sábado, 26 de noviembre de 2011

Regreso a 'Cumbres Borrascosas' y 'Jane Eyre'


Las hermanas Brontë (National Gallery, Londres).
Tres era tres, y las tres eran buenas: Emily, Charlotte y Anne, las hermanas Brontë, cuyas vidas y obras no dejan de crecer y agigantarse con los años, como demuestran las adaptaciones cinematográficas de sus novelas que se estrenan en este final de año y principios de 2012. La brontëmanía está aquí de nuevo, aunque en Gran Bretaña nunca ha decaído la pasión por estas tres escritoras, cuyo retrato está colgado en la National Portrait Gallery de Londres gracias al cuadro pintado por su hermano Patrick Branwell (1817-1848).

Supongo que, como yo, millones de jóvenes y adultos han sucumbido a la escritura afiebrada y decadente de Emily, al goticismo de Charlotte, a la severa atmósfera preindustrial de las clases medio-bajas que pinta Anne en la Gran Bretaña del siglo XIX. Así que podría decirse que, en tanto adolescente con veleidades literarias, mi encuentro con las Brontë estaba tan predestinado como mi amor por Jane Austen.

La primera vez que leí Cumbres Borrascosas era una jovenzuela enfadada y decepcionada que se había pasado a la clandestinidad de vivir las vidas de los demás porque casi cualquier vida ajena me parecía mejor, a condición de que fuera de ficción.




Quizá por eso me hipnotizó la tormentosa historia de amor imposible entre la bella y caprichosa Catherine y el indomable y desdichado Heathcliff. Además, quiso la casualidad que yo comenzara a leer la novela de Emily Brontë una tarde de tormenta, lo que amplificó el susto que me llevé cuando la rama-mano de la aparecida Cathy araña la ventana de Lockwood en la destartalada mansión de Cumbres Borrascosas. 

Si Emily legó a la posteridad la pareja de amantes más trágicamente condenada de los últimos siglos -Catherine y Heatcliff-, su hermana Charlotte Brontë regaló a esa misma posteridad la institutriz más conmovedoramente frágil y abnegada: Jane Eyre. Y, aunque menos conocida en España, Anne Brontë, la pequeña de las hermanas, logró colocar entre los must literarios del siglo XIX su Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall; este último libro, publicado en 1848 con el seudónimo de Acton Bell.

La brontëmanía quizá sea un fenómeno reciente en España, pero no en Gran Bretaña, donde, según las épocas, las Brontë han hecho sombra, incluso, a la mismísima Jane Austen. Para mí no hay elección posible, ya que profeso un amor sin fin a la creadora de Mr. Darcy, Elizabeth Bennet,  Elinor Dashwood, Marianne, el coronel Brandon, Emma…





Con todo, el cine que llega nos trae a una nueva Jane Eyre, que prontro podremos comparar con la clásica versión del año 1943, interpretada por Joan Fontaine y Orson Welles.






Pero, sin duda, la que más dará que hablar es la nueva película Cumbres Borrascosas, con un Heathcliff  negro, según los productores, para resaltar el trato injusto que sufre el personaje creado por Emily Brontë, y que en el libro era... gitano. Distinto color, idéntica discriminación.




La vida de las hermanas Brontë no fue particularmente feliz, y tal vez por eso se escapaban por la ventana de la ficción hacia esas historias que tanta fama les dieron. Como su antecesora Jane Austen, vivieron apartadas, en un entorno rural de estrecheces económicas, tuvieron que trabajar, murieron jóvenes, al parecer, las tres de tuberculosis, igual que Patrick Branwell. Y no consta que conocieran el Amor con mayúsculas que tanto mitificaron.

Quizá los mejores años de sus vidas fueron los que pasaron las tres juntas, con su hermano Patrick Branwell, en el pueblo de los páramos de Yorkshire donde su padre era rector. Allí, alrededor de 1820, los cuatro comenzaron a escribir historias de un mundo fantástico: los reinos imaginarios de Angria (Charlotte y Branwell) y Gondal (Emily y Anne). De las crónicas de Angria existen muchos cuadernos, pero de Gondal no se conserva ninguno.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Trampantojos centenarios

Para esconder algo, nada mejor que dejarlo a la vista de todos. Es un truco que me funcionaba cuando era pequeña y que debí leer en una de las historias de Los Cinco, de Enyd Blyton. Por entonces no sabía que el arte de la ocultación tenía raíces profundas y que muchos pintores y arquitectos lo habían usado desde la Antigüedad para hacernos llegar sus mensajes.

Perfil del diablo en un fresco de Giotto.
Hace unas semanas, emergió a la luz el rostro del diablo, que Giotto pintó enmascarado entre las nubes, en un fresco de la basílica de San Francisco, en la ciudad de Asís. Fue la historiadora del arte Chiara Frugoni quien desveló este rostro de perfil, con nariz prominente y rictus diabólico, en un fresco que representa un asunto tan serio como la muerte de San Francisco. Tanto la pintura mural -del siglo XIII- como su autor -uno de los mejores artistas del primitivo Renacimiento- se prestan a pocas bromas. Entonces, ¿por qué pintaría Giotto ese retrato del diablo, escondido entre las nubes de una escena de la muerte de un santo? ¿Tiene algún significado oculto, es una simple travesura que el artista se permitió, o lo hizo por venganza contra un rival? Nunca lo sabremos.

Jinete entre las nubes.





Lo que sí conocemos es que, con este descubrimiento, Giotto le arrebata el puesto a otro artista italiano, Andrea Mantegna, que hasta ahora pasaba por ser el primer pintor que usó las nubes para esconder un retrato, que poco o nada tenía que ver con la escena principal que el cuadro representaba.




San Sebastián (Mantegna)

Mantegna, sobre el que ya he escrito en este blog, utilizó esta curiosa técnica en el siglo XV, en su obra San Sebastián de Viena (año 1460), en la que el ojo atento del espectador puede ver un misterioso caballero, que cabalga con disimulo entre las nubes blancas del fondo del cuadro.


Tampoco sabemos los motivos que animaron al célebre artista mantuano para pintar esa suerte de distracción de la dramática escena que tiene lugar en primer plano del cuadro: la figura doliente de San Sebastián, atado a la columna y mostrando las flechas que la iglesia católica le atribuye como símbolo de su martirio.

'Ángel Sonriente' (Catedral Reims).

Lo cierto es que ya los constructores de las catedrales románicas y góticas habían usado las columnas, los capiteles, los arquitrabes, las bóvedas, el coro, las vidrieras, etc, para exhibir un curioso universo de motivos florales, trazos geométricos, figuras antropomórficas, gárgolas grotescas y hombres y mujeres ordinarios y santos.

Un rostro bien conocido es el del Ángel Sonriente, que monta guardia en uno de los tres portales de la catedral francesa de Reims (siglo XIII). Mucho se ha especulado sobre su enigmática sonrisa y su falta de formalidad en un edificio tan imponente, pero ahí sigue, siglos después, sin revelar el mensaje que su cincelador nos transmitió.


Astronauta (Catedral Salamanca).
Sí sabemos, en cambio, por qué hay un astronauta en la catedral Nueva de Salamanca. Y  no porque los escultores del Renacimiento intuyeran que el hombre pisaría un día la Luna, sino porque durante su restauración, en 1992, se decidió que las catedrales, en tanto testigos de la Historia de la Humanidad, bien podrían lucir figuras que reflejaran las diferentes épocas de su construcción y restauración. Se eligió el astronauta como símbolo del siglo XX.

martes, 22 de noviembre de 2011

Resistiré...según Wyoming


Porque el sentido del humor es siempre edificante y muy, pero que muy, gratificante.





Resistiré, según Loles León y Antonio Banderas en Átame, de Pedro Almodóvar.




Y, por supuesto, la original Resistiré, según el Dúo Dinámico.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La crisis enciende Europa





¿Protestas en Grecia en plena efervescencia de la crisis económica, que siempre golpea a los que peor están?

No, son manifestaciones y altercados en Italia. Sólo la causa es la misma: los recortes de sueldos, de derechos sociales y de servicios públicos, con el añadido de una mayor austeridad que, también en el país  transalpino, sufren con más rigor los que peor están.

Las próximas imágenes, ¿en España? ¿En vez de la plaza Vittorio Emmanuelle de Roma (a unos pasos del Foro y sus ruinas majestuosas), tendrán como telón de fondo Cibeles, Sol o cualquier otro sitio de la geografía española? Por aquello de "... las barbas de tu vecino a remojar" y demás entecomillados de sabiduría popular.




Yo, por si acaso, en el Día 1 de esta España pintada de azul por la marea de un PP en estado de Gracia y de un Mariano Rajoy en estado de Euforia, me he visto el capítulo 6 de la serie The Walking Dead (Los muertos andantes o Los zombies, en castellano paladín) titulado Secretos. Otra forma de empezar el día.



Y es que soy de las que cree que la realidad supera siempre a la ficción.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Gárgolas y cementerios de París

Hay un París de tejados de pizarra y calles estrechas por donde pasan a la carrera millones de turistas cada año. Hay un París de amplios bulevares convertidos en escaparates del lujo y otro París surcado de barcos que navegan el Sena. Hay un París desde las alturas y también hecho de túneles; un París que ama los mercados de flores y que cada tarde toma pastis tras el cristal de una brasserie.

Gárgolas de Notre-Dame.
Un París, en cierto modo, hecho a prueba de turistas, que se puede empezar a recorrer desde las torres de la catedral de Notre-Dame, ésas por donde se deslizaba Quasimodo, el encantador jorobado enamorado de la zíngara Esmeralda.Merece la pena subir los 387 escalones del flanco norte sólo por ver de cerca las monstruosas gárgolas de piedra y, despacio, recorrer el pasillo que serpentea hasta la gran campana de la torre sur (la de Quasimodo) para disfrutar la mejor panorámica de la ciudad

Entrada a las catacumbas.
El mundo subterráneo de catacumbas y alcantarillas no es apto para claustrofóbicos. En el número 1 de la Place Denfert-Rochereau se forma todos los días una escuálida hilera de personas que esperan para entrar a las catacumbas. Un cartel advierte al visitante que deberá bajar casi 300 escalones, a 20 metros de profundidad, para llegar al oscuro y húmedo osario donde se amontonan cráneos y tibias de más de seis millones de parisinos.

Calaveras en las catacumbas.
La historia se remonta a finales del siglo XVIII, cuando se exhumaron los restos de los principales cementerios del centro de París para acabar con la insalubridad que se adueñaba de las calles y diezmaba a la población. Antes de la Revolución, el futuro Carlos X organizaba fiestas en las catacumbas, y durante la II Guerra Mundial la Resistencia francesa estableció aquí sus cuarteles. Hoy en día, las catacumbas son fuente de ingresos y una tímida atracción turística. Igual que las cloacas (Égouts), sin duda uno de los grandes logros de ese barón Haussmann al que tanto debe París. Puestos en fila, los 2.100 kilómetros de cloacas unirían París y Estambul, aunque el recorrido abierto al visitante se limita a una pequeña área en torno a la entrada al Quai d'Orsay.

Tumba de Allan Kardec en Père Lachaise.
Un paseo por el París más desconocido no sería completo sin los cementerios, en particular los de Père Lachaise y Montparnasse. Molière, Oscar Wilde, Marcel Proust, Sarah Bernhardt, Jim Morrison o Edith Piaf reposan sobre la colina boscosa del Père Lachaise. Paseos nostálgicos y otoñales con curiosidades a descubrir: la estatua de tamaño natural de Victor Noir (periodista del XIX asesinado por Pierre Bonaparte) a la que atribuyen poderes de fecundidad, y el dolmen de la tumba de Allan Kardec, fundador de un culto espiritista en el siglo XIX.
Tumba de Simone de Beauvoir y Sartre.
El de Montparnasse es el cementerio de los habitantes de la margen izquierda del Sena, un barrio célebre por albergar la Sorbona, el Panteón, los Jardines de Luxemburgo, los bulevares de Saint Michel y Saint Germaine.
El camposanto de Montparnasse es más pequeño, pero quizá con mayor encanto. El cenotafio de Charles Baudelaire y las tumbas de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir destacan entre los castaños. Aquí está enterrado el argentino Julio Cortázar, amante de París, inmortalizado en Rayuela.

Dejando atrás el solitario cementerio y cruzando el río sin perder de vista las torres de la catedral, se llega al mercado de flores de la orilla derecha, entre Notre-Dame y el Palacio de Justicia, que los domingos se convierte también en mercado de pájaros.

Y para reponer fuerzas, nada mejor que dejarse caer por una de las cercanas brasseries y sucumbir a la tentación de sentarse a ver la vida pasar.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Shakespeare en Stratford-upon-Avon


Hoy en Madrid llovizna, empieza a hacer frío, y el cielo encapotado y de color ceniza me han recordado mis días en Londres, cuando hace un año era una despreocupada estudiante de inglés que pasaba horas caminando, viendo exposiciones, curioseando librerías y haciendo excursiones.

Casa natal de Shakespeare.
Una de ellas, a Stratford-upon-Avon, donde nació y murió el William Shakespeare comúnmente tenido por "real". Controversia aparte, el dramaturgo inglés es el leit motiv de toda la zona, ya que, esparcidos en un par de kilómetros, pueden visitarse -a pie o en autobús turístico-  algunos de los lugares donde habitó y trabajó el genial Bardo universal, así como propiedades ligadas a sus padres y a su hija.



El edificio mejor conservado, y sede de la Fundación que tutela su legado, es la casa natal de Shakespeare, cuyos dormitorios, cocina, comedor, escritorio y jardín se pueden visitar por libre, pagando, eso sí, una entrada bastante cara. Yo había estado en Stratford hacía años, y conocía la casa, pero en esta segunda visita estaba sola y pude entretenerme a mi antojo admirando cada detalle de las habitaciones.

Dormitorio de la casa donde nació Shakespeare.
Esta casa lleva en pie cuatro siglos y está restaurada pero conserva un halo de misterio y recogimiento, con sus techos bajos, su escalera estrecha, sus suelos que crujen y sus peldaños que ceden bajo los pies. Es un edificio de adobe y madera recia, empleada en las vigas descubiertas, las ventanas y los muebles de época, casi ninguno poseído con certeza por Shakespeare. Y, aunque estaba prohibido tomar fotos en el interior, no pude contenerme e hice un par, de mala calidad y sin ningún ánimo de lucro. Eso sí, con el móvil y sin flash.


New Place, donde murió, en 1616.
También ligadas al célebre dramaturgo inglés están Hall's Croft -la casa donde vivió su hija- y New Place, la residencia que Shakespeare compró en 1597, cuando regresó de Londres para instalarse en Stratford. Aquí trancurrirían sus últimos días y aquí falleció, en el año 1616. El edificio original, de época Tudor, fue destruido en 1759 y sus cimientos sirven de base a un jardín. En la actualidad, los arqueólogos están desenterrando lo que queda de cuando Shakespeare lo habitó.

Holy Trinity Church.
William Shakespeare murió el 23 de abril de 1616, el mismo día de su cumpleaños, y fue enterrado dos días después en la iglesia donde recibió el bautismo: Holy Trinity Church. El edificio, que data de 1210 y está construido sobre un antiguo monasterio sajón, merece una visita por sí mismo, por su belleza elegante, su torre y su crucero de estilo gótico inglés primitivo, sus elaboradas vidrieras y su camposanto.

Lápida funeraria de Shakespeare. 
Pero es la tumba de Shakespeare, que yace en el suelo muy cerca del altar mayor, lo que hace que miles de personas atraviesen cada año la cancela del presbiterio de Holy Trinity. Al lado de Shakespeare están enterrados su mujer, Anne Hathaway, y otros miembros de su familia, incluso política, como es el caso de Thomas Nash, el primer marido de su nieta Elizabeth. Y, como todo en su vida y obra, también la muerte del dramaturgo inglés da pábulo a la leyenda, con el epitafio que preside su lápida:

"Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Dios bendiga a quien respete estas piedras
y maldito sea el que remueva mis huesos"

Dicen que fue el propio Shakespeare quien escribió esta maldición y mandó colocarla ahí, temiendo que, con el paso de los años, sus huesos fueran removidos o esparcidos. Por si acaso, la tumba del Bardo permanece intacta, preservada cuidadosamente, como sucedió durante las obras de restauración del año 2008.

Y ya fuera del circuito Shakespeare, una parada en el restaurante, pub y taberna The Garrick Inn, que a la impresionante fachada añade sus 600 años de antigüedad. Los parroquianos de The Garrick han sufrido la peste y todo tipo de calamidades, graves incendios y trifulcas religiosas, de las que todavía son testigos ciertos visitantes del "otro lado". Pero, claro, ¿qué edificio de 600 años que se precie no tiene unos pocos fantasmas?