jueves, 29 de julio de 2010

Chawton, último hogar de Jane Austen

<<<<<<<<<<<<<<<<
Continuación de Jane Austen vivió aquí (II)
<<<<<<<<<<<<<<<<

Chawton, último hogar de Jane Austen

Mientras busco tiempo para contar mi visita a Chawton tras los pasos de Jane Austen y mis pesquisas en Bath, sirva como entremés estas sucintas notas sobre la casa de ladrillo rojo. La historia arranca así:

Jane Austen tenía seis hermanos y una hermana mayor, la inseparable Cassandra. Los varones de la familia se independizaron pronto, cada uno ejerciendo su profesión, con lo que a la muerte del padre, en 1805, sólo Jane, su madre y su hermana vivían bajo el mismo techo; en esos momentos, en Bath.

El fallecimiento del padre no sólo trajo tristeza a las mujeres Austen, también pobreza: debían apañarse con 450 libras anuales que les proporcionaban los hermanos varones. Cualquiera que haya leído la novela Sentido y sensibilidad, entenderá la indefensión de unas mujeres solas, solteras, sin renta propia ni posibilidad de trabajar. Tan habitual era ese problema, que ese mismo año, Martha Lloyd, gran amiga de Jane, se iría a vivir con las Austen tras morir su propia madre y quedar, también ella, desamparada.

Las cuatro mujeres vivieron juntas en varias propiedades, hasta que en 1809 se instalaron, también juntas, en Chawton, en una casa cedida por Edward, el hermano de Jane y Cassandra. Sin tener que pagar renta y a corta distancia de su Steventon natal, la pequeña casa de ladrillo rojo era un sueño hecho realidad.


Poco se sabe de la vida de Jane Austen, pero lo poco que se sabe corresponde a los escasos nueve años que habitó en Chawton. Las principales fuentes de información son las cartas que intercambió con Cassandra, así como los libros escritos por sus sobrinos, Carolina y James Edward Austen.

La hermana de Jane, Cassandra, fue quien relató oralmente a sus sobrinos la mayoría de detalles que, años después, ellos dejarían por escrito. Su sobrina Carolina, por ejemplo, describió cómo la tía Jane se encargaba cada día de preparar el desayuno, tocaba el piano e inventaba cuentos de hadas para los niños pequeños. El otro sobrino, James, publicó en 1870 Recuerdo de Jane Austen, donde desvelaba que su tía escribía en pequeñas hojas de papel, que escondía rápida y fácilmente, cuando la sorprendían trabajando en su pequeña mesa junto a la ventana. También James escribió que Jane se negaba a engrasar la puerta que comunicaba el salón con el comedor, porque el crujir de goznes la alertaba de visitas indiscretas mientras escribía.

En Chawton fue donde Jane Austen escribió y corrigió sus seis novelas, empezando por revisar el manuscrito de Sentido y sensibilidad, que fue aceptada por un editor en 1811. La novela se publicó de forma anónima bajo el epígrafe: “By a lady”. Tuvo dos críticas favorables y Jane ganó 140 libras. Las siguientes novelas, Orgullo y prejuicio, Mansfield Park y Emma, también anónimas, se publicaron bajo la rúbrica: “De la autora de Sentido y sensibilidad”.

La plácida y fructífera vida en Chawton se interrumpió a primeros de 1817. La larga y penosa enfermedad de Jane la obligó a abandonar la escritura de Sanditon, que quedaría inacabada. Junto a Cassandra, se mudó a Winchester con la esperanza de hallar una cura para lo que los médicos entonces no pudieron diagnosticar, y que hoy piensan pudo ser la enfermedad de Addison.


Las dos hermanas se instalaron en una casa muy cerca de la entrada del Winchester College. Hoy es propiedad privada, sólo puede verse la fachada y la placa azul que recuerda que Austen pasó allí sus últimos días.

La medicina no pudo hacer nada por Jane Austen. Murió el 18 de julio de 1817, a los 41 años, y fue enterrada en la catedral de Winchester, bajo una losa negra con un epitafio que la homenajea como ser humano y cristiana, pero no la menciona como escritora.

A Henry, el hermano preferido de Jane, debemos la supervisión y publicación a título póstumo de las novelas Persuasión y La abadía de Northanger. También fue él quien escribió la emotiva nota biográfica en el prefacio, con lo que dio al mundo la primera pincelada de la vida de Jane Austen.

domingo, 25 de julio de 2010

Navegando por la BBC

Mi penúltimo domingo en Londres ha amanecido nublado y cálido, algo perezoso como yo misma tras la paliza viajero-cultural de ayer (Bath y Stonehenge, que ya contaré otro día), así que mientras decidía qué hacer esta tarde, me he entretenido navegando por la BBC. La noticia del día es la más que probable renuncia de Tony Hayward, el incompetente responsable de BP; y la dramática estampida humana que ha matado a 19 personas, 2 de ellas españolas, en un concierto en Alemania.

Frente a esas defunciones, yo me refugio en algunos florecimientos.

Florecimiento en Japón, donde una flor de más de metro y medio ha florecido tras un paréntesis de 20 años y es la sensación de pequeños y mayores. La Amorphophallus Titanium, originaria de la isla indonesia de Sumatra, tiene una belleza tan exótica como desagradable es el olor que desprende. Un niño entrevistado describe así el olor: “como el de la basura al crecer y echar raíces”.

Ayer no pude verlo en mi visita, como es natural, pero los arqueólogos acaban de descubrir un yacimiento del Neolítico en Marden Henge, a 900 metros de Stonehenge y sus monolitos gigantes de piedra (planicie de Salisbury). Por si las incógnitas sobre Stonehenge no fueran pocas, ahora aparece otra construcción similar, pero esta vez en madera, a modo de enterramiento ritual bajo una planicie de tierra. Harán falta años de trabajos arqueológicos para averiguar la importancia real de este nuevo hito histórico.

Pese a la crisis, Grecia seguirá financiando la restauración de sus tesoros clásicos, curarles las heridas del tiempo y la acción del hombre. Parte de los andamios empiezan a desaparecer en los Propileos en la Acrópolis, mientras un nuevo museo rendirá homenaje a Platón y su Academia de Filosofía.

Y la Familia Real ha abierto una cuenta en Flickr para mostrar al mundo sus fotos privadas, más personales y quién sabe si también íntimas. Si la pareja Moore-Kutcher reina en Twitter, a buen seguro que en Flickr será Her Majesty quien reine.

viernes, 23 de julio de 2010

Carmen Martín Gaite: 10 años sin ti


Hace diez años, en la madrugada del domingo 23 de julio, Carmen Martín Gaite moría en Madrid. Tenía 74 años, que no son pocos, pero tampoco muchos. Era uno de los rostros más sonrientes de la Feria del Libro de Madrid, también su blanca melena y sus gorros de colores eran asiduos del paseo de Coches del parque madrileño.

Carmen Martín Gaite fue la primera mujer en recibir el premio Nacional de Literatura, en el lejano 1978, por El cuarto de atrás, aunque en mente de todos estaban los visillos desde los que emergió para labrarse una senda particular en el difícil mundo literario de la posguerra española.

Vi a Carmen Martín Gaite varios años en la Feria del Libro, me gustaba contemplarla en la media distancia, sus ojos chispeantes, su rostro plegado en decenas de finas líneas arrugadas, su alegría infantil, su manera de abanicarse el calor sin desmerecer una sonrisa. Había perdido a su única hija y la literatura la había salvado (eso decía), por lo que nada podía entristecerla ya (eso decía).

Tan sólo dos veces me acerqué a pedirle un autógrafo. Ya había leído Nubosidad variable y La reina de las nieves, sus / mis libros favoritos, y notaba el lazo que me unía a ella; la expectación y la emoción que en los años venideros sentiría también por Jane Austen, Tracy Chevalier, Natalia Ginzburg, Gioconda Belli, Marianne Fredriksson, Carmen Laforet o Magda Szabó.

Estos días estoy reviviendo mi historia de amor con Jane Austen. De hecho, mañana me voy a pasar el día a Stonehenge y Bath, la ciudad balneario donde Austen vivió, donde hay un centro consagrado a su memoria, y donde Austen ambientó sus novelas Persuasión y Mansfield Park.

Pero hoy hace 10 años que murió Carmen Martín Gaite, y leerla sigue siendo una buena idea, como ya ha empezado a hacer Galaxia Gutenberg con su editorial homenaje . Leerla y releerla son, sin duda, la mejor zancadilla contra el olvido y sus patas siempre demasiado largas.

jueves, 22 de julio de 2010

Jane Austen vivió aquí (II): Rumbo a Chawton

Segunda etapa de mi visita a Winchester (la primera, la tumba de Jane Austen, aquí)
<<<<<<<<<<<<<<<<<<<



Dejé atrás la tumba de Jane Austen en la Catedral de Winchester, internándome en el soberbio edificio normando del siglo XI, modificado por los siglos, como todos, pero con tantos tesoros en su interior, que al recorrerlo me sentía un poco como si viajara en el tiempo. Una vez más esa mañana, recordé mi anterior viaje por el sur de Inglaterra, esos días de septiembre en que, junto a mi infatigable compañero de fatigas, conocí Stonenhenge, Salisbury, Stratford-upon-Avon, Bath y Winchester, y regresé a Oxford, a Londres... Como los buenos vinos, esos lugares han mejorado con los años, o quizá son mis recuerdos los que se han vuelto más dulces.

Armada con mi guía de la catedral (que había comprado con el ahorro de 3 libras en la entrada por ser estudiante), me empapé de la historia de la preciosa pila bautismal del siglo XII, labrada en mármol negro, y me detuve en la Capilla del Santo Sepulcro, donde aún pueden verse los delicados frescos que en el siglo XIII cubrían toda la catedral.

También del siglo XIII subsiste el suelo original de azulejos decorados, sobre el que han pisado peregrinos durante más de 700 años. A mi alrededor, pocas personas, lo que hacía más sobrecogedor deambular entre las capillas, las tumbas y los arcones mortuorios con los restos de reyes británicos anteriores a la llegada de Guillermo el Conquistador, el duque normando (francés) que conquistó Inglaterra y mandó ampliar esta catedral.


Apenas tenía tiempo, pero aun así subí a la biblioteca y la galería del triforio, que en realidad es un pequeño museo al que se llega por unas empinadas escaleritas. El tesoro que guardan allí es la Biblia Winchester, un manuscrito iluminado del siglo XII en el que trabajaron durante 20 años escribas e ilustradores. En las páginas tras vitrinas de cristal, la historia de Dios y los hombres en brillante oro y lapislázuli.

Me habría quedado en la catedral durante horas, pero quería coger el autobús de las 13.10 para ir a la aldea de Chawton, a unos 18 kilómetros de Winchester. Por suerte, la catedral está al lado de la estación de autobuses, con lo que tuve tiempo de comprar un pastel vegetariano recién sacado del horno y una botella de agua. Con tan magro almuerzo metido en una bolsa de papel, llegué a la pequeña estación de buses, pero ni rastro del X64. Entre el cansancio, el hambre y el autobús missing,empezaba a ponerme de los nervios, hasta que una señora mayor amabilísima, viéndome con los folletos de Chawton en una mano y el evidente almuerzo en la otra, se acercó a decirme que esa larga cola de gente esperaba al mismísimo X64.

Dándole las gracias a la señora varias veces más de las que la cortesía debe aconsejar, barajé devorar allí mismo mi pastel, pero en los minutos de duda, el autobús llegó; uno de esos buses de dos pisos rojos, sin aire acondicionado, por supuesto, pero una bendición para mis pies y mis riñones. Compré un billete de ida y vuelta, subí al piso de arriba y engañé al estómago con el no-demasiado-soso pastel. La amable señora estaba sentada en primera fila, me sonrió comprensiva y le di las gracias otra vez, sin saber que aún me faltaban otros cuantos agradecimientos que prodigarle antes de bajarme del autobús.

La casa de Jane Austen en Chawton; la casa que durante ocho años compartió con su madre, su hermana Cassandra y su amiga Mary, era mi siguiente parada.

martes, 20 de julio de 2010

Jane Austen vivió aquí (I)

Hace más de 10 años, publiqué en el periódico para el que trabajaba un reportaje de viajes a modo de ruta literaria por el sur de Inglaterra. Quiso la fortuna que, años más tarde, una web amiga me ofreciera alojamiento sin fecha de caducidad, y ahí sigue ese reportaje, junto con otros de mis trabajos para el periódico de cuyo nombre no quiero acordarme.

Llevaba ese reportaje impreso cuando el sábado cogí el tren de las 8.39am que me llevaría de London Waterloo a Winchester. Además de comprobar que las palabras puede que no envejezcan, pero eso no significa que no destiñan, me entró LA duda, retorcida y manida duda: para qué, para quién, por qué… escribimos. Por suerte, el trayecto en tren dura una hora y no me dio tiempo a regodearme en tan improductivo patetismo.

Winchester era tal y como lo recordaba, hasta el punto de que no necesité el plano para llegar a la catedral, primera parada de mi peregrinación a los santos lugares donde vivió, escribió y murió Jane Austen (1775-1817). La sensación de familiaridad era casi abrumadora mientras trotaba por el césped como niña con zapatos nuevos.

La catedral abre a las 10, y ya había dos grupos esperando para entrar, uno de ellos… de españoles. En serio: jamás he visto más españoles fuera de España, que este verano en Londres y alrededores. ¡Estamos por todos lados!


La lápida de Jane Austen está en el suelo, a la izquierda de la nave principal, una sencilla losa negra con un epitafio en el que no hay ninguna mención a su fama como escritora: “En recuerdo de Jane Austen, la hija menor del difunto reverendo George Austen, quien fuera rector de la parroquia de Steventon en este condado. Abandonó esta vida el 18 de julio de 1817, a los 41 años, tras una larga enfermedad soportada con la paciencia y esperanza de una verdadera cristiana.
La bondad de su corazón, la dulzura de su carácter y su inteligencia le valieron la admiración de cuantos la conocieron, junto con el más tierno amor de sus seres queridos. La pena de su familia es tan grande como irreparable es su pérdida, pero aun en su más profunda aflicción, les consuela la firme aunque humilde esperanza de que su bondad, devoción, fe y pureza hayan hecho a su alma merecedora de la lucha por su redención".


Pisando la piedra negra, me di cuenta de que Jane Austen murió un 18 de julio de 1817, y ahí estaba yo, un 17 de julio de 2010, traduciendo su epitafio y yendo hacia atrás en el tiempo, tan atrás como ese mismo día hace 193 años cuando la escritora estaba a punto de exhalar su último aliento, atendida por su inseparable hermana Cassandra. “Ojalá”, pensé, “ojalá esa bondad, devoción y fe la ayudaran a aceptar una muerte precoz, inmerecida, injusta si es que alguna muerte lo es, cuando aún le quedaba tanto por vivir y por escribir”.

Quizá para reparar lo que su tiempo no le dio, en la pared justo al lado, una ventana-memorial con una placa dorada erigida a principios del siglo XX rinde tributo a Jane Austen la autora. Tras su muerte, su fama había ido creciendo tan subrepticia como imparable, extendiéndose como el agua empapa la tierra porosa. Tanta gente llegaba a la catedral preguntando por su tumba, que en 1850 un sacristán promovió una encuesta para recopilar la vida y obra de la señorita Austen. Hasta entonces, el buen hombre pensaba que la lápida negra estaba en un sitio tan prominente de tan venerable catedral, por su padre, el reverendo.


Como este año se cumplen 200 de la publicación de Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad, la catedral exhibe algunos objetos que pertenecieron a Jane Austen: primeras ediciones de sus novelas; un poema o “charada” de su puño y letra (pasatiempo muy popular en el siglo XVIII: se escribía el poema-acertijo en una hoja de papel que, doblada, se pasaba al resto de jugadores para que adivinaran); una carta del editor recomendando cambios en el manuscrito de Emma, que Jane Austen rechazaba; cartas a la muerte de un amigo muy querido…

Dediqué casi una hora a rondar la tumba, leyendo cada línea y contemplando cada pequeño tesoro. Mi inglés se vio mejorado con interesantes expresiones, mi habilidad lectora, entrenada como cada día, y mi espíritu, reconfortado de un modo extraño y pueril. Pero reconfortado.


El viaje continúa aquí
>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>

viernes, 16 de julio de 2010

De Lille a Winchester

Me estoy relajando con este blog. Algunos me lo habéis dicho, y tenéis toda la razón: la historia de un objeto hace unos días que no es diaria, y no dejo por escrito tantas desventuras como al principio. My fault!

Es complicado encontrar (y aún más, mantener) el delicado equilibrio entre recuento de anécdotas personales, impresiones “ambientales” y repaso a la actualidad, amén de producción literaria propia. Pero… ahí está el quid de la blogología, supongo. Para colmo, dos compañeros de clase intentan volverme loca con su insistencia en que traduzca esta página o, aún más arriesgado, la escriba en inglés. Tanto fish & chips los ha trastornado, imagino. Les enseñé la página con las fotos, link e información “turística” (por así definirla), y les pareció de lo más cool que yo fuera capaz de hacer algo así, como si mantuviera una segunda vida o acabaran de descubrirme como una escritora célebre de mi país… ¡Son tan ingenuos! Por eso mismo los contemplo con una mezcla de hermana mayor benévola y entomólogo seriamente interesado en su desenvolvimiento como especie.

En cualquier caso, viniendo en el bus a casa me he dado cuenta de que hace casi una semana de mi viaje relámpago a Lille (Francia) y no he contado nada, ni he colgado fotos de la ciudad que alberga la Bolsa más bonita de Europa; el estilizado “beffroi”, testigo de una época y una funcionalidad civil de los edificios que ya no se estila; el coqueto barrio medievo-renacentista con sus venerables mansiones de vigas, sus portadas y ventanales de madera y labrillo; la Citadelle de Vauban con su aire a lo Cartuja de Parma, rodeada de un frondoso parque con atracciones para niños y familias, y decenas de plazas y estrechos callejones donde crecen la hiedra y los maceteros con flores.

Sin olvidarme de su museo de Bellas Artes, verdadero gabinete de obras de arte donde brillan con luz propia dos Greco y otros tantos Goya.


La Grand Place es el pulmón de esta ciudad tan francesa como flamenca, a la que el Eurostar la ha venido a ver como el ángel anunciador a María: todos los trenes que salen y llegan a Londres paran en Lille, con lo que una nueva era de prosperidad inflama a la ciudad que en los siglos XVI-XVII perteneciera a la Corona española de Carlos I y Felipe IV.

Mañana es sábado, 17 de julio. Empiezo la cuenta atrás de la primera parte de mi estancia en Londres, ya que agosto lo pasaré en España. Mentiría si dijera que estoy deseando volver (echo de menos a gente, pero los quisiera conmigo aquí en vez de volverme yo, ja), y quizá por eso relleno con fruición las fechas de mi calendario.

Mañana me voy de peregrinación a los santos lugares donde vivió, escribió y murió Jane Austen. La ciudad de Winchester (una hora de tren desde Waterloo) es el punto de partida, con la catedral donde están sus cenizas como primera parada. Si no me da tiempo a ir a la aldea de Chawton, donde se yergue la casa familiar de los Austen, tendré que volver el domingo.

Quisiera hacer este viaje con la misma persona que lo hice hace años. No será igual, pero me acordaré de ti cuando le diga a ella que he vuelto a verla; que años después ahí estoy de nuevo, mirando la placa de su tumba en el suelo de la catedral; que sus novelas me siguen inspirando; que el señor Darcy, Elizabeth Bennet, las hermanas Dashwood, Edward Ferrars, Emma y tantos otros personajes son tan reales como muchos de los vivos con los que me cruzo a diario.

jueves, 15 de julio de 2010

Curry en Brick Lane

Ayer acababa diciendo: "Con tanto empacho de noticias, no sé qué tal me sentará la Noche del Curry (...) Será a partir de las 7, en un restaurante de Brick Lane (...) Y debe ser un lugar curioso porque nos invitan a llevar nuestra propia cerveza o vino para acompañar la comida. ¡Haremos botellón en el propio restaurante! ¿Quién dijo que en restauración estaba todo inventado?".



Y he aquí la prueba del delito en forma de fotografía. El restaurante se llama Tayyabs y nos tocó esperar en la calle más de media hora (pese a tener reserva), pero mereció la pena porque la cena estaba deliciosa. Es comida indo-paquistaní 100% Halal, con una gran variedad de platos vegetarianos (esto es norma en Londres). Yo tomé arroz, tortillas sin salvado ni levadura(?), ensalada y curry de calabazas. ¡Para chuparse los dedos!

Otro aliciente del sitio es que está plagado de clientes y camareros de todas las nacionalidades. En mi grupo éramos 14 personas de 8 nacionalidades: italiana, polaco, japonesa, coreanos, chilena, saudí, española y... el guía de la escuela que era ¡inglés! Por si alguien está interesado/a, el guía sale en la foto haciendo una foto a parte del grupo.

Para bajar la cena, recorrimos la calle Brick Lane, tan bulliciosa que parecía domingo por la mañana. Toda la zona tiene un aspecto como de bazar árabe mezclado con tiendas y restaurantes indios que huelen a curry, especias y canela.

El estudiante polaco, al que esa noche veía por primera vez, empezó a contarme algo. Yo pensé que no lo estaba entendiendo (su inglés es tan deficiente como el mío), pero sí, lo había cogido a la primera: el chaval estaba asustado, le parecía una zona peligrosa y temía que en cualquier momento nos iban a atracar. Y lo único que había era gente en la calle, hombres con chilabas y mujeres con velo, jóvenes alternativos, rastas, un par de bares con clientela tenuemente gay, algún sin techo sentado tranquilamente, muchos "guiris" como nosotros... Nada que diera miedo.

Tan diferente percepción de la realidad me hizo darme cuenta, una vez más, de lo importante que es el cristal a través del que se mira. Anoche yo no sentía ningún miedo porque el barrio era de mayoría árabe, yo diría que 90% musulmanes, y para mí, española que vive en el centro de Madrid hace tropecientos años, los árabes, latinos y chinos son tan cotidianos como el señor de Valladolid. En cambio, el chico polaco vivía como una amenaza ver juntos a más de diez musulmanes, de noche, en la calle.

Más tarde, le pregunté a Mitzue (la chica japonesa de mi clase con la que yo fui a la cena) si a ella le parecía una zona peligrosa. Y qué va: Mitzue llegó a Londres hace mes y medio, hasta entonces jamás había salido de Japón, y quizá por eso lo ve todo con ojos nuevos. Pero, lejos de sentir miedo o plantarse delante la lupa de los prejuicios, Mitzue saborea cada nueva cosa con una inocencia que yo quisiera no haber perdido.

martes, 13 de julio de 2010

Más marea (roja)


La resaca del triunfo de España sigue acaparando páginas en la prensa inglesa, con las infantas Leonor y Sofía reinando en varias portadas y mostrando que el rojo les sienta tan bien como a su madre. Y vemos lo caballeroso que es Casillas delante de las damas.

La fiebre por el pulpo profeta tampoco remite, y ahora se lo disputan los italianos, uno de los cuales clama haber sido quien lo sacó del agua con sus propias y desnudas manos. Ya lo dije: es la anécdota del Mundial aquí donde reina Her Majesty. También la marea roja anegando las calles de Madrid ha impactado a los editores; desde luego, más que la princesa Letizia flanqueada por Casillas y Nadal, que apenas logra una esquinita de página. La tristeza de Cruiff por el juego marrullero de Holanda es otro argumento que se repite.

Y se repite, día sí, día no, la muerte de soldados británicos en Afganistán. Hoy han perdido la vida tres y otros cuatro están heridos, después de que uno o varios soldados afganos les dispararan (o les lanzaran una granada, según otra versión). Sí, soldados afganos, no esoss terroristas tan malos, malísimos, sino supuestos colegas en el oficio de matar.

Mientras, en casa, los disturbios desatados en Belfast dejan imágenes que remueven el viejo miedo en Irlanda del Norte. Y siguen los recortes en el Presupuesto, con una bonita ocurrencia del Gobierno de dejar en mano de los médicos de familia la patata caliente de administrar 80.000 millones de libras, que son muchos más millones de euros.

Con tanto empacho de noticias, no sé qué tal me sentará la Noche del Curry, que es como se llama el evento que mi escuela ha organizado hoy como parte de su programa social. Será a partir de las 7, en un restaurante de Brik Lane famoso por sus currys. Y debe ser un lugar curioso porque nos invitan a llevar nuestra propia cerveza o vino para acompañar la comida.

Haremos botellón en el propio restaurante! ¿Quién dijo que en restauración está todo inventado?

lunes, 12 de julio de 2010

El rojo y el negro


España está de moda en Londres. O debería estarlo, aunque sólo fuera por la alegría contagiosa y las ganas de marcha que desplegamos a la mínima ocasión. Anoche fue la celebración de la Copa del Mundo, pero es cierto que pese a lo mucho que aquí se va a los pubs y se alterna en el mejor sentido, la alegría latina es otra cosa. Y, además, anoche nos comportamos. El beso que sacó de sus casillas a Carbonero también tiene un hueco en la prensa británica.

Mientras la selección española bañaba de rojo las calles de Madrid, el pulpo profeta recibía su propia Copa del Mundo, bien ganada ya que él sí que ha acertado en todas sus actuaciones: 7/7. Y por un mejillón como única recompensa. Es una historia algo boba, tengo compañeros en clase a los que incluso les molesta la simple asociación de “profeta” con un bicho de tantas y viscosas patas, pero es la anécdota de este Mundial, al menos tal como se ha vivido en este lado del Canal de la Mancha.

Otro rojo muy distinto tiñe desde anoche Kampala (Uganda), donde uno o varios terroristas suicidas han matado a 74 personas que estaban viendo a España y Holanda jugar la final del Mundial. Otra vez el mismo odio asesino, dirigido contra quienes no pueden defenderse. Los culpables de la injusticia, la pobreza y la incultura en el mundo, a buen seguro que no estaban en esos dos restaurantes.

Y un eclipse total de sol ha oscurecido el Pacífico sur brevemente, para delirio de miles de personas que apuntaban sus telescopios a los cielos. Las enigmáticas estatuas de la Isla de Pascua parecían fruncir el ceño, como preguntándose qué hacía allí esa multitud de pequeñas criaturas, ruidosas y algo molestas. Más ruidosas y molestas de lo normal, claro.

domingo, 11 de julio de 2010

Campeones del Mundo

Jugando contra el reloj, apurando el tiempo, la paciencia y los nervios de millones de espectadores, el partido fue a la prórroga, y ya nos preparábamos para un desenlace de infarto y penaltis, cuando Iniesta marcó el gol y… campeones del Mundo.

Ahora, a celebrarlo en cada rincón donde haya un fan con alegría desbordante. Aquí en Londres, en Trafalgar Square, el agua de las fuentes se teñirá del color del equipo que gane. Mañana lo veremos en fotos.

Hay mucho que celebrar porque empezamos con mal pie y, pese a ello, hemos llegado a la final por primera vez y ¡la ganamos! Algunos dirán que hemos tenido suerte, pero hasta la suerte hay que mimarla.

Nosotros, además, hemos tenido un fan inusitado en forma de animal marino. El pulpo profeta acertó en sus predicciones: España ganadora, Alemania tercera. Ha hecho pleno el cefalópodo. ¡No quiero ver cómo se van a crecer los que ya le atribuían poderes psíquicos adivinatorios!

Otra imagen entrañable de esta noche en Suráfrica: Nelson Mandela asistiendo a la ceremonia de clausura, pese a sus muchísimos años, sus achaques y la tremenda pena de perder a una biznieta que murió en un accidente de coche cuando regresaba de ver la inauguración de la World Cup.

Mañana y pasado será el tiempo de rememorar. Hoy es el de celebrar.

viernes, 9 de julio de 2010

Animalitos

La actualidad hoy está llena de malas y no del todo buenas noticias, sin que me sienta con ánimo de hincarles el diente. No, tras haber disfrutado enormemente de una visita guiada por la temprana Europa Medieval y sus tesoros en el British. Viajar de ese abrumador pasado para meterme de nuevo en la caza del asesino armado de Northumbria, o el canje de espías rusos y americanos, se me antoja inaguantable.

Así que me he escapado un rato al mundo natural, del que rescato dos vídeos. Y anuncio a mis cinco lectores (si hay alguien más al otro lado, que levante la patita), que mañana no los mortificaré. Me voy a pasar el día a Lille (Francia), al otro lado del Canal de la Mancha, el cual atravesaré por debajo (¡qué miedietis!).

Sin más preámbulos, ¡vídeo va!:

Pulpo profeta

El pulpo profeta ama a España, o quizá es que le gustan el color y el diseño de nuestra bandera. Como quiera que sea, el cefalópodo, toda una celebridad mundial, ha predicho que España será la ganadora de la World Cup, imponiéndose a Holanda este domingo. Desde su acuario en la ciudad alemana de Oberhausen, Paul, que así se llama el entrañable animalito, ha profetizado que Alemania será tercera.

¿Y cómo realiza este pulpo sus predicciones? Por la vía de los instintos primarios que algunos llaman necesidades básicas: escoge un mejillón colocado en una de las dos cajas que le introducen en su pecera. Para que se oriente, sobre cada caja ondea la bandera de la nación.

Cuesta creerlo, lo sé. Pero si Paul vuelve a acertar, ya lo veo de sarao en sarao ejerciendo sus dotes adivinatorias y ¡quién sabe si convirtiéndose en un ídolo mediático a la altura de… digamos… Belén Esteban!


Elefante pata de plástico

Sencilla y emotiva historia. Hace tres años, los conservadores del parque natural de Sprepok (Camboya) encontraron a este bebé elefante con una pata destrozada por una trampa y en serio peligro de muerte. Tras amputársela y empezar a recuperarse, decidieron intentar que caminara con una prótesis de plástico. Hoy, el elefante Chhouk no sólo camina, sino que retoza en el río con la alegría propia del niño que es.

jueves, 8 de julio de 2010

La Aguja de Cleopatra (Cleopatra's Needle)

Todas las capitales europeas de los antiguos imperios coloniales tienen su obelisco egipcio, su pirámide por pequeña que sea, sus esfinges o esculturas arrancadas de las ardientes arenas norteafricanas. Ya fuera por simple expolio o por graciosas “donaciones” a los soberanos británicos, alemanes, franceses, españoles, italianos, etc, muchos tesoros egipcios adornan ahora las plazas o jardines de París, Roma o Madrid (Templo de Debod).

Historia de un objeto: Cleopatra's Needle (Aguja de Cleopatra)


Londres tiene tantos tesoros egipcios, que no le caben en los museos, lo que viene bien a los paseantes de la ribera del Támesis, que pueden admirar de cerca este obelisco.

Tallado en Egipto en tiempos del faraón Thotmes III, hace más de 3.500 años, el obelisco fue bautizado como la Aguja de Cleopatra porque fue traído a Londres desde Alejandría, la ciudad real de Cleopatra. La monumental piedra fue regalada al Reino Unido en 1819 por el gobernador de Egipto y Sudán, Muhammad Ali. Aunque el Gobierno británico aceptó y agradeció el regalo, rehusó pagar los gastos de transporte, de modo que el obelisco siguió en Alejandría hasta 1877. Ese año apareció Sir William James Erasmus Wilson y patrocinó el traslado a Londres (10.000 libras).

El milenario obelisco fue entonces excavado y arrancado de la arena, introducido en un gran cilindro de hierro y embarcado rumbo a Londres. Mucho sufrió antes de llegar, pues el 14 de octubre de 1877 una tormenta en el Golfo de Vizcaya hizo peligrar el barco, las vidas de los marineros y el propio obelisco. Tras una escala en Ferrol para reparar el barco, la formidable piedra atracó en el Támesis el 21 de enero de 1878.

El 12 de septiembre de ese mismo año, la Aguja de Cleopatra enhebraba los cielos. Tal y como era costumbre, le metieron una cápsula del tiempo en la parte frontal del pedestal. Así que los marcianos que recalen en Londres y excaven la base de piedra podrán encontrar, entre otras cosas: 12 fotos de las más bellas mujeres de ese día; juguetes de niño; cigarros, pipas de tabaco; muestras del cable usado para erigir el obelisco; monedas; una rupia; un retrato de la reina Victoria (¡); una traducción de las inscripciones jeroglíficas que adornan la piedra; copias de la Biblia en varios idiomas (¡); un mapa de Londres (muy útil por si los extraterrestres se pierden) y diez ejemplares de periódicos del día (esperemos que los marcianos sepan inglés).


Al lado del noble y venerable obelisco, plantaron las dos falsas esfinges, fundidas en bronce en el siglo XIX. No se sabe si por la prisa, las colocaron desajustadas y parecen estar mirando tranquilamente al obelisco, en vez de comportarse como sus fieras guardianas.

La noria gigante que se ve desleída a la izquierda de la esfinge es el London Eye, pero ese objeto toca otro día.

España en la Final

<<<<< Historia de un objeto: Cleopatra's Needle >>>>>

<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<


España en la Final

El pulpo profeta acertó otra vez y España entra, con todo merecimiento, en la Final de la World Cup de Surafrica. En Londres se apoyaba a España, y no sólo por los miles de conciudadanos que estamos aquí estudiando, viviendo, de vacaciones... sino porque Alemania expulsó a Inglaterra, y es como desquitarse un poco (supongo)

También son noticia los Sanfermines, o la carrera que el toro siempre pierde, como dicen y piensan aquí. Nada de mito romántico, ni bestia contra hombre, ni Hemingway ni Rita Heathworth. Una fiesta a costa del toro: perseguido por la mañana, matado por la tarde en la plaza, comido por la noche en los restaurantes. Yo pienso igual.

Otra bestia, esta vez caminando a dos patas, es el asesino de Northumberland, que sigue suelto, armado y peligroso. Hoy amenaza con ampliar el espectro de sus víctimas hasta causar una masacre. El sábado, en el pueblo donde lo buscan, se celebra una boda y hay cierto (y comprensible) temor.

Y para acabar por hoy, este artículo que puede dar pistas a más de un colega plumilla:

Ideal para una rellenar una página de periódico veraniego: recetas para sacar el máximo partido a la tecnología, email, redes sociales, gadgets variados... sin que esos artilugios nos roben la vida. Lo más interesante son los recuadros (como siempre), que en realidad son una especie de catálogo con pistas para que el jefe coarte el tiempo que pierden sus empleados mirando a ver quién ha escrito en el muro de su facebook.

miércoles, 7 de julio de 2010

Las figuras de ajedrez de Lewis

Ya que la actualidad la marca el deporte, con ese partido entre España y Alemania, el objeto histórico de hoy van a ser las piezas de ajedrez talladas por un artesano en marfil de morsa, allá por 1200.

Se trata de Lewis Chessmen (Las figuras de ajedrez de Lewis, 1200 D.C)


La historia, tal como la conocemos, arranca en 1831, cuando se descubrió en la Isla de Lewis (Escocia) un extraordinario tesoro de figuras talladas en marfil. El tesoro se componía de 93 piezas: 78 figuras de ajedrez, 14 fichas adornadas y 1 hebilla de cinturón profusamente grabada. Once de las figuras de ajedrez están hoy en el Museo Nacional de Escocia (Edimburgo) y el resto se exhiben en el Bristish Museum de Londres.

Cuando fueron halladas, algunas de estas figuras estaban manchadas de rojo, lo que vino a confirmar que los primitivos tableros de ajedrez medievales tenían las casillas de color rojo y marfil, en vez del negro y blanco actuales. Así se puede ver en varias miniaturas árabes de la época.

El ajedrez fue concebido como un juego de estrategia. En la Edad Media, lo usaban los caballeros para entrenarse en la táctica, siendo su juego considerado como una de las siete habilidades que todo caballero debía dominar. La Iglesia, en cambio, prohibió a sus clérigos jugar al ajedrez fue relajando tal prohibición.

Hombres y mujeres jugaban juntos al ajedrez, por lo que acabó asociándose con el cortejo y la batalla de los sexos en la poesía amorosa del Medievo.

¡Quién sabe si los jugadores de la Selección Española de Fútbol no templan nervios con una táctica partida de ajedrez antes de entrenar la musculatura!

Cafeterías con vistas

<<<<< Historia de un objeto: Lewis Chessmen >>>>>
<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<

Hoy todas las miradas están puestas en el partido de fútbol entre España y Alemania. En la tele inglesa llevan horas apostando y sacando a relucir al pulpo profeta, además de entrevistar a forofos de uno y otro bando. Lo van a dar en directo en la BBC, lo que es un gran honor. Yo cruzaré los dedos, por si sirve de algo.

La otra noticia (no ya del día, sino de la semana) es la caza policial de un asesino en Northumberland que, nada más salir de la cárcel, se fue a buscar a su ex novia, a la que intentó matar; asesinó de paso al que era el actual novio de la infortunada; y al día siguiente disparó y casi acabó con la vida de un policía. Lo peliagudo del caso es que esa perla de hombre sigue en libertad, dispuesto a provocar un baño de sangre. La policía ofrece 10.000 libras de recompensa por cualquier información sobre el caso.

Así que, para relajar el ambiente, voy a pasar revista a algunas de las cafeterías y terrazas de los museos. En general, la comida que ofrecen es la típica a base de sándwiches, zumos, fruta, quesos y cualquier cosa que lleve salchichas, pero también especialidades “deli” como hummus, snacks de sushi, wrap de salmón, atún y verduras orgánicas. En algunos sitios, además, se puede comer pasta y estofado de carne con el típico puré de patata, sin olvidar los famosos “fish & chips” (bacalao o pescadilla rebozada y frita con patatas fritas y guisantes enteros o en puré).

Capítulo aparte merecen los dulces, tartas, pastelitos, galletas, chocolates, cruasanes, suizos… de todos los sabores, con todos los tipos de harinas, integrales, aptos para vegetarianos puros, ovolactovegetarianos, alérgicos al gluten… La verdad es que el etiquetado se lo trabajan, y hay varias opciones para cada necesidad alimenticia.

Los precios, usando la cabeza y no sólo el estómago, están en la media de esta cara ciudad: sándwich normal, 4,75-6 libras; deli, 7-8 libras; limonadas, 2 libras; cervezas en botella, 4-6 libras; vino, a partir de 6 libras, no muy bueno; bandejitas de fruta, batidos, zumos orgánicos, unas 4-6 libras; cafés variados, 2-4 libras; galletas, 2 libras; tartas, 3-5 libras.

Los primeros días, pequé de guiri y mis andanzas museísticas me salían por un pico. Pero en seguida miré a mi alrededor y entendí por qué a las 12.30 hay tanta gente acarreando bolsas de Tesco, Saisbury’s y Marks & Spencer. Es mucho más rentable (y sano) comprar el almuerzo en estos grandes súper, sentarse en un banco o en la hierba a comerlo y tomar el sol leyendo un libro o el periódico.

Las cafeterías de los museos son, eso sí, ideales para tomar un capuchino, un latte o un americano (los cafés más demandados) además del sempiterno té (Earl Grey y Breakfast, los más bebidos a cualquier hora).

El Museo de Historia Natural, además de esqueletos de dinosaurios, tiene varias cafeterías, entre las que escojo la de la foto superior, por el marco arquitectónico. Un café sentada bajo esos arcos sabe mejor.

El Victoria & Albert Museum tiene cafetería interior más formal, pero yo me quedo con el café exterior, en la espléndida plaza con fuente y césped. No hay más que seguir las sombrillas blancas. En la fuente se puede meter los pies y caminar por el agua, sin salpicar ni dejar a los niños solos. Pero fumar en este patio está prohibido, por mucho que no tenga techo.

En la Tate Modern hay varios cafés, pero la vista panorámica desde el último piso es imbatible, aunque sea tras el cristal. A lo lejos, la cúpula de San Pablo, y cruzando el Támesis, el puente del Milenio. En el primerísimo primer plano: bolso, guía forrada para camuflar que soy medio guiri-medio estudiante, un plano de metro y una cerveza para documentar el precio (ja).

La cafetería de la National Portrait Gallery es estrecha y está en el subsuelo, pero su techo transparente la hace acogedora y original, ideal para ver caer la lluvia sin echar de menos el paraguas. Los bolsillos más pudientes tienen un restaurante más elegante y caro, con vista panorámica, en el último piso.

Hay muchas más cafeterías, pero como aperitivo está bien, ¿no?

Historia de un objeto

English version here
Esta tarde he vuelto a pecar de ansiosa. Y no con los dulces o yendo de rebajas. Mi vicio es menos lesivo para el bolsillo, aunque igual de dañino (o más) para mis pies y mis riñones. Me refiero a que esta tarde he vuelto a darme una paliza recorriendo un museo.

De nada me vale decir que serán sólo unas pocas salas, que tengo todo el tiempo del mundo para regresar mañana, y pasado, y el día después… Una vez que pongo un pie en el hall de un museo, estoy perdida: no me voy de allí, ni me siento ni descanso, hasta que me desalojan los vigilantes (porque cierran, no porque me encadene a la pata de una estatua, que hasta mi adicción tiene límites). Uno de mis lectores sabe bien que no exagero porque lo ha padecido en carne propia durante años, y en silencio, como dice el anuncio, por lo que tiene plaza fija en mi corazoncito.

Vale... Me bajo del cerro al que me he subido y vuelvo a esta mañana cuando, tras salir de clase y resolver un asunto administrativo, me fui caminando al British Museum con la sana idea de comer en un banco del jardincillo en la entrada principal.

Por supuesto, no había un hueco libre, así que entré y “usurpé” un sitio en las mesas de la cafetería, con lo que a las 12.45 estaba sentada en el patio central, comiendo mi sándwich de salmón y mis dos piezas de fruta bajo la magnífica cúpula diseñada por Norman Foster, a la sazón el marido de nuestra televisiva doctora Ochoa (ahora, Lord y Lady Foster, por gracia de Her Majesty).

Y de verdad que pensaba visitar sólo las salas de las ánforas y vasijas griegas. El problema es que para llegar a ellas hay que atravesar otras salas, subir escaleras y caminar entre cientos de pequeñas maravillas imposibles de obviar (al menos, imposible para mí).

He perdido la cuenta de las veces que he recorrido el British al cabo de los años. Los toros alados asirios, las esculturas del Partenón griego, las momias egipcias, la estatua de Ramsés II, la Piedra Rosetta, el busto de Augusto, la Copa Warren… No deberían dejarme sin aliento. Pero lo hacen, aun cuando haya una legión de turistas disparando el flash, chillando al ver la estatua y empujando para posar delante de esas piezas que una vez fueron simples láminas en libros de texto y ahora cobran vida, forma y color.

Conozco bien esa emoción, el resplandor y el entusiasmo, el pellizco en la boca del estómago, las no tan impertinentes ni raras lágrimas tras una frágil cortina de pestañas. ¡Hay tanta cultura en los museos, tanta vida, tanto trabajo bien hecho por tantos artesanos desde el albor de la civilización! Y aun antes.

Cada objeto cuenta miles de historias: la de quien lo forjó, la del modelo, la de la ciudad, país, continente, época histórica, técnica, significado, valor religioso, político, sucesivos dueños hasta llegar a esas asépticas, refrigeradas vitrinas de museos.

Por eso, porque cada objeto es un precioso testigo de la efímera existencia humana, porque cuidarlos, estudiarlos y legarlos es una obligación, me apetece abrir una sección por y para esos objetos que cada día encuentro, fotografío y almaceno para mis alevosos propósitos de cuentos, novelas, reportajes de viajes…


Y la primera Historia de un objeto es la de...¡tachán! La momia de Cleopatra.



La más fotografiada de la sección egipcia ya sea sola, con turista delante, con más turistas detrás... Todos querríamos que fuera la momia de Cleopatra, la reina de Egipto, la que escogió suicidarse siendo mordida por áspides. Al menos, parece seguro que es un miembro de la misma familia, pero del siglo II D.C. Esto es lo que dice el cartel que la acompaña:

"Cleopatra: la momia de una joven
(Época Romana, siglo II D.C.)

La momia y el ataúd de Cleopatra, hija de Candace, del mausoleo de la familia Soter, llegó al British Museum en 1823 como parte de la primera colección de Henry Salt. La momia está envuelta en múltiples capas de tejido, con una mortaja exterior en la que aparece pintada la figura de la mujer fallecida. En el interior del cuerpo habían colocado una peineta y un collar de perlas, y a su vez el cuerpo fue introducido en un ataúd de madera. La inscripción jeroglífica del ataúd proporciona la edad de la fallcida: 17 años, 1 mes y 25 días. El TAC realizado demuestra que tanto el esqueleto como el estado de los huesos avalan la citada edad.

El esqueleto está en buenas condiciones. Tiene el cráneo inclinado hacia adelante y la boca abierta. Hay al menos tres paquetes en la parte derecha del pecho, que probablemente sean los órganos internos. Y un objeto de unos 9 centímetros de largo en la parte izquierda del pecho, quizá un rollo de lino o una figurita. Los TAC han revelado también que se usó cierto material de embalaje (barro o arena), lo que explicaría el peso de la momia, alrededor de 75 kilos".




Hay también una interesante historia tras el hallazgo de la momia, como casi siempre que los protagonistas son lores o aventureros británicos en tierras griegas, turcas, egipcias... Unos (los desposeídos) hablan de expolio de tesoros nacionales, y otros (los exploradores, arqueólogos o ricos sin más) hablan de recuperación de piezas abandonadas o gravemente descuidadas que ellos trajeron a Inglaterra para el bien de la Humanidad.



No puedo resistirme a poner también esta simpática foto de animales momificados, que los egipcios criaban y sacrificaban para lo de siempre: comprar el favor de los dioses.

martes, 6 de julio de 2010

Cuentos de Canterbury

Hoy la academia nos ha dado día libre de clases, compensándolo con una excursión a Canterbury, a menos de 100 kilómetros al sur de Londres. El nombre de esta antiquísima y coqueta ciudad está unido por lazos de sangre con el de Thomas Becket, el arzobispo católico asesinado en 1170 por negar la supremacía del rey sobre el Papa.

El martirio de Becket en la propia catedral de Canterbury generó tal repulsa, que su tumba fue durante toda la Edad Media un lugar de peregrinaje para gentes de toda Europa. Creyentes devotos, beatos ingenuos, crédulos, pícaros y gentes de mal vivir llegaban a la ciudad en masa, aumentando la fama del mártir al tiempo que la riqueza de los comerciantes y burgueses locales. El ambiente de finales del siglo XIV está magistralmente recogido en los Cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, el otro hijo predilecto que ha dado fama universal a la ciudad.

Hoy la catedral no es como la que pisó Becket, pero sin duda es una soberbia obra del arte gótico que conserva trazas románico-normadas y asombra con la estilizada nave principal, el elegante coro, las vidrieras gótico-renacentistas, las imponentes tumbas de reyes y la simplicidad de la vela ardiendo en el lugar donde estuvo la tumba de Becket.

Y es que, casi 400 años después de ser martirizado, otro rey, el indefinible Enrique VIII, también la emprendió contra Thomas Becket, ordenando arrasar la tumba en un intento (vano, podemos decir al cabo de los siglos) de apagar la devoción por el santo católico.


El altar que hoy conmemora el luctuoso suceso congrega a miles de turistas cada día, aun cuando no se levante en el sitio exacto donde Becket cayó muerto. Varias tumbas suntuosas, una baldosa que recuerda al arzobispo William Whittlesey (1368-75) y en las losas del suelo, escrito con letras rojas, un sencillo nombre: "Thomas"


Muchos cuentos se han contado durante 840 años. Pero lo cierto es que, aunque la catedral abrazara hace siglos la fe anglicana y nada material quede del mártir católico, quienes hoy peregrinamos a Canterbury nos emocionamos al ver esa solitaria vela encendida en el suelo donde una vez estuvo la tumba de Becket.

Alrededor de la vela, como una guardia devota, las magníficas tumbas de imponentes reyes. Pocos saben quiénes fueron esos monarcas, pero todos saben por quién alumbra esa vela.

domingo, 4 de julio de 2010

Orgullosos en Londres

Esta cálida mañana de domingo (en Londres es una hora menos que en las Españas del Estatuto y la proyectada huelga general), la BBC dice que más de 500.000 personas asistieron ayer al desfile del Orgullo Gay. Pero yo creo que el medio millón refleja más bien al gentío que estaba a la misma hora de rebajas en Oxford Street. Una servidora, sin ir más lejos: una corbata, dos camisas de lino para mi sobrino y una camiseta fue mi botín de guerra. También intenté las sandalias en Clarks, pero salí despavorida al ver cómo los clientes se probaban los zapatos y cómo los dejaban hechos una porquería. No quiero unos zapatos así ni regalados, ¡a saber lo que te llevas pegado en la planta del pie!

Total, que con mi bolsa de compras en la mano, el bolso al hombro, el periódico bajo el brazo, la botella de agua en la otra mano… el atuendo ideal para meterme en la cabalgata del Orgullo Gay, vamos… Pues allá que me fui, Regent Street abajo hasta desembocar en Leicester Square.

Calor; algunas banderas arcoiris; forofos futboleros, entre ellos decenas de españoles; turistas de todas las nacionalidades fotografiándolo todo y a todos; restos del disfrute alcohólico por los suelos, fue lo primero que me encontré. Y ya a punto de llegar al meollo, un tenderete que repartía propaganda del Islam y un solitario hare krishna dando vueltas y haciendo sonar el platillo. En eso también se nota que Londres es una megaurbe multicultural.



Metiéndome entre el gentío ya empecé a avistar chicos y chicas ligeros de ropa, disfrazados y travestidos coreando consignas igualitarias, pero sobre todo, mucha gente bebiendo y haciendo el ganso. Lo normal en este tipo de fiestas (y en casi todas, para qué vamos a engañarnos). Y me chocó que la inmensa mayoría fueran hombres, se ve que a las chicas aún les cuesta más vivir fuera del armario, y desde luego había poquísimas familias con niños. Quizá eso fue lo más sorprendente, en contraste con el desfile en Madrid.

Y ahora es cuando voy y peco de chovinista y digo -pero es que tengo que decirlo- que el desfile del Orgullo de Madrid le da cien vueltas al de Londres: en número de carrozas, en originalidad de trajes, en fanfarria, en ánimo festivo, en hermosura de chicos y chicas que desfilan o que simplemente van de marcha a pasarlo bien. Para ellos, una de las máximas atracciones ayer fue la presencia de Boy George, que ni que decir tiene está algo pasado de moda (y de kilos).

En Leicester Square había una fiesta en la que la gran atracción fue contemplar los problemas de los seguratas para impedir que entrara gente con botellas de cristal o latas de cerveza. Que para eso el alcohol lo venden dentro a precio de caviar, ¡faltaría más!


En Trafalgar Square estaba el escenario principal, con música en vivo, baile y discursos, pero las caras de muchos ya denotaban el cansancio de llevar horas sobre tacones, bebiendo y gritando a pleno sol. Así que los más jóvenes emprendieron pronto la marcha hacia Leicester, seguramente a seguir peleándose con los seguratas, y los más... ¿cómo definirlo?... Los que ya no cumplirían los 30 afilaban sus armas de ligar.

Y así me los dejé, a unos y a otros, a las espaldas del almirante Nelson, que prefiere mirar para otro lado para no tener que ver según qué cosas.

viernes, 2 de julio de 2010

¿Puede 'La Gioconda' ser mentira?

Hoy ha tocado despedir a compañeros que acababan su curso de inglés, lo que significa que el martes tendremos alumnos y profesor nuevos. El lunes nos llevan a Canterbery a pasar el día, transporte, guía y visita a la catedral incluidos. Sólo una pega: tengo que madrugar más que si tuviera clase.

Tras una cerveza en la terraza The Cove en Covent Garden y comer el sándwich y la fruta de rigor, me he ido a machacar los pies y la cintura en la National Gallery. La exposición Falsificaciones, errores y descubrimientos, demuestra que los ingleses son únicos montando exhibiciones, y con el mismo orgullo enseñan sus tesoros que los cuadros falsos que les han "colado" y que siguen enseñando bajo la rúbrica "falsamente atribuido", "copia", "del taller de", "discípulo de"...

Entre las falsificaciones, este retrato que el museo compró en 1923, creyendo que era obra de un pintor renacentista italiano. Entraba por la puerta esta pintura y ya había quien decía que era falsa. Tras varias pruebas científicas, en 1960 una historiadora experta en vestuario demostró que los ropajes de los personajes eran anacrónicos: la chica llevaba una gorra que sólo usaban los chicos, y el hombre vestía un modelo diseñado y fotografiado en 1913.

Un error lo tiene cualquiera, ¿o no? Cuando esta pintura llegó a la National Gallery, en 1990, se daba por seguro que su autor era Hans Holbein el Joven y el retratado, Lutero. El fondo del cuadro era azul y el gorro era la mitad de alto. Entraron en liza los conservadores, primero quitando una descolorida capa de barniz, después descubriendo que ni la textura de los pigmentos ni el color azul correspondían al siglo XV, y finalmente eliminando el citado fondo azul, con lo que emergió un fondo de madera veteado y un alto sombrero en la cabeza del señor. Ahora el cuadro se llama Retrato de Alexander Mornauer, el autor, como no podía ser menos, es el Maestro del Retrato Mornauer, y está datado en 1464-1488.

Algunas joyas del museo pueden respirar tranquilas después de que la ciencia haya certificado su real autenticidad. Entre ellas, la famosa Virgen de los claveles, de Rafael, que estuvo casi olvidada y tenida por una copia, hasta su redescubrimiento en los años 90 del pasado siglo.

O esta preciosa Mujer asomada a la ventana (1510-30), que recuperó el rubio cabello y el porte voluptuoso con que fue pintada en el siglo XVI, tras una rutinaria restauración. La historia hizo justicia: la falsa y recatada joven que alguien pintó según cánones victorianos (foto inferior) desapareció para dejar salir la chispeante belleza pícara, tal y como fue pintada en el Renacimiento.



Al salir de la National Gallery, y mientras en Trafalgar montaban el escenario para las actuaciones musicales del Orgullo Gay de mañana, no pude evitar preguntarme qué pasaría si La Gioconda, o parte de La Capilla Sixtina, los frisos del Partenón o la Piedra Rosetta, fueran falsas.