxito literario y escasa trascendencia.

'Una inglesa en California',
de Catherine Hubback.
En cambio, la sobrina fue bastante más aventurera que la tía y, con 52 años, partió de Inglaterra rumbo a Estados Unidos. Fue hasta California en el ferrocarril transcontinental y se asentó en Ockland, en la orilla este de la bahía de San Francisco. Desde allí escribió numerosas cartas, recogidas luego en el libro Una inglesa en California. 

Otros dos sobrinos de Jane Austen, su biógrafo James Edward y la hermana de éste, Caroline, dudaban de la historia amorosa con Samuel Blackall. Según Caroline, su tía “siempre dijo que sus libros eran sus hijos, que le daban interés y felicidad más que suficientes; y en algunas de sus cartas, al hablar de las mujeres casadas, se felicitaba de su propia libertad".

¿Es posible saber, de verdad, por quién latía el corazón de Jane Austen? No. Está comprobado, eso sí, que tras su primer encuentro, Jane y Blackall se vieron de nuevo por casualidad, en 1802, en el mercado de la ciudad de Totnes (Devon). Al parecer, él estaba allí visitando a su hermano, que trabajaba como doctor. "Busqué en la ciudad y encontré a un doctor John Blackall registrado en Totnes, que resultó ser el hermano de Samuel", detalla el autor de An Unrequited Love, el historiador Andrew Norman, que es autor de otras biografías, como las de Arthur Conan Doyle, TS Lawrence y Sir Francis Drake.

Obra de Andrew Norman, que 'descubre'
el amor de Jane por un clérigo.

Todo este oscurantismo se produce porque la mayoría de cosas que se saben de la vida de Jane Austen se conocen por las cartas que intercambió con su hermana Cassandra (1774-1845), y apenas se conserva ninguna de los años 1801-1804. Andrew Norman, como muchos otros estudiosos, sostienen que Cassandra destruyó las misivas que contenían indiscreciones de Jane o asuntos banales. Incluso llega a sugerir que la autora y su hermana se distanciaron por el afecto del clérigo. Para Norman, está claro que Los Watson, de 1804 (historia de amor de una mujer destruida por una hermana “sin fe, sin honor ni escrúpulos, con tal de conseguir lo que se propone”) estaba basada en la disputa amorosa con Cassandra.

Aunque, en un poema de 1807, Jane habla en términos poco esperanzadores del amor ("Es la causa de muchas promesas / Humedece los ojos y enrojece la nariz / Y muy a menudo cambia a aquellos / que una vez fueron amigos en amargos enemigos”), es muy probable que nunca sepamos si estas líneas iban dedicadas a Samuel Blackall, a otro pretendiente, a un amor imposible o al Mr. Darcy universal. Si creemos a Deirdre Le Faye, considerada la biógrafa definitiva de Jane Austen, las conclusiones de Andrew Norman tienen poco sustento y el amor por el clérigo no habría sido tal.

A falta de otras pistas, a los lectores de Jane Austen nos quedan sus novelas y sus cartas. Su experiencia y su mapa preciso con las coordenadas certeras de una clase de amor, galante y trasnochado, sí, pero amor universal.

domingo, 21 de octubre de 2012

Recuerdos de Siria y Jordania (I): Damasco y Maaloula

Siria se desangra y Occidente se tapa los oídos para no escuchar los gritos de los civiles masacrados. No juzgo quién tiene más culpa ni qué bando debe ser el primero en dejar de disparar, pero se me encoge el corazón con cada muerte en directo en televisión. Y recuerdo el país lleno de vida, historia y arte que recorrí hace cinco años y de donde guardo varios pequeños tesoros.

Mujeres con niqab y hijab en el Palacio Azem
(Ciudad  Antigua de Damasco).
Agosto de 2007. Llegamos a Damasco al caer la tarde. Mi compañero de fatigas desfallecía con el mal de estómago de los incautos europeos. Hacía una noche preciosa y, tras cenar en el restaurante giratorio de la última planta de nuestro hotel, Cham Palace, unos pocos salimos en busca del mítico Zoco. Mi compañero se quedó en la cama y yo me sumé a la excursión como improvisada cicerone. A los veinte minutos estábamos a los pies del caballo de Saladino, el defensor de Tierra Santa durante las Cruzadas. Penetramos en la ciudad vieja, rodeada por una muralla romana, y en cuyo interior hay patios de naranjos, mezquitas y palacios. Quedaban pocos cafés abiertos, pero seguía habiendo vida, no en vano, Damasco es la ciudad más antigua del mundo ininterrumpidamente habitada. Admiramos entre sombras la Mezquita de los Omeyas, del siglo VIII, donde están las tumbas de San Juan Bautista y de Saladino, y emprendimos el regreso al Cham Palace.

Ruinas romanas en la entrada al Zoco de Damasco.
A la mañana siguiente, aún sin mi compañero, convaleciente en el hotel, visité el Museo Arqueológico y la Gran Mezquita, que tiene un precioso patio de mármol y tres minaretes. Tuve que vestir la túnica impuesta a las mujeres, cubrirme la cabeza y andar descalza, pero mereció la pena, por la belleza del lugar y por ver cómo practican los sirios los ritos del Islam. Salvo para entrar a los sitios sagrados, las mujeres extranjeras pueden vestir como quieran, y aunque las minifaldas y hombros demasiado al desnudo se llevarán más de una mirada de reojo, la norma es dejar hacer libremente.

Guardo un recuerdo especial del Palacio Azem, porque fue aquí donde encontré a dos personas con las que aún me une una buena amistad, y porque en una tienda de antigüedades próxima compré este anillo de plata, uno de mis favoritos. A la hora de la comida, mi compañero al fin pudo unirse al grupo, y a partir de entonces los dos hicimos por libre la visita de Damasco, que incluyó el Zoco y, al día siguiente, la Casa de Ananías y la iglesia de San Pablo. Vimos la puerta por donde el santo escapó de los judíos, descolgándose por la muralla metido en una cesta (así lo cuenta la Biblia), vagamos por la ciudad vieja entre ruinas de columnas y capiteles, tomamos una cerveza en un café al aire libre, y comprobamos que Damasco era una ciudad segura, viva y moderna.
 

Maaloula desde el monasterio de San Sergio.

Desde Damasco, el viaje por Siria nos llevó hasta Maaloula, una localidad de profundas raíces cristianas, incrustada en la ladera peñascosa de una montaña. Algunos de sus habitantes todavía hablan arameo (el idioma de Jesucristo), y en la capilla de San Sergio y San Baco algunas misas se celebran en este idioma casi desaparecido. Nosotros pudimos escuchar un Padre Nuestro en arameo, en una ceremonia que nos prohibieron fotografiar y grabar. ¡Lástima!
 
Incienso del monasterio San Sergio (Maaloula)
De este monasterio me traje un frasquito de incienso bendecido que voy quemando en pequeñas dosis (en momentos especiales) y un CD con los Oficios de Viernes Santo. Antes de abandonar Maaloula, me acerqué a una tienda donde un artesano rellenaba botellitas de cristal con arena de varios colores, con la única ayuda de sus manos y los certeros giros de muñeca, hasta formar dibujos.
 
Yo compré esta pequeña botella con la silueta de un camello y el nombre de la ciudad, Maaloula, escrito en los delicados surcos de arena amarilla. En los siguientes días, en otras ciudades, vimos más artesanos de este tipo y trabajos de mayor dificultad, pero ninguno me gustó tanto como el escuálido camello de Maaloula que me traje a casa.

domingo, 14 de octubre de 2012

'2001, Una odisea...' y 'Blade Runner': películas tótem

Tenía 16 años y estudiaba 3º de Bachillerato. Ese día, el profesor de Filosofía trasladó la clase al pequeño, humilde y desnudo salón de actos de mi instituto andaluz de periferia. Apagó las luces, encendió el proyector y la pantalla se llenó de una música perturbadora y unas imágenes deslumbrantes, poderosas y magníficas.

Escena 'Amanecer de la Humanidad', de la película
'2001, Una odisea en el espacio' (Ridley Scott).
Salvo que el alzheimer siegue mis recuerdos, jamás olvidaré el nudo en el estómago que me causaron los monolitos negros, ni la desazón por la rebelión de HAL 9000, ni el asombro cuando el astronauta se convierte en feto. Fue uno de esos momentos que me cambiaron por dentro. La película, por supuesto, era 2001, Una odisea en el espacio, del director estadounidense Stanley Kubrick (1928-1999), estrenada en 1968 y con guión del escritor Arthur C. Clarke (1917-2008), basándose en su novela corta El centinela.
 
Mi profesor de Filosofía estuvo una semana hablándonos de ella, tratando de explicar a aquellos muchachos preuniversitarios el sentido de esa grandiosa metáfora de la existencia, volcado en inculcarnos la importancia de hacernos preguntas, ya que ése es el único camino hacia el conocimiento. Mi profesor insistía en distinguir intuición y razón, nos invitaba a explorar los cimientos de los mitos, las raíces de las leyendas y el descubrimiento de la experiencia. Falló estrepitosamente, claro, y la mayoría entramos en la Universidad sin saber de qué diantres iba esa película o qué era la Filosofía.




He visto decenas de veces 2001, Una odisea en el espacio, y sigo sin entenderla del todo. Lo único que los años han cambiado es que ya no me frustra desconocer las respuestas: hace tiempo que comprendí que las obras de arte son fortalezas inexpugnables ante las que sólo cabe rendirse y disfrutar (si nos es concedido) de un instante de gracia... y de belleza.

Rutger Hauer, el replicante Roy Batty de Blade Runner 
Otro peldaño mágico en mi camino a la edad adulta está ligado a Blade Runner, la película de culto de Ridley Scott (1937), estrenada en el año 1982 y basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick (1928-82). Scott ya era un mago de la ciencia ficción desde que en 1979 estrenó Alien, el octavo pasajero. Pero con Blade Runner dio un salto mortal hacia delante con pirueta existencial incluida.
Porque en Blade Runner plantea un mundo en el que se diluye la frontera entre humanos y máquinas (sofisticados replicantes, seres perfectos aliñados en laboratorio con los mejores ingredientes de la raza humana). Los replicantes tienen fecha de caducidad, pero a diferencia de hombres y mujeres, estos seres artificiales sí conocen el día y hora de su muerte. Y será el pavor, la rabia y la rebelión contra esa finitud la que llevará a los replicantes, acaudillados por el simplemente perfecto Rutger Hauer (1944), a declarar la guerra a su Creador.
 

La película tiene escenas y diálogos impecables, entre ellos, el conocido "Como lágrimas en la lluvia” (Like tears in the rain), donde el soberbio replicante, que ama la vida por encima de todo, salva a su enemigo (el policía Deckard, interpretado por Harrison Ford) en ese tejado bajo la lluvia donde alza el vuelo una blanca paloma. O el sueño del unicornio, al que los distintos montajes de la película han dado su exacta dimensión. Y todo, arropado por la música de Vangelis.

Han pasado treinta años desde que se estrenó Blade Runner y veinte desde la primera vez que yo la vi en cine. Y todavía hoy me pregunto, como los replicantes y humanos del filme, qué es realidad y qué fantasía; cómo saber si nuestros recuerdos son cien por ciento verdaderos, o injertos de sueños o memorias de otros; si las máquinas desarrollan inteligencia emocional; cómo puede tolerarse una vida de esclavitud; quién dio semejante poder al dinero; dónde están los límites de la Humanidad.
Como puede ver, querido profesor de Filosofía de 3º de Bachillerato, al menos yo sí aprendí la lección aquel día. Sigo haciéndome preguntas.