lunes, 26 de diciembre de 2011

Una Navidad de película

La Navidad es una época de tradiciones gastro-familiares plagada también de rutinas cinematográficas. Y es que hay películas que parecen hechas para ser vistas en estos días de invierno, si es posible, cerca de una buena chimenea (los que tenemos suerte de tener casa en un pueblo de los de antes) y deleitándonos con un tazón de leche con canela, un té con hierbabuena o un café cremoso.

'Orchard House', hogar de 'Mujercitas', Concord.
Una de esas películas es Mujercitas, adaptación de la novela de Louisa May Alcott, la autora estadounidense del siglo XIX que tomó su propia vida y la de sus hermanas para crear una obra cumbre de la literatura universal. El verano pasado, durante mis vacaciones en Estados Unidos, pasé tres días en la ciudad de Concord, a media hora escasa de Boston. En Concord vivió y escribió sus obras Louisa May, en una casa llamada Orchard House que ahora es casa-museo. También allí sigue en pie la escuela que fundó su padre, el pedagogo y ensayista Amos Bronson Alcott. Un emotivo viaje al pasado para quien, como yo, creció queriendo parecerse a Jo March, independiente, rebelde y empeñada en ser escritora antes que esposa y madre. 


Mi versión preferida de Mujercitas es la que dirigió en 1933 George Cukor, con Katharine Hepburn en el papel de Jo March. Es para mí la que mejor refleja la historia de aprendizaje de la vida de las cuatro hermanas. En todas las versiones se corta Jo la coleta para conseguir dinero para Navidad, en todas es deslenguada e incisiva, en todas la critican por rebelde y obstinada, en todas, en fin, es el mejor alter ego que Louisa May Alcott pudo imaginar. 



Otro clásico de Navidad es ¡Qué bello es vivir! Ni aunque arriesgara la vida podría recordar cuántas veces he visto esta película, con la que lloro como una Magdalena, sin importarme quién esté delante o lo muy roja que se me ponga la nariz. Por algo la programan en las televisiones de medio mundo en las fiestas navideñas, debe ser que los buenos sentimientos no pasan de moda, como tampoco la interpretación que hace James Stewart de ese hombre que ha perdido la fe en el ser humano y que contempla cómo hubiera sido la vida de los que le rodean si él no hubiera existido. Igual de entrañable es el ángel que le ayuda para conseguir sus alas.



¿Y qué decir de Cuento de Navidad, la historia aleccionadora de Dickens en su versión cinematográfica de 1938? El actor Reginald Owen interpretó a Scrooge, el avaro descreído que recibe la visita de los tres espíritus de las Navidades pasadas, presentes y futuras. Hay muchas adaptaciones, también en cine animado, y por supuesto, en color. Yo la prefiero en blanco en negro.  




Para curarme de tanta dosis de sobreespíritu navideño, otros dos de mis clásicos de todas las estaciones del año, y también en diciembre: Indiana Jones en busca del arca perdida (nadie corre tan simpáticamente mal ni es tan patoso como Harrison Ford) y Blade Runner (videoclip de arriba). Que las dos estén protagonizadas por Ford es simple coincidencia, porque las películas son completamente diferentes en factura, dirección e intencionalidad.

Y de las películas recientes, confesaré que me encanta ver con mi sobrino cualquiera de las tres entregas de Ice Age y ver los estragos que en el Planeta causa esa ardilla (creo que es una ardilla aunque no pondría la mano en el fuego) corriendo detrás de una bellota. Si no las habéis visto, ánimo, que en julio se estrena la cuarta aventura en 3D.   

Feliz Navidad y... ¡buen cine!

miércoles, 21 de diciembre de 2011

'Nubosidad variable', de Carmen Martín Gaite

Una compañera de trabajo me ha prestado uno de sus libros preferidos, Libertad, de Jonathan Franzen, así que ya tengo lectura para estas Navidades. Su entusiasmo al contarme cuánto le había gustado y la voracidad con la que lo leyó, casi sin poder parar, me recordó que yo aún no he hablado de mis libros del alma, mi fondo de armario editorial.


Carmen Martín Gaite (8/12/1925- 23/07/2000).


Al comenzar este blog, en junio de 2010, explicaba que debería haberse llamado Nubosidad variable, pero que me parecía una traición plagiar el título a una de mis escritoras fetiche, Carmen Martín Gaite, la primera mujer en ganar el premio Nacional de Literatura, por El cuarto de atrás. Vi a Carmen Martín Gaite varios años en la Feria del Libro, ataviada casi siempre con gorras y sombreros coloridos, y me sorprendían sus ojos chispeantes, su rostro de niña arrugada, su alegría infantil y su manera de abanicarse el calor sin desmerecer una sonrisa. Había perdido a su única hija y la literatura la había salvado (eso decía), por lo que nada podía entristecerla ya (eso decía).

Nubosidad variable y La reina de las nieves 
son mis libros favoritos de Carmen Martín Gaite, aunque hoy sólo hablaré del primero. Son novelas que releo de cuanto en cuando, quizá para comprobar si me siguen despertando la misma expectación de la primera vez. La misma emoción que experimento con Jane Austen, Tracy Chevalier, Natalia Ginzburg, Gioconda Belli, Marianne Fredriksson, Carmen Laforet o Magda Szabó, por citar sólo algunas de mis musas en esto de la ficción.

Los dos personajes principales, Sofía Montalvo y Mariana León, son de esas amigas que, por culpa de cómo gestionan su relación con un hombre, entierran años de amor y confianza. Mariana es una psiquiatra de éxito, nunca se casó ni tuvo hijos. Sofía, en cambio, vive frustrada su papel secundario como madre y esposa, y se plantea recibir terapia psicológica. A partir de su encuentro, casual, en una exposición de pintura, las dos intentarán leerse las líneas del alma.


Mujer griega leyendo (British Museum).
Para retomar el pasado, empiezan a escribirse cartas donde se cuentan todo lo que han callado durante años, sus deseos y frustraciones, sus aciertos y errores. En esta novela no hay un tumbarse en el diván del loquero, sino un ejercicio literario al final del cual ambas esperan ganar la redención. Y, por supuesto, mientras las dos mujeres tiran del ovillo de su pasado, el lector va conociendo los presentes de las amigas y comprendiéndolas casi, casi, al tiempo que ellas se quitan las sucesivas caretas. Con cada nueva página de la novela, Sofía irá retomando la relación con sus dos hijos, ya mayores e independizados. Y Mariana podrá al fin mirarse a sí misma en el espejo y escuchar la voz de la conciencia para reconciliarse con su vocación y con su vida misma.
Es éste un libro escrito sin alardes formales ni estéticos, sin vueltas de tuerca argumentales que desplacen la trama súbitamente. No creo que Martín Gaite tuviera intención alguna de provocar, ni de criticar la educación en la sumisión de la mujer, incluso si esta mujer es inteligentísima, cultivada y con una rica vida interior. La autora tampoco enarbola banderas, como no sea la de conocerse, mimarse y aceptarse a uno mismo, por encima de las opiniones de los demás –sobre todo, de quienes dicen hacerlo por nuestro bien-.

La lectura de Nubosidad variable resulta, ya lo advierto, agridulce si se es mujer. Hay en el libro demasiadas vivencias y un buen cúmulo de errores que las féminas tendemos a repetir en generaciones sucesivas. Imposible no sentirse concernida de algún modo, criticada cuando Mariana y Sofía se critican, avergonzada cuando ellas se reprochan, alarmada por los peligros que ellas bordean. Sus experiencias cuando eran niñas, su convertirse en jovencitas, su salto a la incipiente edad adulta, su tránsito a mujer, su conversión en madre, una, y en profesional solitaria la otra…
Las protagonistas de esta novela hablan de la vida. ¡Ahí es nada!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Grafitis, arte y un trampantojo en París

Acabo de regresar de unas minivacaciones en París, a donde me he escapado aprovechando el post-puente de la Constitución. No sé si será por la crisis o por el miedo a que todo empeore aún más, pero lo cierto es que la Ciudad de la Luz, esta Navidad, brillaría poco si no fuera por el tenue resplandor comercial de los Campos Elíseos y el haz de luz giratoria a modo de faro en que hace tiempo han convertido la Torre Eiffel.

Alejandro el Grande.
Todo amante del arte que vaya a París este invierno debe ver varias exposiciones: la que el Louvre dedica a Alejandro el Grande y Macedonia; la que descubre la vida del príncipe medieval Gaston Fébus, en el museo de Cluny; la muestra multitudinaria sobre Fra Angelico, en el Jacquemar-André; y la del Orsay sobre prerrafaelitas. Eso, como mínimo, y para la de Fra Angelico hay que reservar. Eso sí, aviso a periodistas: tienen entrada gratuita con sólo mostrar en taquilla la tarjeta o acreditación, y en el caso del Louvre, enseñarla directamente en las alas Denon, Sully y Richelieu.

Grafiti en la plaza junto al Cloître-Saint-Merri.


Recorrer las calles de París es un placer para los sentidos, y más cuando hace tan buen tiempo como estos días, de un sol espléndido y cálido, bajo cielos azules y no menos de 7 grados centígrados. Incluso de noche y junto al Sena, he podido pasear sin gorro.

Grafiti en la calle Saint-Merri.


Una sorpresa inesperada han sido los grafitis que me he encontrado en varios puntos de la ciudad, ese arte callejero al que me aficioné en Londres y que en mi barrio madrileño de La Latina también prolifera. En París encontré varias fachadas cubiertas por entero de grafitis, como el de la imagen superior, y también pequeños dibujos, reivindicativos unos, irónicos otros, alegóricos o simplemente de perfil estético. Tanto el rostro de niño de la derecha, como el monumental de la imagen superior, están junto a la iglesia de Saint-Merri, al lado del Pompidou.

Trampantojo en St. André-des-Arts.
En la zona de Saint-André-des-Arts, en el corazón del Barrio Latino, no sólo hay turistas deambulando por los puestos callejeros de crêpes, pitas o falafeles, o tiendas de recuerdos horteras. Además de los cafés y brasseries históricos, como Les Deux Magots, donde coger un buen sitio es casi imposible, hay muchos estudiantes y gente del barrio que tratan de hacer su vida al margen de los que vamos de paso. En esta plaza al inicio de la calle, me sorprendió este trampantojo, con ramas de árbol pintadas sobre una fachada que, como se ve, sin las hojas tendría muy poca gracia.

Arte urbano en St. André.
Otro tipo de arte callejero que me parece especialmente simpático es el que, a base de pintadas de espíritu más gamberro, altera levemente la iconografía del mobiliario urbano, o incluso las señales de tráfico -por ejemplo, abundan las reinterpretaciones de las de "prohibición"-, con unas pinceladas tan sutiles que los cambios pueden pasar desapercibidos al ojo apresurado. La idea de pintar una silueta "tomando prestada" la señal de prohibición me parece ingenua y encantadora a la vez. No podemos tomarnos demasiado en serio, parece decirnos este artista anónimo.

Grafiti en la calle des Rosiers, en el Marais.


También encontré grafitis en el Marais, esa zona de París en plena ebullición, llena de restaurantes, tiendas y espacios modernos y gay friendly, pero que también acoge el barrio judío de la ciudad y algunas de las mejores mansiones de los siglos XVII y XVIII, o la impresionante plaza de los Vosgos. Precisamente en la calle des Rosiers, en el barrio judío, están los tigres de esta fachada.

Una visita imprescindible en el Marais es el museo Carnavalet, alojado en dos magníficos palacios-mansiones, uno de los cuales perteneció a la marquesa ilustrada Madame de Sevigné. Pero esa es ya otra historia, una historia de mujeres y libros, que me reservo para otro día.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La mesa de Jane Austen: historia de un objeto

El cottage de Chawton, cerca de Winchester, fue el último hogar de Jane Austen, de donde saldría apenas para recibir tratamiento poco antes de morir. La historia, fotos y reseña de mis visitas a Chawton merecen una entrada propia en este blog, pero la de hoy habla de varios objetos que allí se exhiben, comenzando por la mesa que usaba Jane para escribir.

Mesa de Jane Austen (Casa-museo de Chawton).
Poco antes de morir, Jane Austen desveló su ritual de escritura: con una fina pluma de marfil, de menos de dos pulgadas de ancho, sobre el endeble tablero de madera de castaño de una mesa de 12 pulgadas. Esta mesita, sostenida por un sólo pie, era plegable, como la mayoría de las mesas de escritura de la época de la Regencia. Fue aquí donde Jane escribió sus primeras novelas, recluida en el piso superior de la rectoría que su padre tenía en  Hampshire, aunque esas historias tardarían años en publicarse. Cuando la familia Austen se mudó a Bath, en 1800, Jane apenas pudo escribir, pero la mesa viajó con ellos, igual que los seguiría a Chawton, el cottage propiedad de su hermano Edward que sería el último hogar de las mujeres Austen: la propia Jane, su madre, su hermana Cassandra y Martha Lloyd, una amiga de la familia.

Novelas de Jane Austen (Casa-museo de Chawton).
En esta mesa revisó Jane los manuscritos de Sentido y sensibilidad y de Orgulllo y prejuicio justo antes de ser enviados a Londres para su publicación, en 1811 y 1813. En esta mesa nacieron Mansfield Park, Emma y Persuasión. Y fue aquí, rozando los nudillos en la fina madera, donde Jane Austen anotó los comentarios elogiosos de sus vecinos, como la señora Bramston, de Oakley Hall, o la señora Digweed. De todo ello da cuenta Jane en sus cartas a Cassandra.

Tras la muerte de Jane Austen, en julio de 1817, su hermana Cassandra heredó la mesa de escritura y, cuando ésta falleció, en 1845, la mesa plegable fue regalada a un viejo mayordomo, como premio a su labor al servicio de las Austen. Cuando, en el siglo XIX, la Sociedad Jane Austen empezó a recolectar objetos, manuscritos y recuerdos para fundar esta casa-museo, la pequeña mesa fue de los primeros objetos en regresar. Y ahí aguarda al visitante, junto a la ventana y a la puerta del comedor familiar.

Mechón de pelo, pulsera y cruz de Jane Austen (Chawton).
Visitar Chawton es una experiencia reconfortante, por pesado que sea el recorrido en autobús desde Winchester o el riesgo de extraviarse al caminar desde la parada del bus, en mitad de la carretera, hasta el grupo de casitas que forman el pueblo. Merece la pena sólo por ver dónde vivió la escritora, cómo es el edificio, cuán de estrechas las escaleras al segundo piso o lo recoleto del jardincillo trasero. Además, hay multitud de objetos curiosos, como éstos guardados tras el cristal de una vitrina, que pertenecieron a Jane Austen. Por ejemplo, una pulsera azul, de un diseño tan increíblemente moderno, que yo compré una similar en una feria de artesanía en Madrid. Encima de la pulsera, un mechón de pelo de Jane, eso sí, descolorido desde su original castaño otoñal. También dos cruces de topacio, regalo de su hermano Charles a Jane (la cruz de la derecha) y a Cassandra. Se sabe que fueron de ellas porque lo dejó escrito Jane en una de sus cartas a su hermana: "Charles ha comprado cadenas de oro y cruces de topacio para nosotras" (27 de mayo de 1801).
Ventana al jardín trasero de Chawton.


Recorrer las estancias del simpático cottage de Chawton me resultó inspirador, no sólo por juntar fragmentos de la vida real de la mujer que fue Jane Austen, sino por desandar una senda de pistas acerca de cómo se inspiraba la escritora. Y descubrir, por ejemplo, que el regalo de estas cruces de topacio fue el andamiaje sobre el que construiría el capítulo de Mansfield Park donde William Price le compra una cruz de ámbar a Fanny. Lo más parecido a abrir una ventana al pasado.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Las señoras de la prensa


Carmen del Riego, presidenta APM.
Carmen del Riego escribió ayer unas cuantas líneas en la historia del periodismo español, al convertirse en la primera presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) en los 116 años de existencia de esta entidad. Más allá de suspicacias corporativistas, Carmen del Riego es consciente de la tarea que tiene por delante, si quiere trabajar, de verdad, por los periodistas madrileños, a los que, dicho sea de paso, buena falta les hace cualquier tipo de ayuda.

Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, Del Riego comenzó su actividad profesional en la agencia Europa Press, y de ahí saltó a Diario 16, participó en la creación de El Sol y se instaló en La Vanguardia, donde ejerce como corresponsal política. Su tarea, según ella misma ha declarado al saberse ganadora de las elecciones, será defender a la profesión, quién sabe si herida de muerte por la crisis y donde el ruido se oye más que la información.

Elsa González preside la Fape.
Quizá deba tomar buena nota de su colega Elsa González, presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (Fape), que desde su atalaya ha visto cómo evoluciona una profesión que ha perdido más de 4.300 empleos con la crisis. Una profesión, la de periodista, donde las estadísticas dicen que hay más mujeres que hombres trabajando, pero donde se cuentan con los dedos de la mano las mujeres que dirigen medios de comunicación.

A ver si cunde el ejemplo de estas dos profesionales y las mujeres pierden el miedo o la pereza a colocarse, de una vez, en la posición de salida  de cualquier carrera que se dispute y cuyo resultado les afecte.